Idem, eadem, idem
Es mi propia libertad, la que me impide ser libre. Nunca supe elegir, pues para mí no existían opciones. Era lo mismo una camiseta blanca, azul o amarilla; estudiar ciencias o letras. El libre albedrío aboca a un existencialismo que a su vez desemboca en la nada.
La mayoría viven expectantes de ilusiones venideras. Un perro, un pulpo o una sanguijuela habría aprendido más de la propia experiencia. Esperar algo, es un rechazo total del empirismo o una idiotez. Sólo los tontos son felices con lo que tienen; los imbéciles son aquellos que alcanzan sus metas y se delectan en ellas.
En este contexto, lógicamente no hay éxito ni tampoco fracaso. Ni gozo ni congoja. No merece la pena morir por nada ni mucho menos por nadie. Somos meras máquinas que transforman la comida en mierda y que viven para joder a sus semejantes.
No daría ni un céntimo por los sueños de nadie y carezco de propios.
La música, el arte, la literatura, el placer por la buena mesa, la amistad y las conversaciones entre amigos; las drogas, el sexo y el amor acompañado y ausente de él; el lujo que compra el dinero, la juventud, los videojuegos, los paseos primaverales, la religión que promete paraísos y las coincidencias sólo consisten en anécdotas pasajeras que para nada dan un motivo para hacer, decir, imaginar ni esforzarse por nada.
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