Preparar San Valentín
Son las ocho de la mañana. Creo que me he quedado dormido en la silla; aunque no tanto como para soltar la cerveza que agarro fuertemente, hasta casi abollar la lata. Apuro su contenido mientras me pongo en situación y compruebo que los tres preservativos con los que salí de casa, siguen intactos en mi cartera. Abro la ventana y hace frío. No llevo más de dos horas en esta habitación, desde luego. A las seis de la mañana tomé un metro que me devolvió al lugar del que nunca debí salir. Ha sido una noche pésima y lo peor de todo es que no estoy nada cansado; por lo cual sorteo la cama, como si se tratara del lugar menos placentero del universo. Este nuevo yo infatigable es el producto de cómo ha avanzado mi manera de sorber. De pequeño, tomaba la leche en biberón. Posteriormente pasé a beberla con pajita de plástico en un vaso, para más tarde acabar haciéndolo a tragos. Hoy, he cambiado la pajita por un billete enrollado y la leche por cocaína.
Odio que me traten como lo hizo aquella puta rusa ayer. Risitas, complicidad, caricias primero en mi mano, luego en la mejilla y hasta en mi cabecita… Luego unos cuantos besos, sin demasiada pasión. Yo también estaba borracho y sin embargo tenía una erección. No voy a decir que era una erección como la que se tiene al estar cepillándose a una modelo de pasarela que te pone la polla entre sus pechos y te lame el capullo con la punta de la lengua. No. Era más bien como si se tratara de una rusa que bebe vodka con cerveza, echándome a cada risotada un pestilente aliento a alcohol que no sólo no me molestaba lo más mínimo, sino que combinaba perfectamente con el mío. La acompañé a casa. Cuando llegamos a su dormitorio, me percaté de que su libido se había disuelto en el alcohol que había ingerido como una máquina de tragar pollas engrasándose, que sin embargo ahora no estaba lista para cumplir su cometido. Intenté invitarla a un par de rayas para que se repusiera. Me río yo del ibuprofeno y de esos remedios químicos de farmacia. Lo que ocurría era que no podía aspirar, ya que parecía que estaba casi en coma. ¿Cómo podría dejarla así? Al fin y al cabo, soy un alma bondadosa que se preocupa por las mujeres aunque ni siquiera sirvan para su función principal: el sexo. Sexo cálido, tórrido, mi miembro sintiendo el calor de las paredes de su vagina y mis manos pellizcando sus pezones mientras oigo sus gemidos. ¡Qué difícil era renunciar a aquello para más inri, después de haberme hecho ya a la idea!
Esta madrugada diríase que no iba a haber nada de mete-saca. Pensar que me enrollé con esta jodida rusa en lugar de con una polaca de aspecto remilgado… Tomé la decisión aparte de porque nunca me había tirado a una tía de esa nacionalidad (polacas ya tenía dos en mi haber), por la sencilla razón de que me había contado que vivía al lado del tugurio donde la conocí y deduje que así sería más fácil llevármela al huerto. Me pone realmente de mala hostia sólo pensarlo.
Vivía sola. Así son las niñas con pasta. Dado que no duermen en ningún salón a la vista de cualquier visita, siempre tienen la oportunidad de follar y no les importa para nada dejar escapar una. La desvestí para meterla en la cama. Es como si la viera ahora mismo: Su sujetador es de esos sin aro ni relleno. Las tetas que le palpaba por encima de la camiseta en el bar, eran realmente suyas y ahora están las dos frente a mí mirándome, invitándome a que las chupe, las succione, las muerda revistiendo mis dientes con los labios y las palpe como si quisiera esculpirlas de nuevo. Con la mejor voluntad del mundo, me percato de que lleva un tanga con la inscripción Happy New Year 2009. No recuerdo qué estaba haciendo en nochevieja pero con total seguridad, no me estaba acostando aquella rusa. ¿Por qué las fuerzas del destino se confabularán contra mí, para hacerme pecar y obrar como un ateo que no teme la ira de Dios? Se lo quito y sigue dormida. La verga me va a reventar. Me bajo los pantalones y los calzoncillos. Ni siquiera se me pasa por la cabeza ponerme uno de las tres gomas que traje a tal efecto. La penetro poco a poco, como si no quisiera desvelarla. Y hete aquí que… ¡Sorpresa! La muy hija de puta se despierta, y empieza a dar tremendos alaridos de placer. Me pone a cien. Aún sigue demasiado borracha. ¿Y si me corro dentro? Total, en aproximadamente una hora estaré en casa y llenar ese chochito extranjero de mi néctar, me parece una opción más que recomendable para mi ego masculino.
Sigo con la historia: la rusa comenzó a besarme. Caí en la cuenta de que no podía dirigirme a ella por su nombre, porque no lo oí cuando me lo dijo y entre revelármelo y comenzar a manosearla, no transcurrieron más de dos minutos en los cuales no estaba pensando en absoluto en retener nada en mi cerebro rebozado en alcohol y polvo de Colombia. Ya casi estaba. Podría haber retrasado la eyaculación, pero no le veía sentido. Aumenté la velocidad de los vaivenes y procuré hincársela hasta el fondo; siempre que lo hago sin condón, deseo que mi leche quede perfectamente en el interior y que no se salga durante la retirada de mi cipote del coño; que mi glande llegue hasta lo más alto que la largura del miembro me permita…
¡Sí! Cómo me gustó aquel polvo. Salí de allí corriendo, dejándola desnuda, mientras balbuceaba algo ininteligible quizás en su idioma. Tenía claro que no iba a volver a verla ni a saber nada de ella. Pero me haría mucha gracia la idea de haberla dejado preñada. Me imagino a un hijo mío medio ruso del que además nunca tendré que ocuparme, bebiendo vodka en las calles moscovitas y ventilándose a bailarinas rusas con tutú, detrás de los bastidores de un teatro comunista derruido. La verdad es que me encanta. No obstante ahora, no estoy bajo los efectos de la cocaína. Y me arrepiento un poco de ser así… Y de haber pasado la noche como la pasé… De hacer lo que hice en definitiva. Lo cierto es que, otras veces se me había dado mucho mejor. ¡Mierda! La polaca estaba mucho más buena y además, no había bebido tanto. Se me podría haber ocurrido darle un poco de mandanga para desinhibirla; puede que disuelta en su bebida en el caso de que no hubiera aceptado de buen grado… Así mi hijo se follaría a bailarinas de polska… Me siento el peor padre del mundo. Bueno, ya se me pasará en cualquier caso, después de echar una cabezadita. Al fin y al cabo, ya he escrito mi historia.
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