Perico y Scottex
Scottex estaba tendido sobre su puf como el perro esnob en el que se había convertido. El contraste con respecto a épocas pretéritas era flagrante. Sin embargo, el sopor que lo invadía, tampoco recordaba para nada a la actividad que siempre lo embargaba cuando su cuerpo estaba cubierto de parásitos y el olor que expelía hubiera asustado a los encargados de las peluquerías caninas que ahora visitaba.
Todo un can sibarita que sin saber por qué, se encontraba fatal, tenía la mirada apagada y se movía torpemente como si la vida fuera a abandonarlo de un momento a otro. Curiosamente, en los tiempos en que su amo sólo consumía droga en lugar de venderla, entre toda la podredumbre, jamás había enfermado. Los veterinarios no sabían qué le ocurría. Perico estaba ciertamente preocupado por él. Llevaba días sin moverse del sitio, con los ojos hinchados, cabizbajo y tomando pastillas.
Le iban a hacer unas pruebas por si tenía algún tipo de cáncer.
El Etarra, había instado varias veces al Etarra a sacrificarlo. Era ridículo gastar aquella cantidad de dinero en un chucho. Ambos paseaban por el centro comercial, mientras hablaban sobre el asunto.
En la Parafarmacia, había una chica menuda, con el cabello largo y aquellos ojos singulares que tantas veces habían aparecido en los sueños de Perico. Iba cogido del brazo de un apuesto joven y parecían divertirse mientras elegían algunos preservativos.
-Ja, ja, ja. ¡Mira eso! – Vociferó el etarra, reprimiendo un poco su voz. Era una extraña habilidad la que poseía, por llamarla de alguna manera, y que sacaba a relucir en los momentos más inoportunos. Hablaba en voz baja y gritaba a la vez.
-¿Qué?- Preguntó Perico, temiéndose lo peor, al oír ese tonillo de tú no eres como yo, sino un insecto creado por la divina providencia para retorcerte en la podredumbre.
-¿Esa no es Adriana? ¿Te has fijado en el soplapollas que la acompaña? Yo diría que está incluso más buena que antes. – Hurgó un poco más El Etarra.
Perico no decía nada. Se había olvidado de su perro moribundo. También seguramente había olvidado un sinfín de cosas de las que ya no se acordaría nunca. Sin duda, era más alto, más guapo, más fuerte y más inteligente que él.
Además tenía más pelo, saltaba a la vista que su polla mediría casi el doble que la suya y por si fuera poco, se estaba cepillando a la chica que lo hubiera hecho experimentar la felicidad completa con tan solo rozarle la mejilla con el envés de su mano.
El ser humano como individuo, resultaba ridículo. Perico se resultaba ridículo a sí mismo, en tanto que era uno de ellos. Una extraña causa inexplicable, inducía a cada persona a sentirse superior a las demás. O si no superior, al menos más especial. Cada uno era para sus adentros el dueño de un mundo interior más rico en sabores, aromas, texturas y sensibilidad que los del resto. Le costaba admitirlo, pero por primera vez en su vida, se había sentido peor que otro; a escala global, sin ningún tipo de concesión a su ego.
Hasta ese momento, siempre había estado ufano de pensar: Bah, es más guapo, pero seguro que es más imbécil.
Otras veces: Bueno, tal vez saque mejores notas, pero yo le echo más imaginación a la vida.
E incluso: ¿Y qué si folla más que yo? Seguro que no es capaz de sentir el amor tan intensamente como yo lo hago.
Ahora, no obstante, se había quedado sin excusas para ofrecerse a sí mismo. Una cucaracha con algo de coraje, le podría haber pisado la cabeza si hubiera tenido el más mínimo interés en ello.
La meta tan elevada que se había fijado, no era imposible de conseguir. Había otro que lo había hecho y para más inri, seguramente sin el mínimo esfuerzo.
-Me piro. He quedado con tipo para hacer un trato- Concluyó el excajero de supermercado, después de un par de minutos.
-¿No la saludas? A ver si es que todavía te gusta. ¿Te vas a poner rojo?- Sentenció el Etarra.
Le dieron ganas de golpear a su socio, de rajarlo de arriba abajo para después sacar sus intestinos, vaciárselos en la cara, descuartizarlo y meter los pedacitos resultantes en latas de conserva que sirvieran como comida para gatos. Controló el impulso y dedujo rápidamente que fingir que nada pasaba, era lo mejor.
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