Vender de todo
Vender de todo
La fiesta del colombiano le sirvió para darse cuenta de que necesitaba alejarse del ese mundo lo más posible. No le convenía para nada mantener en su posesión farla, ni hachís, ni hierba.
Se volvía torpe y la torpeza sólo quería decir cárcel. Entonces se le ocurrió la feliz tarea de otro negocio legal, pero en esta ocasión se salvaguardó del factor humano. Él era el único miembro en la plantilla de una empresa unipersonal; lo que venía a conocerse como un autónomo. Uno de esos tipos que salen adelante pese a la crisis valiéndose de su ingenio.
Utilizó la red para saber cuáles eran los productos más vendidos en los portales más caros. Recopiló información durante meses y aprendió que mientras que existían productos alimentarios de lujo que se vendían con un modesto margen de beneficio; otros, se vendían durante determinadas épocas pero cuyos pingües beneficios no eran dignos de desdén alguno.
Un país en crisis es un país que ama la buena mesa. Tampoco pueden permitirse otra cosa y tienen que recordar que sus hijos no aparecen con la panza hinchada en televisión. Que las moscas no los cubren y que realizan estudios para que luego gente como Perico, los explote. Por si fuera poco, la comida es uno de los caprichos que a todo el mundo contentan. Los pequeños electrodomésticos, los ordenadores portátiles, las cámaras réflex digitales y los teléfonos móviles de última generación, sólo los podría vender desde un mes antes de navidad. Por otra parte, había ventas enfocadas a otros momentos puntuales: a los universitarios perciben sus becas, a los parados que cobran su prestación por desempleo en cuanto le es posible; a los enamorados el día de San Valentín o cómo no, a los domingueros que en los meses de verano, no saben qué hacer con su escuálida paga escuálida paga extra, que de ningún modo daría para unas vacaciones. Los clientes estaban ahí. Sólo había que adaptarse a su presupuesto y observar el momento en que efectúan los desembolsos.
La cuestión es que la economía siempre había funcionado así, aunque fuera a distintos niveles. Él pretendía conseguir un flujo de dinero entrante mayor que el saliente. Tenía varios miles de euros y deseaba ir a ver a algunos productores para arreglar precios.
Perico sabía ganar dinero. Era increíble cómo había desaprovechado su talento realizando actividades ilegales, trabajando para terceros por sueldos míseros y en oficios para personas de una cualificación mucho mayor. Aunque en realidad sus muchos oficios le habían enseñado que de todo se puede aprender algo; entre otras cosas, había puesto en marcha la que en año y medio se convertiría en Importaciones Sativa. El nombre lo puso en honor a la hierba que ya había dejado de consumir completamente. Habiendo reparado en que requería su cerebro funcionando a plena capacidad para llevar a buen puerto las muchas compraventas y puso bien arriba el nombre, para recordarle que aquél cartel podía desmoronarse si no atendía a sus obligaciones.
Recordó la muñeca del Etarra. Aquella de plástico con ojos de Bombay Sapphire, que vieron él y El Etarra, mientras pasaban por aquella calle. Odió que la mancillara, que al ser un modelo exclusivo se la hubiera quedado para él como si en efecto, le robara una mujer de carne y hueso. Pero supo superarlo; todo con el fin de crecer, de expandirse.
Claro, que la dramática decisión la tomó después de ver cómo su amigo y compañero de fechorías, daba con sus huesos en una cárcel del sur de Andalucía. La prisión de Albolote, pueblo insípido del cinturón de Granada, con una Iglesia cuyo estilo sólo encasillaban los alendaños y unos cuantos bares propiedad de ex-agricultores o de gente que ya poseía otros establecimientos dedicados al mismo ramo. Sus habitantes eran un mosaico de exiliados de otros pueblos más lejanos a la capital granadina, también gente de Granada que decidió comprar allí durante la burbuja inmobiliaria y de entre los cuales no quedó ni uno que no maldijera el día que pagó la señal para adquirir su vivienda. Muchos de ellos hubieran preferido los muros de la trena. Al menos no había por qué pagar por ellos. Cada uno de los habitáculos, no era más que un sueño desmoronado; el de una familia que había invertido las ganancias futuras de toda una vida; y lo que es aún peor, las había invertido en algo que ahora sólo ostentaba un valor simbólico respecto al que un día tuvo. Personas engañadas que olvidaban los inconvenientes de los bienes incapaces de producir dinero por sí mismos. Al poder simplemente venderse o alquilarse, las posibilidades de adaptación de una propiedad son reducidísimas: no se puede vender en otro mercado más oxigenado porque las casas no son transportables, ni fraccionarlo en acciones pues tampoco hay una sociedad limitada dueña de una marca, recortar plantilla o producir lo que se demandara en un momento dado. Hacerse rico era tan sencillo como inventar proyectos arriesgados en los que sólo se ponía el juego capital de terceros; si esto no era posible, y si bien en el caso de Perico y dado que partía desde la nada, no lo fue. Sólo le quedó arriesgar su propio capital con tanta mesura que la probabilidad de perderlo todo descendía a mínimos razonables.
