Haciendo trampa en el trabajo
Haciendo trampa en el trabajo
Haciendo trampa en el trabajo
Puesto que no tengo acceso a ninguna beca ni provengo de una familia que pueda financiar una estancia en Europa, he tenido que entrar en el mercado de trabajo francés.
El estatus de estudiante es privilegiado en comparación con otras categorías migratorias. Incluso para la policía da un trato menos duro al grupo de cabezas extranjeras que viene a aprender y luego se va – la mayor parte. Los límites: no se puede trabajar tiempo completo, es decir, treinta y cinco horas, sino sólo veinte.
Eso quiere decir que el salario de veinte horas de trabajo es suficiente para pagar los gastos corrientes y tener varios lujos. En ese sentido, es un balance positivo.
Ahora bien, esa es la barrera migratoria, después, el encontrar un trabajo dependerá del nivel de lengua y formación; pero también del saber olvidar las reglas del mercado del trabajo de país de origen para identificar lo que buscan los contratantes locales.
El cincuenta por ciento de las ofertas de empleo son operadas por agencias de trabajo temporal, cuyo único oficio es fungir como departamento de recursos humanos, además de la gestión de los pagos. Aunque trabajan también con puestos de alto rango, la mayor parte de los puestos son aquellos que son numerosos y que se pagan generalmente con el salario mínimo (8.74 euros por hora).
Como demandante, esto significa que la entrevista la realiza una persona que no conoce, más que por rasgos, el tipo de persona que la empresa necesita. Eso es positivo y negativo. Positivo porque si se está postulando para un puesto del que no se tiene del todo idea o el perfil, siempre se puede improvisar; y negativo porque, como busca puntos específicos, no hacen excepciones por perfiles cercanos.
Con estas condiciones de fondo, y con dos primeras experiencia positivas en la búsqueda de empleo, seguía buscando trabajo, un poco desilusionado por haberlo encontrado rápidamente, ya que era McDonalds quien respondió primero: ellos sí, a través de su departamento de recursos humanos y con una candidatura que les envié por internet. Eso me animaba a continuar buscando.
Habiendo tragado mi orgullo, asistí cabizbajo a una sesión de capacitación para hacer hamburguesas y papas fritas. Todo estaba en el video que vimos, en un minúsculo cubículo, durante casi dos horas: Cómo abrir y cerrar la tienda; cómo fregar los utensilios; una breve descripción biológica de los microorganismos; qué hacer en caso de que la freidora se prendiese; la sonrisa debida en caja; el recibimiento; la manera de hacer las cuentas y de tirar lo que ya no sirve; lo que es un riesgo… Un sinfín de cosas, de las cuales, sólo recuerdo que en la parte de “Seguridad”, había un testimonio de un prisionero que era entrevistado dentro de la cárcel, donde narraba su desventura ocasionada por el “excelente sistema de seguridad de McDonalds”. Pongo mi mano al fuego, el testimonio fue así.
Al final del video, la capacitadora regresó, apagó el televisor, nos entregó un cuestionario y salió después. Lo admito, copiamos entre nosotros. Yo no tenía en realidad ganas de copiar, sabía que de cualquier manera me darían en trabajo – muy a mi pesar. Después vino una aburrida retroalimentación, seguramente aprendida en un curso de gestión de recursos humanos, de la cual los seis asistentes queríamos escapar, pero para la cual todos nos quedamos. Pasó lo que parecía eterno y sólo faltaba que nos entregasen los horarios, la franquicia y, sí, los uniformes.
Pero existen las buenas coincidencias. Esos momentos en que se siente que el universo conspira para nosotros – momento de ego. Cuando salí de la capacitación, una llamada al portátil me preguntaba si estaba disponible de inmediato para el trabajo en trenes suburbanos. No recordé bien cual era, porque en la misma entrevista se ofrecían dos puestos. Respondí que sí ya que al día siguiente comenzaba la manufactura de hamburguesas.
Por un momento, pensé en llamar a la señora que me había contratado en representación legal de Ronald McDonald, pero decidí dejar que ellos me llamasen luego – lo cual sucedió una semana después para pedir explicaciones (que no dí) y para pedirme que devolviera el uniforme (cosa que no hice y dicho sea de paso, el pantalón me ha servido mucho para otros trabajos porque es negro).
