Perico y Scottex – El diario del Etarra
Madrid, 25 de marzo de 2009
Después de un año de estancia en el extranjero, El Pipas volvió no sólo con aires de superioridad, sino creyéndose el centro del universo conocido.
Casi todas sus frases empezaban por “Pues en Bélgica…”. A mí me importaba un carajo Bélgica. Todos los lugares se conforman por una combinación de tierra, aire y agua. Luego, también hay diferencias entre las distintas formas que la gente escoge para ser imbécil. Imbéciles cristianos, imbéciles musulmantes, imbéciles policías, imbéciles camellos, imbéciles vegetarianos, imbéciles comedores de comida basura, imbéciles franceses, imbéciles americanos, etc.
Sólo tenía dos preguntas que hacerle: -¿Qué tal están las mujeres? ¿Son fáciles de llevar al huerto?
Pero él se empeñaba por alguna extraña razón, en hablarme de temas de homosexuales: El paisaje, los museos, la gastronomía… De donde deduje que era un idiota de esos que se pretenden cultos.
Después de formularle mis dos mencionadas preguntas, se puso colorado y respondió: -Bueno… Con eso, no ha habido mucha suerte.-
Tuve que acabar con él mediante la dialéctica, por no meterle unas cuantas puñaladas: -Pero vamos a ver, ¿a ti te la ha chupado alguna Belga, o no? Si es que no, cállate ya, porque ni Perico ni yo queremos escucharte.-
Perico, que estaba tan aburrido como El Etarra, asintió. Hacía tres meses que había dejado la universidad y estaba de nuevo, culturalmente desengañado.
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Primavera en París
En París, ya es primavera. Seguramente se podrán decir cosas harto fascinantes sobre este hecho, mas a mí, me sigue pareciendo una puta mierda.
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Impávida inmovilidad
Es una pena que no seamos como una fotografía tomada en un momento feliz. Sin pasado ni futuro, sin antes ni después; ni tan siquiera existiría la noción de duración, que sirve para torcer las cosas y empañar la dicha.
Debiéramos ser un instante cautivo en papel satinado donde no quedaran atrapados pensamientos, inquietudes, esperanzas ni aparecieran suspiros, sino sólo un momento que desobedeciendo a la lógica del tiempo, pudiera alargarse hasta el infinito.
En ella me gustaría agarrarte de la cintura mientras tú me miras a la par que yo te miro, ambos sonriéndonos para siempre.
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Diez días con la remera puesta
El día uno me pongo la remera. No salgo de la recámara y me quedo remoloneando horas seguidas e intercalándolo con notas de Jacques Brel.
El día dos, salgo. Hace sol y hay mucha gente en la calle, ocupando cada rincón. Caminando dos cuadras, es posible encontrar un restaurán argentino que sirve asados.
El día tres veo a una meretriz e introduzco mi pija entre sus piernas. No me hizo falta quitarme la camiseta.
El día cuatro voy a comprar marihuana para armarme unos fasos, en casa de unas extranjeras rumanas malhabladas.
El día cinco me dejo mi remera de fiesta, que es la que llevé todo el tiempo y me bebo unas chelas acompañadas de algunos frijoles.
El día seis me doy cuenta de que no me queda ninguna ropa limpia y que será de menester lavar los trapos.
El día siete caigo enfermo de frío y no salgo en tres días de mi cama salvo para tomar algún refresco alcohólico de la hielera o una naranja.
El día diez me baño, y todo la roña acumulada en diez días no tiene como efecto más que una camiseta maloliente.
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De Erasmus a beber y a follar
No vine a París a aprender nada. Vine de Erasmus. El Erasmus es un programa de intercambio que la gente usa para irse al extranjero a follarse a personas de distintas nacionalidades, darse cuenta de lo difícil que resulta dejar su propio país y pasar un año sabático aprobándolo todo. Con abandonar su casa y su tierra, los erasmus hacen más que suficiente. ¿A quién se le ocurriría exigirles ninguna otra cosa?
Lo único que yo deseaba era rodearme de franceses que me enseñaran a hablar francés: Ya estaba harto de estudiar gramática, historia, literatura y demás porquerías. Sin duda la cultura francesa puede resultar interesante; y la literatura también. Sin embargo yo estudié filología. No quise dedicarme nunca a absurdas teorías literarias que demuestran que Louise Labé tal vez no existiera o que el teatro de Molière predijo la tercera guerra mundial que pronto tendrá lugar. Lo de seguir métodos más complicados que el objetivo en sí, para hacer disertaciones, síntesis y ese tipo de actividades que en Francia son un mundo y en otros lugares ni tan siquiera existen como conjunto teórico propiamente dicho, tampoco me apasionaba.
Si aprendiera algo accidentalmente en la calle o mientras me emborrachaba en algún bar, estaba claro que no iba a golpearme la cabeza para olvidarlo. Pero en cualquier caso, no era el motivo principal de mi estancia aquí.
