Eligiendo la carrera
Para muchos estudiantes preuniversitarios elegir su titulación es todo un quebradero de cabeza, ya que a fin de cuentas está en juego su futuro, y es lógico que duden.
En cuanto a mí, nunca fui como ellos. Confeccioné una lista de carreras en un papel amarillento perteneciente a una libreta de mi época preescolar que había encontrado, con unos cuantos nombres de posibles carreras; tiré un par de dados, y salió once: Un, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez y… Filología Francesa.
Tenía la opción de pensar en mí y en el futuro, y le encomendé una decisión trascendental a un par de dados.
He de añadir que no me arrepiento. (Non, rien de rien… Non je ne regrette rien!) La carrera, aunque esporádicamente, me aporta cosas que no están relacionadas de manera totalmente intrínseca con el programa académico.
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Contrariar sistemáticamente
Llevar la contraria, no tiene nada que ver con el deseo de que brille la razón en cuanto a mí respecta. Sólo lo hago como un pasatiempo.
Dar la razón es demasiado aburrido y no lleva a ninguna parte.
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Aficionados a la literatura
He estado aficionado por rachas a la literatura. Durante lapsos de meses primero muy largos, y luego muy cortos; leía sin cesar cualquier cosa en no importa qué parte.
Cuando lo dejaba, vivía períodos de tiempo primero muy cortos y luego muy largos en la más absoluta precariedad vital y moral; permitiendo pasar los días como si nada.
Y no sé cuántos años hace de que no me volvía a sentir como ahora. Devoro todo manuscrito, libro, folleto, periódico, revista, panfleto, cartel o rótulo que se pone al alcance de mi vista.
De hecho, ya he acabado de leer Internet; pero como en la primera lectura uno nunca lo acaba de comprenderlo muy bien, estoy recomenzándola.
El detonante para esta situación fue una eclosión de sentimientos doctos, de una filosofía despiadada que aprisionaba mi alma entre sus garras.
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Te esperaré mil años
Te esperaré mil años, y luego otros mil si fuera necesario. Decepcionaré a la muerte andando con un pie en el futuro por delante del propio tiempo. No podrán alcanzarme ni epidemias ni males universales, pues venceré cualquier obstáculo para continuar esperándote.
Y sabe que si mientras espero, me arrugo, me crujen los huesos, se me cae el pelo, la barba se me vuelve blanca y me encorvo; rejuveneceré de nuevo, y volveré a tener veinte años; uno incluso menos que tú, que también serás eterna, para que tenga alguien que esperar en mi inútil situación del que espera a alguien que se sabe que nunca va a llegar.
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Navidad sin regalos
Casi no quepo de gozo en el cuerpo porque esta navidad, no haya recibido ningún regalo en absoluto.
Es la primera vez que me pasa, y experimento una sensación de completa felicidad y liberación sin precedentes.
No existe nada más horrendo que comprar un objeto manufacturado por terceros, intercambiarlo por dinero y luego ofrecérselo a alguien. ¿Quién querría eso?
Detesto los objetos que se supone han de servir como recuerdo o algún otro fin de gran utilidad en un mundo que es ya demasiado práctico; en su lugar, prefiero algo hecho con las propias manos que no pudiera haber adquirido yo mismo en ninguna otra parte; un abrazo cuando tenga frío, un cigarrillo cuando ya no me quede tabaco, un oído cuando quiera hablarte, una sonrisa cuando me vean hacer el gilipollas (cosa que hago con mayor frecuencia conforme transcurre el tiempo).
Normalmente cuando nos hacen un regalo material, o albergan la esperanza patente de que lo devolvamos en forma de otro mayor, o bien, subyace bajo ese gesto algún tipo de interés oculto y abyecto.
Por eso que odio los presentes… ¡Y más en estas fechas, que además ni siquiera sorprenden!
Todo tan cristiano… Tan comercial. Basura.
Me pregunto cómo los de McDonald’s aún no han disfrazado a su payaso de Jesucristo crucificado o han incorporado un menú compuesto por un Belén con una alita de pollo en el papel de niño Jesús, un ángel cuyo cuerpo es un vaso de Coca-Cola hecho de papel y un buey y una mula de patata frita.
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No era más que una puta
Me miró y me dijo: -Oye, no te vayas a creer que esto lo hago con todos, ¿eh? Es la primera vez, y sólo porque me has gustado mucho.-
-¿En serio? Vaya, me siento muy afortunado de haber encontrado a una chica tan linda como tú y que se interesa tanto por mí. Es muy extraño, ¡normalmente no tengo tanta suerte!-
Entonces esbozó una sonrisita cálida, confirmando que creía haberme engañado.
-Bueno, entonces ya quedaremos otro día, ¿no?
-Claro, en cuanto vuelva a necesitar tus servicios.-
-¿¡Cómo!?-
-Sólo bromeaba. En realidad me he enamorado de ti. Esta noche te comtemplé mientras dormías y te he escrito un poema que he dejado metido en un sobre, encima de tu alfombra.
-¡¿En serio!? ¡Voy a por él!
-No… Si lo lees mientras yo estoy, me pondré nervioso y perderá la magia. Tienes que esperarte. Ahora me voy a ir muy lentamente, quédate en la puerta para que así observe tu esbelta silueta desdibujarse mientras me voy… ¿Me lo prometes?
-¡Ja, ja, ja! ¡Eres muy divertido! Adiós…- Se despide dándome un beso en los labios.
Desaparezco lentamente de aquél piso de niña pija, muy inquieto, nervioso… Como si se me fuera a venir el mundo encima. Mi plan tenía un error: No veré su cara cuando encuentre el billete de cincuenta euros que le he dejado metido en el sobre.
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