Une vie hors de prix à Panama
Dice que tardó seis meses en enterarse de que en las discotecas de Panamá, las bebidas no eran gratis. Que o se las traían o las tomaba ella misma de detrás de la barra y nadie le pedía que las pagara.
Ser rubia, tener los ojos verdes, las mejillas sonrosadas y un cuerpo proporcionado, por lo visto te abre muchísimas puertas en países donde esto resulta exótico.
Cuando habla, a pesar de su acento francés, no deja de cambiar ustedes por vosotros ni de emplear el pretérito perfecto simple donde nosotros usaríamos un presente perfecto. Pasa la mayor parte del tiempo riendo y en su emepetrés guarda música extremadamente variada que va desde el tecno hasta Céline Dione u Ojos de Brujo.
En Panamá precisamente mantuvo una relación con un novio de esos que sólo duran un erasmus, extremadamente rico. Al volver a Francia, lo echó danto de menos que pasó algún tiempo deprimida, pero ahora parece haberse sobrepuesto y siempre luce más que feliz, exultante.
Una erasmus francesa como ésta, de Montpellier tampoco es que goce de tantas prerrogativas en Granada; pero desde luego, algo me induce a pensar que aquí tampoco hace un gasto excesivo en cuanto a diversión respecta.
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