Perico y Scottex - La tríada imprescindible
Manía obsesiva insana, las tripas revueltas; relaciones humanas extrañas que se prolongan en el tiempo, coitos pospuestos y naturaleza relegada a la categoría de vicio o postergada a momentos de ebriedad o cualesquiera en los que las facultades de los individuos en cuestión se encuentren bajo mínimos. Se ha escrito sobre este cuadro sintomático; se han rodado películas en su honor, se ha hablado sobre él simple y llanamente o con metáforas, comparaciones y símiles. Ha sido expueto en ocasiones hasta con palabras prestadas de otras disciplinas; en voz queda, a voz en grito e incluso sin voz. Solo que a algo tan abstracto, indefinido e incómodo, contrariamente a lo que convendría esperar desde la razón, se lo ha acabado ensalzando hasta el súmmum, confiriéndole de este modo nombres diferentes según el grado de envenenamiento. Así pues, es fácil hallar amantes ocasionales, esporádicos, consuetudinarios, ideales, habituales; novios formales, efímeros o de toda la vida, para unas semanas, meses, o años; coqueteos gratuitos de gente comprometida, magreos nocturnos y todo un sinfín de situaciones imaginables o no, dependiendo de aquél que se ponga a reflexionar sobre ellas. Algo así pensaba Perico, exdrogadicto reformado, compañero de piso de un camello de barrio con ínfulas de megalómano profesional a sueldo de los cárteles mexicolombianos y recién incorporado al mundo universitario a la treintena. ¿Qué más podría pedir? Porros, mota, churros, fasos… Filosofía de la vida, filosofía en las clases (al final, los dados le depararon la titulación de filosofía), filosofía en los libros y en las mujeres que se llevaba a la cama y filosofía empapelando las paredes entre las que se hallaba su alma, pujante por emerger hacia un nuevo agnosticismo que se instalaba más allá de los confines de todo lo que indudablemente existe y es algo. Se creía un ser casi completo: Había conseguido que una de sus compañeras de facultad realmente quisiera entablar una relación sentimental con él. Por supuesto, le parecía un ser anodino y carente de todo interés, que quería preservar su virginidad como una virtud, pero que le reportaba denodadamente el cariño que le faltaba. Nunca creyó que aún existieran chicas de diecinueve años con una mentalidad semejante. Obviamente, también contaba con otra chiquilla algo más joven que él, que hacía de sus fines de semana una eclosión de placer sin compromiso. Para amar… ¿Es que necesitaba amar? Para admirar… ¿Por qué había de admirar a alguien? Para desear… ¿Sentiría la necesidad de desear algo que no pudiera conseguir para seguir soñando? Con ese fin, apuró la colilla de un petardo y comenzó a redactarle un electromensaje (o correo electrónico, si lo prefieren); tremendamente sentido a Adriana, con las lágrimas resbalándole copiosamente como si la avaricia de sentimientos que derrochaba con el resto de los seres que lo rodeaban, tuviera que ser vertida por una sola mujer de la que hacía meses que no sabía nada. -Evidentemente, lo cambiaría todo por tan solo besarla.- Se dijo.
Tiene gracia- Rió después amargamente. -Se puede invitar a un cigarrillo a alguien para que él haga lo mismo cuando nos encontremos sin tabaco. Hacemos favores a nuestros amigos esperando que nos los devuelvan cuando lo necesitemos. Hasta practicamos sexo oral a fin de obtener lo mismo a cambio. Sin embargo, por mucho que se quiera a alguien, la reciprocidad jamás está garantizada. Nunca existirá otro sentimiento tan veraz ni tan puro. Jamás la humanidad hará tal despliegue de ilusiones, bondad y comprensión sin esperar nada a cambio, como cuando se ama de veras. Era lo único por lo que valía la pena dejar de seguir los instintos para refugiarse en la caverna solitaria del poeta.
Olvidando este último detalle, la felicidad lo embargaba como hasta ahora nunca lo había hecho. Amarga como la ginebra y embriagadora como el hecho de estar vivo.
10 Diciembre, 2008 a las 2:47 am
ains………