Navidad sin regalos
Casi no quepo de gozo en el cuerpo porque esta navidad, no haya recibido ningún regalo en absoluto.
Es la primera vez que me pasa, y experimento una sensación de completa felicidad y liberación sin precedentes.
No existe nada más horrendo que comprar un objeto manufacturado por terceros, intercambiarlo por dinero y luego ofrecérselo a alguien. ¿Quién querría eso?
Detesto los objetos que se supone han de servir como recuerdo o algún otro fin de gran utilidad en un mundo que es ya demasiado práctico; en su lugar, prefiero algo hecho con las propias manos que no pudiera haber adquirido yo mismo en ninguna otra parte; un abrazo cuando tenga frío, un cigarrillo cuando ya no me quede tabaco, un oído cuando quiera hablarte, una sonrisa cuando me vean hacer el gilipollas (cosa que hago con mayor frecuencia conforme transcurre el tiempo).
Normalmente cuando nos hacen un regalo material, o albergan la esperanza patente de que lo devolvamos en forma de otro mayor, o bien, subyace bajo ese gesto algún tipo de interés oculto y abyecto.
Por eso que odio los presentes… ¡Y más en estas fechas, que además ni siquiera sorprenden!
Todo tan cristiano… Tan comercial. Basura.
Me pregunto cómo los de McDonald’s aún no han disfrazado a su payaso de Jesucristo crucificado o han incorporado un menú compuesto por un Belén con una alita de pollo en el papel de niño Jesús, un ángel cuyo cuerpo es un vaso de Coca-Cola hecho de papel y un buey y una mula de patata frita.