Lo mío
Lo mío no es si te he visto no me acuerdo
Lo mío no es no hay mal que cien años dure
Lo mío no es otra vez quizá haya más suerte
Lo mío no es confórmate con lo que tienes
Lo mío no es mejor olvídate y déjalo correr
Lo mío no es ¿y qué le vamos a hacer ahora?
Lo mío no es bien estuvo mientras duró
Lo mío no es a veces se gana, a veces se pierde
Lo mío no es espera sentado tu turno
Lo mío no es déjame que me lo piense
Lo mío no es mañana te contesto
Lo mío no es a fin de cuentas no era para ti
Lo mío no es tú ya me invitas otro día
Lo mío no es me voy a acostar que madrugo
Lo mío no es luego más tarde si ves que tal
Lo mío no es hacer la compra para el domingo
Lo mío no es estudia y ya verás como apruebas
Lo mío no es ya te llamaré a ver si nos tomamos una cerveza
Lo mío es el aquí, el ahora, el sí incondicional, el mañana Dios proveerá, el si haces eso te mato pero yo ya llevaba un rato haciéndolo, el instante en que vivimos, el jódete y arráscate si te escuece, el quien no se consuela es porque no puede, el lo más probable es que de ahora en adelante todo vaya a peor.
Lo mío es un pesimismo tan empedernido y recalcitrante que incluso la más mínima mota de polvo adquiere sobre el cristal unas dimensiones colosales dignas de ser resaltadas.
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Fábula de la rana y del alacrán
Una vez, en la tierra de Shien-Lon, llovió intensamente durante muchos días seguidos…
Las semanas transcurrían bajo el intenso aguacero, desgranando, gota a gota, el paso inexorable de las horas…
Llovió tanto, que el gran río Yang-Tse, llegó a desbordarse, inundando como un mar todas las comarcas vecinas.
Sólo quedaban sobre el nivel de las aguas, algunas colinas bajas y aisladas, que formaban pequeños remansos, entre el turbulento correr de las aguas…
Pronto también aquellos pequeños promontorios quedarían anegados y todos los seres vivientes en esos refugios se ahogarían.
En una de esas pequeñas islas, rodeadas por un mar de aguas marrones y lodosas, había quedado atrapado un alacrán…
De repente, el alacrán vio a una rana nadando alegremente en el agua.
Entonces el alacrán le dijo:
-Oye rana, llévame sobre tu lomo hasta tierra firme… Si no me salvas, moriré ahogado…
La rana miró al alacrán, dubitativa, y le contestó:
-No… no puedo llevarte, porque si subes sobre mi lomo me picarás y moriré…
-Anda, rana… ¡Sálvame! Prometo formalmente no picarte con mi aguijón…
La rana asomó la verde cabeza fuera del agua y dijo:
-No, no me fío de ti…
-Me picarás… Eres un alacrán…
-¡No!! -respondió el alacrán- ¡No te picaré! ¡Lo juro!
-¡Anda, sálvame! Y puedes tener mi palabra de honor de que no te picaré…
-Está bien -dijo la rana- Acepto tu palabra, pero lo haré con esa condición.
Y así fue como el alacrán montó sobre el lomo de la rana y ambos se dirigieron nadando hacia la salvación…
La rana vigorosa daba amplias brazadas sobre la superficie espejada del agua. Sus fuertes patas traseras impulsaban a ambos en dirección de las tierras altas, dejando una estela de espuma ondulante.
Estuvieron nadando varias horas, hasta que ya se empezaba a divisar sobre el brumoso horizonte la oscura línea que anunciaba las verdes colinas de Lushan, aquellas donde el agua ya no podía llegar y que serían la salvación del alacrán.
Y así, iban bogando, a través de aquel inmenso piélago interior, cuando de repente la rana sintió un fuerte dolor en la nuca..
Era un dolor agudo, lacerante, adormecedor…
Enseguida, comenzó a estremecerse…
El veneno corría raudo a través de sus venas, paralizando los miembros y obnubilando los sentidos…
La rana se dio cuenta de que el aguijón del alacrán había penetrado en sus carnes, inyectando el letal veneno…
Ya, en el último instante de lucidez, alcanzó a musitar:
-Alacrán… ¿Por qué me has picado?
-La tierra firme aún está muy lejos, ahora moriremos los dos…
Y mientras ambos se hundían en el agua, irremisiblemente, el alacrán alcanzó a decir:
-Perdóname… No pude evitarlo…
-Soy un alacrán…
Alejandro Lanoël D’Aussenac
Extraída de http://members.fortunecity.es/tueditor/larana.htm
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