Decidido: Ya no me voy de erasmus
Conforme salía de la Oficina de Relaciones Internacionales, casi me iba arrepintiendo.
Había anulado mi pasaporte hacia la libertad, mi oportunidad de salir durante largos meses de España y también la de adquirir conocimientos de francés -que buena falta me hacen-.
El año que viene no será Aix-en-Provence mi lugar de residencia, sino Granada… Otra vez más.
Llegaré un cálido día de entre los primeros de septiembre, soltaré mi macuto, abriré el balcón y respiraré ansioso.
Luego las jornadas se sucederán una tras otra y el año transcurrirá más rápido aún que éste si cabe. Acabaré el curso dieciocho quincenas más viejo y me preguntaré como lo estoy haciendo ahora, qué será de mí en el momento en que se haya acabado toda esta parafernalia que se supone es la época más feliz de nuestra vida, y que llamamos carrera universitaria.
Hay muchas razones que me retienen aquí: Las pésimas calificaciones de mi expediente, el temor a deprimirme en tierras extranjeras carente de hombro sobre el que llorar, el gusto exacerbado que experimento cuando oigo a alguien hablar mi idioma con un acento o formas que me placen… Pero auténticas, lo que se dice auténticas razones; creo que no hay ninguna.
O bueno, tal vez sí: Considero que no puedo cambiar, que mi vida será igual de miserable aquí que allí y que sólo habré despilfarrado un dinero que no es mío en poseer esa vivencia.
Lo peor es que quizás esta haya sido mi última ocasión de marcharme y romper con todo. ¿Quién sabe si mi mermado expediente me lo volverá a permitir?
Ha partido un tren cuyo destino desconocía. Si he hecho lo correcto o no al dejarlo escapar, es algo que quedará guardado en ese cajón de sastre cada día más voluminoso, al que yo llamo cariñosamente ignorancia.
A veces la incertidumbre es tan odiosa… ¿No creéis?
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