No sé por qué, el destino me ha jugado una mala pasada. Todo comenzó cuando llegué cinco minutos tarde a la residencia que habría de acogerme el veintitrés de septiembre. Tuve que dormir en el vestíbulo esa noche. Dos días más tarde estaba en el despacho de la coordinadora de relaciones internacionales. Mi insomnio había alcanzado tales niveles, que casi no me tenía en pie. Además, para mí el francés sólo existía por escrito. Para hablarlo sin ninguna fluidez y con gran pena, tardé varios meses. Aunque eso pudiera resultar normal, o al menos en parte, puesto que los dados me hicieron elegir filología francesa como carrera; la susodicha madame decidió integrarme en otra modalidad de estudios diferente para extranjeros. En realidad los extranjeros, no eran tan extranjeros. Algunos vivieron durante años aquí, otros eran francoparlantes debido a que sus orígenes eran antiguos y nuevos países de la Francia colonial.
Mientras que los demás estaban más o menos integrados con los franceses (sobre todo las chicas de erasmus; ya que los tíos no resultaban un suculento chochito extranjero para el francés oriundo) y tenían ciertas prerrogativas de erasmus, a mí me decían que era un extranjero… ¡Igual que el resto de la clase! Como si hablar el francés desde hacía dos semanas, me colocara al nivel de gente que quisiera obtener un título francés o quedarse aquí el resto de su vida.
Recuerdo a un coreano que siempre me corregía cuando hablaba en francés. Lo cual, sería digno de agradecer si no lo hiciera con tanta pedantería y aviesas intenciones. Los individuos que tienen lenguas tonales, son rígidos totalmente en cuanto a la pronunciación; y bueno… Siempre tendrán ese acento asiático que los caracteriza a no ser que aprendan a edad muy temprana la lengua foránea. Son así incapaces de entender la más mínima variación que puedan percibir. Hasta tal punto se puso pesado que un día hube de decirle: Es cierto, no tengo ni idea de hablar francés. Aún así, sí que hablo español, y te puedo decir que de los coreanos, chinos y japoneses que conozco NINGUNO habla bien mi idioma; por ende, tú tampoco hablas tan bien francés como para andar corrigiendo a la gente. (¡Puta rata amarilla!)
La clase aún así, era de lo más variopinta. Había chinos, coreanos, japoneses, sudamericanos, argelinos, indonesios… Todos tenían en común que aparte de estudiar esa carrera, también trabajaban a tiempo parcial o realizaban algún tipo de actividad remunerada.
Para salir de esta sensación de desamparo, tenía los cafés y el tabaco a cinco euros, las cervezas a diez y ningún estupefaciente. Aunque eso sí, contaba con un montón de museos a los que la entrada era gratuita ciertos días al año y en el interior de los cuales no estaba permitido ni beber ni fumar. Lástima que no me gustase el arte.
Un cierto día, París volvió a ser hermoso. Recibí la visita de una señorita que me hizo recordar de dónde venía, a qué me dedicaba y cuáles eran mis verdaderos objetivos. Luego se fue, y todo siguió como siempre.
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Con Mathilde
Ma mère, voici le temps venu
Los días que está ella, todo es radicalmente opuesto y diferente. Marca la diferencia, como un más o un menos al lado
D’aller prier pour mon salut
de una operación aritmética.
Es una chica menuda, que se sienta en la esquina, sin intervenir nunca en las conversaciones a no ser que se le dirijan
Mathilde est revenue
directamente. Tiene la misma elegancia en el gesto que en la palabra; lo anula todo a su alrededor, haciendo imposible
Bougnat, tu peux garder ton vin
percibirlo.
Ce soir je boirai mon chagrin
La banalidad se cierne sobre lo demás, y todo se tercia irreal; sólo queda ella, en medio de esa nada, haciendo que
Mathilde est revenue
todo lo demás no importe.
Toi la servante, toi la Maria
Se erige el centro, sin poner un ápice de voluntad en ello; como si le molestara, como si prefiriese observar a hablar,
Vaudrait p’t-être mieux changer nos draps
lanzando muy de vez en cuando sentencias que todo el mundo recordará en años.
Mathilde est revenue
Tengo la certeza de que es imposible olvidarla. Para mí, lo es incluso pensar en otra cosa. Me confunde hasta el
Mes amis, ne me laissez pas, non
desmayo, me extenúa, me llena la cabeza de ideas inconexas, remueve el pozo de mis deseos, me embriaga de su
Ce soir je repars au combat
cerveza, me aplasta, me sumerge en su córnea hipnótica y se me escapa de las manos el tiempo.
Maudite Mathilde, puisque te v’là
Ya he recordado por qué vine a París. Porque París es una ciudad tan diferente como cualquier otra, pero endulzada
Mon cœur, mon cœur ne t’emballe pas
con su esencia, parece la ciudad más exquisita del mundo.
Fais comme si tu ne savais pas
Ojalá pudiera dosificarla. Tener un poco de ella, cuando me apeteciera; disfrutarla sin morir, que fuera cada día, el día
Que la Mathilde est revenue
que la vi de soslayo o si acaso tiempo después, cuando sólo sabía de sus letras.
Mon cœur, arrête de répéter
Que es más bella que la primera vez
La Mathilde qui est revenue
Corazón mío, déjate de bamboleos
Souviens-toi qu’elle t’a déchiré
La Mathilde, que regresó
Mes amis, ne me laissez pas, non
Decidme, decidme que no es necesario
Maudite Mathilde puisque te v’là
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Sylvester Stallone
Me encanta Sylvester Stallone, porque en todas sus películas mata a los malos y se folla a las buenas.
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