Posted by Misosofos on Enero 10, 2008 at 3:48 pm
Mi ex-portátil Acer Travelmate se ha caído por el balcón y creo que es algo que no se va a solucionar con reinstalar el Ubuntu.
Me hubiera encantado sacar fotos del momento para colgarlas aquí, en lugar de verme obligado a usar fotos de otro portátil destrozado que he encontrado por internet. Lo malo del asunto, es que la cámara digital se me rompió en el último viaje.
El móvil sufrió casualmente un accidente hace poco, y ahora llevo un vetusto Nokia 3310 cuya batería le suele durar unas nueve o diez horas, (así que lo de llamarlo móvil es a falta de otro vocablo más preciso). La carcasa está desgastada y pregunto a mi flaca memoria cuál fue el tiempo de mi cruel paso por este mundo, en el que fui capaz de ponerle esos adornos cannábicos y dónde coño metí la original de Nokia.
Nunca había averiado hasta extremos que yo mismo no pudiera remediar ningún aparato, por extraño que resulte. Al menos ninguno con un coste superior a diez o veinte euros… Pero últimamente, ¡estoy en racha! ¿Existirá alguna fuerza superior ordenadora a la que no caigo en gracia?
Os parecerá coña, pero mientras escribo esta, ¡mi pantalla de 19″ TFT, cambia de color intermitentemente!
Creo que ya va siendo tarde, así que os tengo que dejar. Aunque por otra parte, tampoco sé con total certeza la hora, pues se me rompió el reloj al golpearlo accidentalmente contra la reja de una ventana.
En fin… Dicen que no hay mal que por bien no venga, ¿no?
Archived under Personal
Posted by Misosofos on Enero 10, 2008 at 6:14 am
El cigarrillo que tiré en el cenicero antes de encenderme este otro, aún no se ha apagado.
Fumador empedernido plagiando a Thomas Dylan
Archived under Pequeños relatos
Posted by Misosofos on Enero 10, 2008 at 2:04 am
Me metí en la ducha cantando, me enjaboné bien el cabello, lo aclaré y luego repetí la operación. Me froté con una manopla cada una de las partes de mi cuerpo, cuidando mi higene al máximo.
Me peiné, me engominé, me perfumé el cuello; me recorté la barba,me vestí con el alborznoz y salí del baño más contento que unas pascuas.
Pero todo mi bienestar pareció fingido cuando me encontré a mí mismo llorando, tendido en una cama durante semanas deshecha.
Tenía el rostro desencajado, la mirada ausente; y me interpelé diciendo: ¡Sursum corda, compañero! La vida es bella, no te aflijas. Ninguna congoja posee la magnitud suficiente para que merezca la pena estar así.
-¿Sursum corda, dices?- Replicó mi otro yo, indignado.- No eres más que un pedante sin ningún tipo de categoría que aprendió cuatro frases para dárselas de intelectual.-
-Sí, bueno, ¡al menos yo soy feliz, desgraciado!- Repuse orgulloso.
-Eres un infeliz que no sabe ni lo que es. Un bobalicón que se conforma con lo poco que tiene. Un imbécil que goza de una dicha que ni para él mismo existe.-
-Venga, Misósofos… No me gusta verte así. ¿Atacarme te hace sentir mejor? A mí no me importa.- Reiteré estoica e indulgentemente.
-Desaparece.- Ordenó.
Y desaparecí. Y ya no salía del baño, ni era presa del llanto tendido en la cama deshecha. Tampoco estaba en la biblioteca, ni pensativo en el balcón. No mareaba en una taza el último dedo de café, ni rozaba la pared. Dejé de intentar cambiar el mundo para contemplarlo. Me paré frente al espejo, dándome cuenta de que ya no tenía piel, ni carne, ni uñas, ni rostro.
Sólo era unos ojos… ¡No! Ni tan siquiera era unos ojos. Me había encarnado en el sentido de la vista.
Miré el mundo, sin escucharlo. Observé a la gente, la escudriñé, permití que vivieran por mí.
Fue en ese preciso instante que caí en la cuenta de que me había convertido lo que siempre había anhelado: Un espectador ajeno, un ente inanimado pero vivo más del entorno al que ya nadie juzgaba.
Archived under Pequeños relatos