Archive for febrero 5th, 2008

A la sombra de nadie

Caminé hacia el muelle de Alicante, una mañana brumosa de octubre. Me senté en un banco, con vistas a un mar de un azul inmenso y a un cielo celeste y raso. Abrí mi libro favorito por su primera página y fingí que lo descubría por primera vez, pues no quería correr el riesgo de empezar uno nuevo que probablemente no me iba a gustar tanto.
Tomé un cigarrillo de mi paquete de Ducados Negro y lo encendí con un mechero Zippo de un gesto rápido de la mano, sitiéndose el clic característico que distingue a este tipo de encendedores del resto.

Noté que me faltaba algo, y entonces dejé el libro y comencé a darle caladas más hondas al pitillo. -¿Qué será lo que me falta?-
He comido hace media hora, con lo cual no puedo tener hambre; tal vez necesite darle un trago a la cantimplora, aunque no noto sed.- Al extraerla de mi macuto y habiéndola empinado a la altura de mis ojos, observé que en el suelo aparecía una zona más oscura que su entorno, con la forma de justamente una cantimplora. Era lo normal, a fin de cuentas. Por la posición del sol, los rayos que incidían sobre aquél cuerpo opaco no llegaban hasta el suelo, quedando marcado así su contorno.

Me vino una traza al pensamiento: -¿Y por qué entonces, no puedo observar mi sombra en el suelo, al igual que la de todos los otros objetos y personas? Es justamente mi única carencia: Una sombra. ¿Pero de qué habría de servirme una sombra? ¿Alguna vez hice sombra? ¿O aunque sea, se formó alrededor de mi silueta una simple penumbra?
Monté en el coche y volví a Granada. Se me había ocurrido la acuciante idea de revisar mis fotografías, en busca de mi sombra y aquello era asunto perentorio que bajo ningún concepto podía postergarse.
La cajita polvorienta de las fotografías realizadas en un tiempo donde no existían las cámaras digitales, siempre es un lugar en el que indagar sobre uno mismo. Hallé varias fotos en las que se distinguía claramente mi sombra: Una era en la playa, en un viaje del instituto que hicimos a los quince años de edad, junto a unas compañeras de clase de pechos perfectos y como recién esculpidos en el mármol. Había otra en la que salía vestido de primera comunión, en un estudio de fotografía tan pequeño como pésimamente decorado, típico de una tienda de fotografía de poca monta; sostenía la biblia entre las manos y a pesar de que los focos impedían que hiciera aparición mi sombra, un lateral de mi nariz poseía un matiz más oscuro que el otro, dándome a entender que también aquél día era como el resto de la materia existente. En una tercera fotografía, tenía cinco años y un pajarito desvalido que había encontrado herido en el campo, posado sobre la cabeza. Ahí igualmente que en los otros dos casos, la sombra se vislumbraba, si bien no obstante quedaba algo mermada por el flas de la cámara.
-Entonces… ¿Cuándo diablos perdí mi sombra?- Pero nadie sabe responderse a las preguntas que ignora.
Transcurrieron unas horas más, y me dije a mí mismo que ya estaba bien de pensar en una sombra. ¿Quién diantres necesita una sombra? ¿Para qué sirve? ¿No es hasta más estético prescindir de ella?

Salí de mi domicilio y pisé la calle con ganas, con fuerza. Grité el nombre de un par de amigos; César y Laura, y éstos se asomaron por la ventana, atónitos por mi forma de llamarlos. -¿Es que no sabes llamar al timbre, hombre? Estamos estudiando, ¿quieres subirte y estudias con nosotros?- Me invitaron amablemente.
-La verdad es que no me apetece nada estudiar, tíos. Quizá otro día, creo que me voy a dar una vuelta, a ver si me despejo.- Rechacé su invitación gentilmente.

Hete aquí, que mientras paseaba plácidamente dilucidé por qué la presencia de mi propia sombra, era tan importante. Nuestra sombra somos nosotros; nuestra sombra es la única compañía que nos queda en los momentos en que nadie más nos acompaña y la que hace que los demás nos aprecien por la huella que en ellos dejamos. Un hombre sin traza, o sin sombra, no hace mella en el corazón de nadie: Ni del amigo, ni de la novia, ni tan siquiera de su propio perro y a la postre, acaba por perder también su propio corazón.
Sólo me quedaba una solución posible, y era encontrar mi propia sombra, mas… ¿Dónde buscarla?
Destripé los cojines, comprobé que no estaba bajo mi colchón, ahondé la mano en mis bolsillos y luego rasgué toda mi ropa por si se me había quedado en una arruga, entre un pliegue del pantalón vaquero o entre el saquito y la camisa. Vacié los maceteros, las botellas de agua y las de alcohol (de éstas, tragué su contenido, para me infundieran nuevas fuerzas y así poder continuar mis pesquisas).
Recuerdo que aún flotaba en los efluvios de aquél alcohol cuando supe cuál era el único sitio en el que mi sombra podía esconderse: Detrás de mí. Por eso cuando miraba a una parte, ella se colocaba del lado opuesto. Había desarrollado la capacidad de posicionarse con independencia del punto en el que se hallara la fuente lumínica, contradiciendo toda ley física conocida.

