Cánones de belleza

Nunca he sabido distinguir a ciencia cierta entre feos y guapos.
Es una especie de problema psicológico que tengo desde pequeño. Al principio, pensaba que eran los demás los equivocados; pero cuando todos tus amigos te cuentan que Tal tía está buenísima, o las amigas que No veas con qué pedazo de maromo me lié este jueves por la noche; luego a veces acabas conociendo a ese colosal ligue, y por más que miras, no ves más que a una tipa que te resulta repelente o un gualtrapa salido de un anuncio de vaqueros te dices a ti mismo mismo: -Vamos a ver, Misósofos; ¿son ellos, o eres tú el raro?

Y no lo entendía. Esas personas a mí no me resultaban atractivas en absoluto.
Claro que sabía diferenciar a un feo de remate de un guapo de los de Hollywood (bueno, más bien una fea de remate, de una guapa, en femenino; que me cuesta menos trabajo); pero no a una chavala del montón de las que constituían beldades superiores y eran dignas de brindarles los momentos masturbatorios más íntimos.

Después de observar muchas fotografías y escuchar (a veces sólo oír), algunos comentarios a lo largo del tiempo, creo que ya he aprendido a distinguir a los seres hermosos de los que son normales, feos u horrendos. Claro está, es una pauta que sé que existe y sin embargo no tengo para nada en cuenta (¡faltaría más!)

No obstante… Hete aquí que ahora que casi había terminado de comprender los cánones de belleza modernos, aparece una nueva categoría de individuos: Los que tienen morbo.
(¿Morbo? ¿Pero el morbo no era interés malsano? ¿Atracción por lo que debería causar repulsión?)
No es ninguna broma, ya que tener morbo es mejor que estar bueno; y uno liga hasta el hartazgo si emana morbo en su forma de ser, de vestir o su físico.

He llevado a cabo un sondeo por ahí, que ha arrojado luz sobre una verdad como un templo: No tengo nada de morbo.
Todos los encuestados han coincidido en que el morbo y yo somos como el agua y el aceite: Nunca podremos meclarnos.
Supongo que este hecho es algo nefasto en los días que corren… Aunque al menos me consuelo pensando que las tías buenas me gustan tan poco a mí como yo a ellas.

Deja un comentario