Dios es una ilusión
Cuenta en su bitácora que no le ofrece confianza el rostro del cura.
No juzgues a nadie por su cara, Mar, porque algún día podrían juzgarte a ti por lo mismo.
Vengo de la calle y acabo de tener una conversación así con una cincuentona treintañera de rostro demacrado:
-¿Me podrías dar una monedilla para llamar por teléfono? – inquiere en forma casi ininteligible.
Echo mano a la cartera sin decir nada y rebusco entre mis monedas mientras prosigue su perorata.
-Es que es mi hermano, que está en el hospital, y… ¿tú qué harías? ¿Tú tienes hermanos?
No tenía que haber dicho la última frase ni en ese tono para que deduzca que va colocada y de qué.
Le doy la moneda, y me bendice en nombre de un Dios que la ha dejado tener una suerte infausta.
No es por la cara… Aquél cura era imbécil por venir a decirnos que el mismo Dios que permite las injusticias y la infelicidad, atenderé los ruegos de los que en él creen cuando le pidan minucias como aprobar los exámenes.
Además, les abrirá las puertas de la gloria eterna.
-Yo no sé si Dios, existe- digo en voz alta por si pasa algún creyente. -Pero creo que que a ese hijo de puta no le caemos bien.-
No responde. Se va mirando la moneda y calculando cuánto le falta para poder fumarse un chino.
Al menos no se pica, o eso me contaron sus podridos dientes.
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