Sobre lo cutre que es mi pueblo, y por qué tenía prohibida la entrada al videoclub
La mayor parte de la gente de pueblos, se llena su boca de lindezas hablando de los mismos. Son bocas catetas, que mezclan localismos con dichos de campesinos y que idolatra metrópolispaidópolis aburridos, sólo por haber nacido en ellos. Son lugares en los que extraños individuos que buscan formas aún más extrañas que ellos de divertirse; lugares en los que reina la apatía, donde la multitud poquitud vaga despacio como si no tuviera donde ir, todo el mundo te llama por tu nombre y rara vez se conoce a alguien de fuera.
Y bueno, creo que ha quedado patente que yo odio esos sitios infectos. Y particularmente el nombre del mío, procuro mentarlo las menos veces posibles y acompañarlo de un epíteto como “puto-pueblo-de-mierda”; si es que alguna gramática se le ha ocurrido clasificarlo como tal.
Resulta que la primera grabadora de deuvedé que entró en el pueblo gracias al que por aquél entonces era mi jefe (rango por el que no lo podía interpelar, por algunas desavenencias con los inspectores de trabajo). Por supuesto, un rumor así sólo se extiende si juntas a un mozo de almacén charlatán, que le diga a un papanatas pringado, que sólo han entrado dos grabadoras en la provincia y que una se la va a llevar él (mi jefe, el papanatas), y la otra el cuñado por parte de sobrina del Teniente Coronel del ejército de tierra.
Y ahora es cuando llegamos al meollo de la cuestión, dejo de torturarlos, y les cuento cómo es factible que el hecho de la compra de una grabadora, haga que me prohiban la entrada al videoclub*:
En el momento en que se vendían las primeras grabadora de deuvedé, no existían demasiados programas especiales para convertir los archivos de vídeo a DVD; ni tan siquiera para copiar las películas en deuvedé.
Fue de menester que leyera en foros de la interred (la mayoría en inglés) y bajara algunos programas bastante inestables en sus primeras versiones.
La bazofia resultante, eran copias de deuvedé; a veces partidas en dos discos deuvedé distintos (para no tener que recomprimir todo el vídeo y el sonido), carentes de cualquier menú o más de un idioma. Lo que -lógicamente- hizo lícita la actuación del dueño del videoclub* del pueblo, para decirle a la chupatintas de su empleada (una niñata); que un chaval alto, de unos veinte años y con gafas tenía prohibido el alquiler, por piratear deuvedés y poner en peligro el negocio.
Por eso, en el instante en que aquella mañana, una veinteañera me informaba de que la autoridad local (localísima), había decidido vetar mi derecho de alquilar películas en el término municipal de la aldea; no me extrañé en absoluto… Pues de algún modo, ¡lo esperaba!
*Tengo esperanzas de que esta palabra pronto desaparezca, por eso uso la cursiva.
10 Diciembre, 2007 a las 11:26 pm
y para que le dices a la dependienta que alquilabas las películas para copiarlas?? xD