Así llegué a los trenes. Hace un año que comencé ese trabajo. Paga rangos de horas de las cuales a veces sólo se trabaja la mitad. Es un empleo autónomo, ya que no tengo ninguna presencia de autoridad más que una vez al mes. Parece extraño. Al menos a mí me lo parecía al principio. Subir a trenes, verlos, observar sus graffiti, las basuras en el suelo, contar a los pasajeros, entrar a los sanitarios en los vagones, anotar si huelen mal. También debo poner en las notas si hay un retraso y, si cuando una línea de tren se bifurca, el conductor anuncia la dirección que tomará.
Toda la información recabada, basada en la planeación mensual que me entregan al mismo tiempo que recuperan mi información, se introduce en una agenda portátil, donde un cuestionario debe ser contestado por medio de cruces que se seleccionan con el lápiz para pantalla táctil.
No me puedo quejar, es un trabajo que me permite pagar el alquiler, la comida, el transporte, salidas por la ciudad (aunque el medio litro de cerveza cueste cinco euros) y uno que otro viaje. El costo de ese tipo de vida, es ser constante en los estudios, pero ese es otro tema.
Hoy hice trampa en el trabajo. No tenía ganas de excentrarme sesenta kilómetros, pero ya estaba en la estación de Gare de Lyon. Los números necesarios para comprobar mi presencia estaban ahí. El número de tren en la pantalla gigante, el de la locomotora en la punta del tren que esperaba para partir. También tenía el número de los vagones puesto que llegué diez minutos antes. Así que decidí hacer mi trabajo en la estación.
Los trayectos que realizo contienen una verificación – medida, como lo llaman en el medio- de ida y otra de regreso. Para mi fortuna, la buena organización del transporte me permite saber que, a cierta hora, llegará a la estación el tren que provenía de donde yo debía estar.
De tal manera que los números llegarían a mí. Decidí esperarlos y hacer otra cosa mientras tanto puesto que poseía una hora y media antes de que llegasen.
Conozco un muelle al lado del Sena muy estrecho, donde casi nadie pasa. Estaba lloviendo y tenía que encontrar un puente, a lo largo del muelle, para guarecerme y poder esperar cómodamente.
Para acceder al muelle, se caminan dos calles desde la estación y después se atraviesan cuatro pasos peatonales. Una vez que se está del lado del muelle, hay que bajar unas escaleras que desembocan bajo un puente: uno de los más modernos, llamado Charles de Gaulle – para variar.
Bajo ese puente viven unas viente personas en condiciones de vida que no permiten homologarlos con los vagabundos. Tienen sus tiendas de campaña instaladas indefinidamente, algunas de ellas, con bases hechas de plataformas de madera para no naufragar en caso de fuerte lluvia. Eso es la parte de habitación, que estaba al fondo del costado por el que llegué, ya que de frente, había una mesa de, al menos, tres por dos metros, varias sillas, aparatos electrodomésticos cuya fuente no era visible, pero que estaban igualmente ahí, quizás como anaqueles.
Pasé por enfrente, sintiendo transgredir un espacio, afortunadamente, todos dormían. Eran las siete de la mañana.
Al final de la escalera, giré hacia la izquierda, caminé por un amplio muelle turístico y, finalmente, pasé por debajo del puente de Austerlitz por donde pasa el metro. Su base era el punto de inicio del muelle estrecho. Como siempre, en el costado menos visible, había varios montoncillos de mierda – en el verano se pueden ver incluso la marcas negras de los orines frecuentes fijados con el sol.
Bajo el puente, una casa de tela impermeable, esta vez familiar, al menos para diez personas, resistía bajo la lluvia de la cual yo también esperaba protegerme. A doscientos metros, otro puente, un poco menos accesible, se presentó como la posibilidad de evitar el agua fría, sin tener que soportar el aroma a desechos humanos.
Bajo el puente, me detuve para sentarme en la orilla y beber café gracias a un contenedor aislante de aluminio que siempre me acompaña, calientito.
Ya había caminado antes hacia el final del muelle; no tiene salida; desemboca en otro puente que comunica con un canal. Bajo ese puente, un día de soleado de verano, encontré en un rincón, sobre dos colchones destripados, al psicótico que siempre había visto sonreír en la estación donde yo esperaría el trabajo más tarde.