Su primera inversión no perecedera, fueron cincuenta jamones de pata negra. La calidad más baja, por supuesto. El motivo era claro: la mayoría de los compradores preferirían pagar menos por algo que llevara la misma etiqueta. La necesidad de aparentar nos viene desde antiguo y ninguno, al estar todos considerados por sí mismos como propietarios de un paladar exquisito, se atrevería a rechistar ante tal regalo para el gusto. Los vendió bien, saldando la operación con una ganancia de mil euros. Lo principal era el nombre y la denominación de origen. Unas cuantas compraventas más tarde, consiguió traer directamente de Hong Kong una remesa de materiales electrónicos unos días antes de las navidades. Los puso a la venta en todos los portales de Internet que conocía y hasta compró un dominio y espacio web para alojar un sistema de administración de contenido. Después de cerciorarse durante unos meses de que los números cuadraban, se apuntó a un foro de pago en el que unos expertos le resolvían sus dudas cuanto a legalidad. Aquello sólo le costaba cuarenta euros al año y le evitaba desplazamientos inútiles para ver a un gestor de rapiña. Si quería obtener más ingresos, el truco no estaba en trabajar ajeno a la legalidad, sino en aumentar el volumen de su negocio. Para hacerlo, ahorró euro a euro un fondo que utilizó para la adquisición de un almacén a precio de remate. Al principio pagaba a un transportista, pero luego decidió ampliar márgenes comprando su propio vehículo. Acabó poseyendo toda una flota y más de cien empleados. Las migajas de la España de la burbuja eran absorbidas por miles de hormiguitas que arañaban céntimos a cada euro y euros a cada billete.
Con los ingresos que le retribuían su incipiente negocio, podía comenzar a pensar también en su bienestar. Sin embargo, ignoró su primer deseo y recordó a su amigo Etarra. Cierto es que había sido un hijo de puta prepotente, que no merecía que le escupiera a la cara y que había estado a punto de hacerlo acabar en la cárcel a él por mera envidia. Además, quizás si cada uno estuviera en el pellejo del otro… Pero prefería no adentrarse más en la cuestión. Perico imaginaba cómo sería pasar los próximos doce años tras las rejas y convenía en que no había ningún crimen sin sangre que mereciera un castigo tan desproporcionado. No obstante, era la forma que la sociedad tenía de protegerse de sí misma; prohibir las drogas convirtiéndolas en un negocio rentable y dejar sin más oportunidades a un montón de chavales que desde la más tierna edad soñaban con un mundo de riqueza que jamás verían materializado. De modo que si de alguna forma podía mitigar las penurias de su amigo, haría cuanto estuviese en su mano, ya que se hallaba moralmente obligado.
Fue a verlo. Le llevó tabaco. Era incalculable a primera vista, cuánto podía haber cambiado el Etarra. Su cabello rapado, los ojos otrora fanfarrones pendientes de una inexistente moneda imaginara en el suelo, dos arrugas gruesas en medio de la frente. Eran los restos de un antiguo animal bravo al que habían despojado de voluntad propia sometiéndolo a un encarcelamiento… El colmo era que ahora sólo había aprendido que no parecer un hijo de puta, daba la oportunidad de ser más hijo de puta. Perico estaba seguro de que una vez entrara en su celda se transformaría y demostraría una fiereza que ocultaba a los guardias. Seguramente ya había tenido algún altercado con ellos. Seguramente por eso había decidido que se la tenía jurada a todos y que cuando saliera de allí haría estallar en mil pedazos la prisión. O quizás se hubiera dado por vencido. El agradecimiento que demostraba por algo tan minúsculo como un cartón con diez paquetes de Ducados Negro no resultaba para nada comedido. Ni siquiera era su tabaco favorito, por lo que Perico pensaba acabar diciéndole que eran para él y que no podía olvidar que a diferencia de él mismo, el tabaco rubio hacía sus delicias. Al observar la forma en que los cogió y cómo reprimió unas lágrimas que habían asomado subrepticiamente de sus ojos, le dejó también el otro paquete, que pensaba entregarle a cambio del primero y esbozando uno: -¡Cómo coño se me iba a olvidar lo que te gusta, cabronazo!- Saliendo de la cárcel decidió comprarle al Etarra una mujer. Para que fuera a verlo en una visita vis a vis. Calculó que meterla allí dentro le costaría mucho más caro, por eso dejó el plan para más adelante, pero quiso hacerle aquél regalo a su amigo y sabía que en doce años encontraría un lance propicio para hacérselo. A él nunca le habían ido los negocios tan bien, a pesar de haber llegado a contar con diez veces más dinero. El dinero en B, tiene un valor muy limitado que no permite poner nada en funcionamiento… La crisis ha atraído a oleadas de inspectores de Hacienda, fiscales, notarios, peritos, etc. Todo a fin de lavarle la cara a un país tercermundista que sigue clasificado entre las diez mayores potencias económicas. La justicia hace difícil emprender un negocio, mientras los más listos emigran o se quedan, consiguiendo diez veces menos dinero pero invirtiendo una cuarta parte en bienes de primera necesidad cuatro veces más baratos. Ya no hay sitio para el dinero negro, o al menos eso le pareció a Perico después de que el peso de una sentencia que habría condenado a cualquier otro hombre a la miseria, le dio la pista sobre el camino a seguir. Su doctrina había sido simple, pero efectiva; la había seguido implacablemente y tenía bases muy claras. Hasta llegó a imprimir un folio con algunas pautas que jamás debía olvidar. Lo colgó con una chincheta en la puerta, como si no pensara en volver a despegarlo nunca. Estaba caligrafiado con tinta roja y cada uno de los enunciados iba precedido por un número arábigo a su vez seguido de su lectura:
1º PRIMERO. Nunca pediré dinero prestado, sino que me limitaré a invertir el que tenga y a conseguirlo en caso de ausencia total.
