Pues a mí no me gusta el fútbol. ¿Y qué?
No, no me gusta en absoluto el fútbol… Es más, en mi vida he visto un maldito partido si no era el breve instante en que cambiaba de canal.
Y conste que siento mi virilidad bien identificada; que no sé por qué se asocia este deporte a la hombría en vez de a la estulticia y el barbarismo.
Los griegos, cuando celebraban sus Olimpiadas, ni siquiera tenían gradas porque no tenían pensado que hubiese espectadores. ¿Y es que no es ese el fin del deporte?
Últimamente parece que el deporte, además de para practicarlo, es para verlo en un sofá, mientras se vocifera, se comen cortezas y se discute sobre los pormenores del juego.
Para mí, es absolutamente un sinsentido. Siempre son once de un equipo, y otros once del otro; cuyo cometido es colar en la portería del contrario. ¿Qué espectáculo hay?
No existe intriga ni nada en absoluto… Gane uno o el otro, ¿a quién le importa? ¿Qué más da?
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