Descubrí su casa, pero él no estaba ahí, bueno, sí, pero ausente, entre botes de basura y un vecino que colecciona botellas de vidrio, del otro lado del canal, bajo el mismo puente, él permanecía inmovil.
En aquella ocasión sentí miedo, pasé al lado de él, lo vi, catatónico, ejecutando una especie de abrazo para sí mismo. Seguí caminando y descubrí que no había salida, al menos no visiblemente. Continué y encontré una pequeña puerta, que me sacó de aquel puente extraño que compartía el espacio con la infraestructura del metro. Caminé por un pasaje de un metro, salí. Y una persona, quizás acostumbrada a ver turistas perdidos me preguntó “¿qué desea?”.
Me tomó un momento darme cuenta de que era un muelle privado donde sólo había botes grandes, en medio de París, barcos individuales que cuestan una fortuna. Estuve a punto de gritar: “Lynch, deja de hacer bromas a la gente”, preferí disculparme, le pregunté dirección la salida y llegué a una calle pública: ¡uf! (alivio).
Por eso me quedé bajo el primer puente. La hora que debía pasar, pasó. Volví para recibir, con los brazos abiertos, al trabajo que venía en camino. Nuevamente, desechos, casas, muelle – un poco más despiertos esta vez.
Bajo el puente que me regresaba a la calle, dos cabezas blancas bebían el café. Los miré, me sentía un poco confundido. La distancia entre la esquina de su mesa – que es donde comenzaba su espacio- estaba a dos metros del primer escalón. Es poca distancia cuando alguien está bebiendo café. Había una atmósfera de paz: el otro desayunante escuchaba con atención lo que le era narrado, mientra él fumaba su cigarrillo.
Lo único que se me ocurrió fue saludar cuando pise el escalón. Me gusta ver a la gente a los ojos, pero en este caso, me pareció que estaba cruzando el espacio que aún sentí abierto cuando sólo habían objetos. Pero con ellos enfrente, saludé, obtuve un par de sonrisas y un bonne journée.
Cincuenta metros más lejos, ya sobre el puente, el hormigueo, una corriente acelerada por el deseo de no mojarse, dejaba en el ambiente un aire agitado y golpeado; pisoteado y frenado; gritado y pitado; claxoneado y mentadademadreado; mancillado, respirado, friccionado, entropizado, en fin, cansado, pero puntual. En el aire había puntualidad, los pasos de los trabajantes – como dibujante, cantante, etc.- lo denotaban.
Aproveché una ola que desbordaba de un autobús, para dejarme llevar por la corriente y poder llegar así a tiempo. El impulso fue tal que recorrí la distancia que me faltaba en menos de dos minutos – aunque sólo era una calle.
Logré frenar a pesar de la inercia y entré a la estación amplia, de techo de dos aguas de cristal. El piso estaba recién lustrado – ese trabajo se hace de noche y se gana lo mismo que otro: mil euros al mes- y, en ese momento y por la misma puerta que yo entraba, un policía llevaba a una chica Rom, cogida por el brazo. Otras roms más se escabulleron entre la gente de un tren, burlando a los policías. El guardia de la estación no se mezclo en la operación, ante la policía, su autoridad de nada servía.
Los dos policías regresaron con las manos vacías. Estaba cerca de ellos y escuché que el primer policía dijo: “No hay nada qué hacer, tiene papeles”.
Maldiciendo, llegó la chica que había sido llevada fuera de la estación. Las otras dos mujeres gordas, con sus faldas largas, regresaron y pasaron frente al guardia. Parecían conocerse porque él se rió con ellas y les dijo: “Salgan por favor, vamos”, pero con una sonrisa, como de quien es indulgente aunque deba fingir lo contrario.
La más vieja, de aspecto sucio y de gesto malencarado, giró el dedo índice hacia abajo, para indicar que volverían. El guardia se rió nuevamente y los policías las vieron salir de la estación, pero sabían que iban a regresar – nuevos escenarios con la adición de diez países a la Unión Europea.
El trabajo estaba a un minuto de llegar y sólo faltaba anotar el número en la pantalla. Deslizándose, el tren llegó con el par de series de cuatro cifras que necesitaba para materializar la ficción de mi presencia en una estación que no visité.
Quizás mi madre pensaría que soy un vago, y quizás los soy un poco, en todo caso, hoy hice trampa en el trabajo.