Archive for enero 24th, 2008

Decir lo que piensas

No puedo pensar algo sin decirlo. Es como si el hecho de enunciarlo, lo materializara y sólo entonces adquiriera el pensamiento toda la sentenciosidad de la que carecía en los momentos en que aún no era palabra.
El tiempo transcurrido entre que una idea surge en mi cabeza y mis labios la llevan a oídos de todo aquél que quiera escucharla; suele ser igual a la diferencia entre la velocidad a la que viajan los impulsos eléctricos por el cerebro conformando un pensamiento y lo que tarda el aparato fonador en ponerse en marcha.

A menudo esta costumbre me acarrea serios problemas y hasta me granjea enemigos. Sobre todo si le añadimos que además, adoro contrariar a la gente casi tanto como el que ellos me contrarien a mí. Cuando alguien manifiesta un punto de opinión distinto al mío, siento la imperiosa necesidad de recurrir a cualquier razón real o técnica retórica para denostarlo, humillarlo y relegarlo a un puesto tan por debajo de mi pedestal, que sea capaz de observar una verdad como un templo o una falacia tan bien construida que bien debiera ser real.

Ellos son odiosos. Estoy ya harto de que pretendan que memorice su nombre o quiénes son; o si estaban tal o cuál día. No se esfuerzan en absoluto por ser lo suficientemente importantes como para conseguirlo y me critican a mí, tal que si recayera en mis manos el gran peso de la insustancialidad que prodigan.

Esta es tierra de algarabía, de farolillos, de túmbate panza arriba y que sean otros los que cambien el mundo, si es que es de menester cambiarlo. Por supuesto todos los mequetrefes hoy universitarios, quieren convertirse funcionarios el día de mañana. Unos de esos inútiles, que no se ven en la obligación de cumplir con su cometido para no ser despedidos y expulsados de su trabajo.

Sin ir más lejos, me han enviado un correo electrónico en cadena cuya finalidad no era ni más ni menos que cundir la voz de alarma puesto que tal vez, nos pongan más difícil convertirnos en profesores e impartir clase.
Menuda caterva de pazguatos y zascandiles, que luchan por un sueño que para cualquier filólogo de veras, sería más bien un suplicio. De la enseñanza, ya se ocupan los maestros y profesores; que no hace falta que amen las palabras, ni que las estudien en tanta profundidad.

Todo esto me lleva a considerar que lo que realmente sucede, es que ni los maestros desarrollan adecuadamente su función, ni los filólogos, ni los filósofos, ni los arquitectos, ni los matemáticos, ni los informáticos las suyas respectivas. La prueba fehaciente está en que en lugar de encaminarnos hacia una era dorada, nos hemos quedado anclados en una banalidad que se degrada hasta convertirse en la más auténtica idioticracia: El sistema está concebido por imbéciles, para imbéciles y a fin de que sean los mismos imbéciles los que sigan en el futuro orquestando un milagro de la vida, que ya ha sido vilipendiado hasta el hartazgo.

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2 comments - What do you think?  Posted by Misosofos - 24/01/2008 at 02:43

Categories: Pequeños relatos   Tags:

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