El viejo de las caricaturas en Pompidou

Un viejo de piel tostada y oriundo de no sé exactamente donde, eligió como oficio caricaturizar a los viandantes que así se lo permitieran. Ignoro si realizaría algún tipo de estudio de mercado, pero el lugar para hacerlo fue precisamente el centro de París (Pompidou).
Su reclamo era mostrar una sonrisa medio oculta bajo un gigantesco bigote gris, y chapurrear palabras en diversos idiomas; además, siempre intentaba acertar con la nacionalidad de los potenciales clientes.
Personalmente, me fastidió un montón que adivinara que soy español (bueno, o al menos eso reza mi D.N.I.), según él, gracias a mi nariz.
Y no sé por qué extraña razón, también se le ocurrió que me resultaría absolutamente encantador que me piropeara de una forma un tanto curiosa: -Oh, mais vous êtes très bon pour la caricature!-
Por supuesto, no soy tan ingenuo como para no ver que era lo que le decía a todo el mundo; pero no obstante, decidí comprobar por mí mismo si verdaderamente era capaz de pintar un retrato caricaturizado que llegara a complacerme.

Me pidió que me pusiera de perfil, y que sonriese. No estaba el día como para andar luciendo dentadura igual que una colegiala en la pubertad, pero os juro que hice un gran esfuerzo.
Todo el mundo se paraba a mirar mi caricatura, pero a nadie parecía llamarle demasiado la atención. Una maruja parisina teñida de rubio, me invitó a une petite cigarette mientras esperaba a que me retratasen; y ese ofrecimiento me resultó tan extraño viniendo de una francesa (el tabaco aquí tiene un precio prohibitivo como para tener uno que pensarse dos veces si lo comparte o no), que no me quedó más remedio que aceptarlo.

No sirvo de modelo, no. Más que por falta de aptitudes (que también); por el mero hecho de que soy incapaz de quedarme quieto, y menos aún, de mantener las comisuras de los labios en una mueca divertida, tal vez por el frío y por una señora que no ceja en su empeño de convencerme para que así lo haga: -Mais souriez! La vie et belle!-
Es de menester señalar que, por suerte para ella, mis capacidades oratorias en francés están bajo mínimos; así que no pude ponerme a discutirle tamaño desatino. Me conformé en semejantes circunstancias, con apretar los puños hasta hincarme las uñas en la palma de las manos.

El buen hombre terminó su trabajo, me entregó una cartulina musitando que me parecía a John Travolta (¿y por qué no a Luke Skywalker?), y vi una caricatura tan fiel a mi cara, que bien podría haber pasado por retrato.
Era increíble: La nariz prominente, mi alopecia más que incipiente, la barba de tres días y el rictus que formaba mi boca haciendo las veces de la sonrisa que se suponía que tenía que lucir.
-Voilà! Vous êtes une caricature!- Casi vociferó orgullosamente.
Y tenía razón. De hecho nadie jamás tuvo nunca tanta razón: Soy una caricatura, y una de las más esperpénticas además.

No suelo mirarme al espejo, hace escasas semanas que averigüé el color de mis ojos y jamás me concedí tanta importancia como para escudriñar mi rostro.
En cualquier caso, la realidad se cernió sobre mí en forma de miles de nubarrones grises que permanecían en el cielo desde hacía mucho, pero que sólo ahora se me antojaron amenazantes.
Lo comprendí todo.

Le pagué el doble de lo que me pidió, y no quiso aceptarlo ante mi perplejidad. Muy honrado por su parte, pero debería haber tomado todo el dinero. Se lo merecía. Y yo ya no acertaba a qué más utilidad darle.

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