La mujer más hermosa del mundo
Su pelo alborotado y el maquillaje corrido, vestía una blusa por todo pijama y la resaca no la dejaba tenerse en pie. A sus pies yacía una peluca blanca.
Le rascaba la garganta y su voz estaba deshecha por fumarse dos paquetes de cigarrillos negros; la cara demacrada por la falta de sueño, por pernoctar en cualquier parte y llevar una existencia tan libre como incómoda y carente de todo lujo.
Se trataba de la mujer más hermosa del mundo, sin lugar a dudas.
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Desgraciados pero dichosos
Todos danzaban alegremente alrededor de una cochera que hacía las veces de pista, cegados por un faraónico juego de luces cuyo tamaño sólo era comparable con el mal gusto del que se había hecho gala en su colocación.
Seguro que dentro de unos años, este tipo de modas serán denostadas por revistas científicas y sociales.
La cuestión es que ver a los conocidos de la infancia, siempre me ha resultado deprimente.
Unos están a punto de casarse después de interminables años de noviazgo; otros, se dedican a ir como buitres. Recuerdo a un gordo ceboso en un avanzado estado de alopecia, que se morreaba intermitentemente con una zagala de buen ver. Supongo que ni él mismo se lo creía.
En cuanto al factor no personal del evento, cabía destacar las canciones estúpidas, las bebidas nefastas, las melopeas gratuitas que te aquejan a la mañana siguiente y que verdaderamente no han merecido la pena.
No me quedó otra que huir de allí como si en ello me fuera la vida. No me importó atravesar una gran distancia a pie, pues cada paso me alejaba un poco más de todo aquello.
En cuanto a mí, tampoco sería feliz en el lugar de cualquiera de los que estaban; eso, por descontado. Pero desde luego, de estar dentro de mi pellejo tampoco me siento demasiado ufano; y al menos, los demás, a su manera, parecen ser dichosos.
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Te regalo megalomanía este año nuevo
Conozco a más de una que cuando se entere de que soy catedrático de francés y griego en Berlín y adalid de la literatura contemporánea, me va a llamar para invitarme a tomar un café.
Seguro que los banqueros se subirán a una atalaya enorme, y cuando me oteen, erigirán a toda prisa una estatua de mi digna efigie en oro y la colocarán en el recibidor de su sucursal central para así contar con mi fidelidad como cliente.
Me compraré un coche que diseñaran mis propios ingenieros y cuya patente me pagará la escudería de McLaren.
Mi casa contará con tantas innovaciones tecnológicas que parecería que Bill Gates vive en una caverna mal iluminada.
La cirugía me hará tan bello que será imposible que ninguna mujer u hombre de cualquier orientación sexual omita su sagrado deber de volverse para mirarme.
Publicaré libros que harán llorar tan amargamente a los hombres, que no conocerán mayor dicha que ser desdichados.
El nombre de Ricardo Senabre será recordado por encima del de Cervantes, Shakespeare o Hermann Hesse.
¡Temblad, mortales! Este dos mil ocho, es mío y no vuestro.
¿Pero qué cojones digo…? Si al fin y al cabo lo único que me importa es tener mi mujer, mi casa, mi coche… Y que me reconozcan como a alguien útil: El panadero, el escayolista, el frutero…
Vivo como un circunspento burgués y luego me confieso antisistema-anarquista-anticlericalcatolicista-redomado. ¿No parezco una persona contradictoria?
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Antes muerta
Era una de esas personas a las que uno tienen la sensación de que no les retirarán el carné joven hasta la cincuentena bien entrada.
Tan menuda como preciosa, imaginaba una realidad improvisada en la que vivía consigo misma y sus diversas personalidades y cambios de humor.
Miraba al suelo, como si nada le interesara salvo su propio pensamiento; como si el resto del mundo no tuviera nada que enseñarle, ajena a todo, incomprendida e incomprensiva.
Su sonrisa era como de un anuncio de dentrífico; enseñando bien unos dientes perfectos y unas facciones sensuales ahora resaltadas.
Cuentan que la mató una hormiga de aviesas intenciones, contándole que para rendir había que laborar durante el día y dormir por la noche.
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