A las dos las amo
Estaba tendido en el césped húmedo bajo un sol medio nublado y se acercó a mí.
Silenciosa, grácil, con una sonrisa tan dulce que en esa boca no podría disolverse el azúcar.
Su luengo cabello y rubio, empapado de agua cristalina goteó sobre mi espalda reseca y sus manos pequeñas de terciopleo acariciaron mi cuello.

La segunda apareció de forma ruidosa, estallando en risotadas no desprovistas de tierna sensualidad y sugerentes como un reclamo.
Unos ojos negros como el azabache y una cabellera morena, una mirada que se me clavaba y una mano extendida a la espera de que la tomara.
Mucho más descarada que la anterior, pero ambas bellas singularmente y distintas como el vino blanco y el tinto; con perfumes ambos también embriagadores.
Correteamos en un juego sensual, y terminó por detenerese la más taimada, deseosa más que cansada.
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