Formas de llegar tarde estando en el lugar de la cita I: Por confiar en los demás

Lucía se comía las uñas cada vez que estaba nerviosa y, parada frente al edificio donde debía pasar una entrevista de empleo, era una de esas ocasiones. Cotejó tres veces el número del edificio con el que tenía anotado en su agenda: coincidía, y sus uñas comenzaban a caer al suelo en una pequeña lluvia de pedazos.

A pesar de la certeza de que aquel inmueble era un edificio de oficinas, como lo demostraba la persona del mostrador un poco más allá del umbral de la puerta, el guardia vestido de negro, vigilando a las personas, y la puerta automática que le faltaba cruzar, ella tenía la sensación de haberse equivocado. Ninguna palabra que colgase sobre las paredes de mosaico brillante, le indicaba que la empresa que buscaba se encontrara ahí, aunque Google maps le hubiese informado lo contrario en su búsqueda por internet la noche anterior.

Revisó por última vez que el maquillaje estuviera bien extendido por su rostro blanco, que pretendía ser moreno a fuerza sobreponer capas de polvo, con ayuda de un espejo pequeño. Pasó la mano por su saco y falda, tratando de eliminar cualquier pliegue que estropease su imagen, y se sintió lista para ir hacia la recepción.

  • Buenos días – le dijo una voz de un hombre, cuando ella se disponía a entrar, el cual la había estado observando desde una lejanía, mientras fumaba un cigarrillo, antes de entrar a la oficina. ¿Le puedo ayudar?

  • Eh – dudó Lucía. Sí, supongo que sí. Tengo cita con una persona que se apellida Zeig.

  • ¿Seig ha dicho? Seig no trabaja aquí, esa persona trabaja en la misma empresa pero en el edificio de al lado.

  • Pero – intentó interceder Lucía, sin lograr cortar la palabra a su interlicutor; y no se atrevió a entrar en detalles de ortografía de apellidos que le parecían alemanes, porque no conocía nada en esa lengua, así que lo dejó terminar.

  • ¿Viene usted por alguna de las plazas que vacantes? En fin, no la detengo más. Cuando entre al edificio, suba hasta el tercer piso y gire a la izquierda; es la segunda puerta. Buena suerte – dijo el hombre y siguió su camino hacia el interior, saludó al guardia y desapareció, tragado por el elevador que hizo « tlín », como saben hacer los buenos ascensores.

Lucía se quedó con la sensación de que le habían impuesto una respuesta. Pero al mirar el reloj se dió cuenta de que no le quedaban más que tres minutos para la hora de la cita. Evitó pensar en el número del edificio, que permanecía colgado sobre el cristal de la puerta, y caminó hacia el edificio contiguo. La entrada era una réplica del edificio frente al cual había estado comiendo sus uñas durante quince minutos. Cruzó el umbral, y sin pedir ninguna indicación, subió al tercer piso.

  • Toc, toc, toc – percutió la puerta.

  • Entre – respondió una voz gruesa que atravesó la madera y dio luz verde a Lucía.

  • Buenos días, me llamo Lucía Borja; vengo a la entrevista de trabajo.

  • ¿Entrevista? – respondió la cara nueva y regordeta del señor Seig. Pero yo no tengo ninguna entrevista el día de hoy.

  • Sí, pero…

  • Debe haberse equivocado – le cortó la palabra. Quizás tiene cita con el señor Zweig. Es probable que le hayan informado incorrectamente. Suele pasar; ya casi nadie sabe pronunciar el alemán.

  • ¿Y dónde puedo encontrar al señor Swaig?

  • Zweig – corrigió el señor Seig.

  • Eso – dijo Lucía un poco apenada por la aclaración. ¿Dónde puedo encontrarlo?

  • En el edificio contiguo, suba al tercer piso, es la segunda puerta al girar a la izquierda. ¿No se le ocurrió escribir el apellido? En esta empresa necesitamos personas precavidas que piensen un movimiento antes.

  • Lo siento, pero lo que pasa es que…

  • Sí, sí. No le pasó por la cabeza – dijo el señor Seig con enfado y le señaló la puerta, indicándole que se fuera. Estaba de mal humor porque se había terminado el café en todo el edificio.

Lucía salió sintiendo una rabia inmensa colmar su cabeza, como un cancer momentáneo que hace desfilar ideas sádicas por la cabeza. Deseó mandarlo a la mierda, pero debía concentrarse en llegar rápido al lugar donde estaba primero, preocupada porque comenzaría una entrevista de trabajo con un punto negativo: el haber llegado tarde. Maldijo también al hombre que le dió información equivocada: « quizás por burlarse de mí, ‘joe puta », maldijo Lucía olvidando completamente que el hombre le había parecido atractivo. Bajaba y se imaginaba debiendo justificarse ante un desconocido. Terminó de descender y se encontró de nuevo en la calle. Caminó a la puerta del gemelo de concreto y cristal, y entró ignorando el saludo del guardia negro, de traje negro, con un perro negro, que cuidaba la cuidaba de la puerta. Apretó el botón del ascensor hasta que este hizo « tlín » y ella pudo ascender. « Segunda a la izquierda, segunda a la izquierda; aquí ».

  • Toc, toc, toc -intercedió nuevamente una puerta por ella.

  • ¿Sí? Entre por favor.

  • ¿Buenos días? – preguntó Lucía, en lugar de saludar normalmente, al encontrar de frente al señor Zweig.

  • Veo que nos encontramos de nuevo -respondió él con una ligera sonrisa iluminando su rostro. Entonces usted buscaba al señor Zwieg y no al señor Seig.

  • Sí, supongo – respondió Lucía, en cuyo rostro se leía todo el color rojo de la vergüenza, ¿de qué? De liberarse de un pequeño odio que antes iba dirigido a un desconocido, quien quizás no habría querido enviarla a un lugar erróneo, sino por el contrario, simplemente ayudarla.

  • No se preocupe, no le voy a pedir explicaciones. Tome asiento por favor.

  • Gracias.

  • Entonces dígame, ¿por qué puesto viene?

  • Asistente de Recursos humanos – respondió ella sin poder eliminar el color rosado de su cara que se quería morena.

  • Ya veo, eso es aquí, vamos a comenzar la entrevista…

 

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