Sabía la manera de obligarla a aparecer. Trabajé durante veinte años día y noche, solo; como aquél al que ni su sombra acompaña, en el único afán de reunir el dinero suficiente. Trafiqué con droga, practiqué la trata de blancas cual avezado proxeneta, deforesté el amazonas en pos de una nueva fuente de petróleo y empleé todo el dinero que conseguí, en mandar construir una abominación en un país pobre a fin de que la mano de obra me saliera más barata. Nadie me recriminó mis actividades, pues un hombre sin sombra, tampoco tiene en su haber escrúpulos y con la sangre fría suficiente, ¿quién habría de cazarme, ajusticiarme y darme mi merecido?

Ingenieros, arquitectos, menores de edad esclavizados y todo un gabinete de físicos me ayudó en mi empresa.
Erigimos una obra faraónica que ya la hubieran querido para sí Keops Kefrén y Mikerinos. Se trataba de un cristal distinto de todos los de hasta el momento fabricados, que concentraba toda la luminiscencia solar de un área de cinco kilómetros cuadrados y que la haría converger en poco más de dos metros de largo por uno de ancho. Tardamos otros veinte años más, pero finalmente, conseguimos hallar el método para que no me achicharrara como una hormiga bajo una lupa: Un traje especial, confeccionado con las pieles de mil niños recién nacidos a los que habíamos desollado in vivo previamente y que vestiría para la ocasión.

Decir que estaba nervioso, era poco. Llegó el momento de colocarme mi traje, cuyo olor recordaba al de la carroña y ocupé el puesto que me correspondía. Esperamos hasta las doce del mediodía y uno de mis lacayos, accionó el mecanismo que puso en funcionamiento aquella máquina infernal, construida por un loco que tenía la intención de hacer una locura, y en un mundo demasiado loco para que nadie tratara de impedírselo.

Se mostró tenue, mas se mostró. Mi momento dorado al fin había acontecido.
-¡¡Ahí está!! ¡Es mi sombra! ¡Agarradla y que no se escape! – Todos se movilizaron, pero por más que me desgañitaba llamándolos inútiles, palurdos y amenazándolos con la muerte, nadie pudo atrapar mi sombra.

Había dedicado toda mi juventud, mis fuerzas y mi dinero a encontrar algo que ahora no podía asir, ni controlar ni manipular de ningún modo. Le imploré: -Al menos, sombra, dime por qué me abandonaste. Cuéntame… ¿Por qué? ¿Qué hice mal? Sólo me volví un ser asqueroso y sin escrúpulos por haberte perdido. ¿Qué te hizo abandonarme?- Y ella me respondió, con lo que se me antojó el timbre de mi propia voz, algo más grave:
-Alguien que no quiere ser él mismo, no merece tener sombra. Un idiota que se acuesta deseando ser cualquier otra persona al amanecer, ni por asomo tiene la potestad de verse bendecido con una sombra. Los escarabajos, los gusanos, las lombrices y hasta los montones de estiércol siempre permanecerán junto a su sombra; incluso en en la más absoluta oscuridad que seas capaz de concebir, todo cuerpo alardea de su presencia con una sombra que si no contempla, es a causa de las limitaciones del sentido de la vista. Su sombra siempre está ahí
En cambio, tú, Misósofos; no tienes sombra. Decidí desterrarte cuando te hartaste de ti y optaste por dedicar tu vida a capturarme sin importarte las atrocidades que te vieras abocado a perpetrar en el camino. Sin embargo, no se trató de un castigo divino, pues Dios no existe y el mal nunca recibe castigo en ningún absurdo mundo de ultratumba. Sencillamente, te abandoné porque preferiste perseguir a una sombra a aferrarte a la vida misma y tamaño desprecio era irremisible.

*Nota: Agradezco a un anónimo comentarista, la idea que me brindó para este relato corto.

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4 comments - What do you think?  Posted by Misosofos - 05/02/2008 at 05:42

Categories: Pequeños relatos   Tags:

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