2º SEGUNDO. Los lujos están bien para el que pueda permitírselos. En los inicios, es contraproducente la compra de un automóvil o cualquier otro bien cuya función pueda ser reemplazada por otra opción más económica.
3ºTERCERO. Todo producto tiene que producir más del dinero que cuesta. No importa cuánto limitados sean los márgenes de beneficio siempre y cuando estos existan. Cómo aumentarlos es algo que se puede estudiar una vez que se vende sin pérdidas.
Con el tiempo, fue añadiendo más artículos. Conforme su fortuna crecía, sus ideas eran más precisas:
4ºCUARTO. El personal supone una reducción en los beneficios. Debe haber el mínimo imprescindible pero organizado al milímetro.
5ºQUINTO. El negocio cambiará cada vez que disminuyan los números positivos en la contabilidad. Ha de ser versátil.
6ºSEXTO. Tan importante como el margen de un producto, es el número de ventas realizables. Los productos de primera necesidad se seguirán vendiendo pese a todo.
7ºSÉPTIMO. Cantidad antes que calidad; hasta el límite de lo tolerable.
Por supuesto, bajo cada máxima, anotó números y experiencias. Cargamentos que había tenido que vender perdiendo dinero por tratarse de alimentos con fecha de caducidad y para los que el mercado estaba más extenuado de lo que dicen los números. Envíos desde el extranjero paralizados en la aduana. Partidas de televisores cuya tecnología había quedado demasiado obsoleta para venderlos en los grandes almacenes, etc. La conclusión es que sea como fuere, el comercio internacional era el futuro. Cientos de jóvenes estaban dispuestos a quemar su vida por sueldos de mierda. Lo sabía porque él mismo fue uno de ellos. No aprovecharse sabiendo lo que él sabía, hubiera sido más bien labor de filántropo. Y él tampoco era un filántropo. Había conocido tanto la horrenda miseria y la carestía, que quería bailar con la tía buena del garito y si para ello tenía que contribuir a que el mundo fuera un poco más miserable para el resto de los mortales, participaría del crimen de la riqueza. Parecía mentira que cuanta más podredumbre acumulaban los estratos bajos de la sociedad, más relucían las clases altas. El baremo para dictaminar la situación de una persona, no se hallaba en títulos nobiliarios, sino en la influencia nacida del infinito poder que detentan los poseedores de los únicos objetos universalmente trocables. Aquellos jóvenes que dejaban un currículo de filólogo, pedagogo o filósofo le causaban respeto; mas tampoco se sentía demasiado identificado con Erasmo de Rótterdam y no quería romper un sistema que le era propicio.
¿Qué iba a hacer una masa de cretinos sin ideales arrastrándose por unas monedas? La cúpula del nuevo siglo ya estaba establecida y la iglesia había quedado fuera. Igual que los sindicatos y las asociaciones para la recolección de pedos de escarabajo lesbiano. Cuanto mayor era la diferencia entre la cultura económica de unos y la de los otros, más ricos habría haciéndose más ricos día a día y consecuentemente más pobres a los que sería de menester contentar y aflojar la soga, no por humanitarismo, sino para seguir utilizando como carne de cañón a tanta buena gente, deseosa de asesinar su porvenir para llenarse el estómago. Todos ellos iban a vivir de forma vitalicia en una indigencia que no era reconocida como tal, por temor al fervor de aquellas inofensivas mulas de carga. Colocarse la la izquierda de la ecuación equis más cuarenta sólo servía para los que desconocían el valor de equis: la gran plusvalía a repartir entre los dueños de la noria.