El agrio desamor
Álvaro se levanta, la vislumbra y en segundos toma la determinación. Se le acerca, le sonríe y entona lo más amable y cordialmente que puede:
-”Buenos días, ¿qué tal estás? Me llamo Álvaro. Verás, es que me he dado cuenta de que viajas sola, y yo me hallo precisamente en tu misma circunstancia.-
-¡Puez yo eztoy acquí, algo jartita de viaje. Ací que ci te quierE* sentÁ conmigo, pÓh mirA!
Y la otra chica, lo contempló a lo lejos. Su extremada dulzura y su simpatía ambas dirigidas hacia alguien que no las merecía; tal y como aquella paleta.
Observó detenidamente la expresividad de su rostro, cómo iba estableciendo contacto físico poco a poco; primero con la excusa de pedir prestado el móvil, luego con la de retirarle el pelo negro azabache que llevaba aquella morena en el hombro….
Y sintió rabia, mucha rabia. Porque aquél hombre la había encandilado con ricuras que ni tan siquiera iban destinadas a ella.
Había sonreído al escuchar galanterías que la forzaron a derretirse como un helado a la orilla de la playa en agosto; y sin embargo… Tampoco ninguna le estaba dedicada.
-¡Bah! No tengo hambre. Demasiadas reservas de grasa tengo ya en el cuerpo-, se dijo para sí misma la despechada-.
Su cara se tornó más amarga, las tripas le molestaban porque rugían vacías; y su corazón… ¡Ay su corazón! Él estaba peor que nada.
*Las vocales mayúsculas cuando no corresponden; son el símbolo tipográfico que he usado para las vocales abiertas que en el habla granadina, hacen desaparecer las eses al abrirse.
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