Preparativos para un suicidio

«Tout le monde viendra me voir pendu,

sauf les aveugles, bien entendu»

Georges Brassens

 

Desprovisto de cualquier beneficio social, de cualquier posibilidad de comunicación, y del contacto con ningún conocido que tuviese el mismo origen que él, la lengua le había sido demasiado difícil. Así sucede, algunas veces no se puede más, y para él era ese cuarto de sirvienta, bajo una escalera parisina donde se envolvía su hartazgo, entre sonidos de tubería que dejaban pasar las descargas de los sanitarios y duchas, por un conducto al pie de su cama.

Mientras prepara la soga, recuerda a sus amigos que le decían que los franceses eran fríos y que no había muchos coterráneos para ayudarle; pero él insistió en que, a pesar de tener cincuenta años, nunca era tarde para salir del « transpatio de Europa », como él mismo solía llamar a su país.

Su oficio de taxista de nada le sirvió, en un medio de transportistas extremadamente calificado y certificado, con papeles que él no poseía, y que aunque en nada disminuían su conocimiento del oficio, su permiso de conducir no valía de nada porque « la legislación europea aún no lo incluía como un individuo apto para ejercer un oficio », de acuerdo a la declaración en lo que respectivo a los países del Este. Por eso tuvo que dormir en la calle, él viajó creyendo que todos estarían al tanto, y por primera vez conoció el hambre. La estación del Este se volvió su casa, hasta que se dio cuenta de que estaba recogiendo un emparedado de la basura. Lo dejó en su sitio, miró a su alrededor y se fue apenado a llorar bajo un puente.

Logró encontrar un trabajo de cargador donde había solamente rumanos. El francés pasó a segundo plano, para aprender rumano con tal de poder pagar una habitación. La espalda le ardía, ya no tenía veinticinco años y siempre había trabajado sentado. Pero la primera noche que durmió en una cama, disfrutó el sabor de la fruta del trabajo. El dolor valía la cama. En algunos meses aprendió el idioma suficiente para poder comunicarse con los demás compañeros de trabajo quienes lo veían con buenos ojos y le enseñaban a decir todas las groserías que podían recordad, y que él aprendía con gusto.

Pero las malas casualidades suelen ocurrir, y en ese tiempo, un atentado fue efectuado en el aeropuerto, del cual los sospechosos eran rumanos. Los controles recrudecieron, la policía siempre sabía dónde buscar a la gente que deseaba créer aunque les dejaba pensar que eran completamente libres. La empresa donde laboraba él fue registrada y los papeles de los trabajadores revisados uno a uno. Entre ellos Justin a quien el policía miró a los ojos e hizo una pregunta que él no comprendió. La pregunta fue repetida con una articulación lenta y una voz más firme. Pero él no comprendió y fue por lo tanto condujeron a una furgoneta junto con otras cuatro personas a quines conocía y que trataban de explicarle en rumano que estaban en problemas.

En la comisaría le fue llevado un traductor y un abogado se puso a su servicio por parte del Estado. Los policías no estaban al corriente del reciente ingreso de una decena de países a la unión europea. « Es una vergüenza », pensó Justin, y el abogado le aseguró que no habría problema en liberarlo, « además a su edad », dijo el hombre de traje negro y lo dejó algunos minutos solo en al sala de detención. Justin se sintió preso, violentado, puesto en entredicho por el solo hecho de estar en un lugar con personas de cierto tipo que se parecían a los « malos ». Por eso y porque no había tenido la ocasión de aprender francés para poder responder a la pregunta que se aclaró en sumento cuando ya estaba dentro de la furgoneta y cuya respuesta era sólo « sí ». « ¿tiene usted papeles? », tendría que haber respondido que sí, pero no lo hizo mas que para sus adentros.  

Al día siguiente la empresa había cerrado y había tan pocos como él en la ciudad que le sería difícil encontrarlos para pedir ayuda. Necesitaba refuerzos para el ajedrez del peregrinaje sin rumbo, sin hijos ni mujer que había emprendido. Era un hombre nómada que no ha podido aterrizar la espada. El tiempo había ido demasiado rápido y le parecía que cuando le habían comenzado a gustar las mujeres, ya era demasiado viejo.

Después de conocer todas las provincias de su país, de haber manejado por sus calles, llevando a las personas a casa, aprendiendo rutas todos los días, caminos que difícilmente olvidaba, en Francia no podía ejercer su oficio, el único que había conocido. Tenía el mapa de su país en su cabeza y sólo necesitaba tener combustible para ir por doquier. Pero igual que un rompecabezas, cuando el cuadro sido completado, no se puede hacer nada con él y se debe pasar a otra cosa. Justin cumplió cincuenta años cuando acabó de armar el rompecabezas y necesitaba otra cosa. Por eso París, porque siempre había querido ir ahí.

Cruzar las fronteras le fue fácil, pero cuando llegó a la estación de Norte, no sabía hacia dónde ir. Cualquier calle le dio igual, sin embargo, la calle cualquiera duró demasiado tiempo y él comenzó a dejar de comprender a las personas y a odiar los coches que otrora hubiese querido conducir.

En empleo había estado ahí desde hacía un año y medio y se había esfumado como su nunca hubiese existido. Estaba en la calle, igual que al inicio, pero con un alquiler que pagar. Intentó buscar otra cosa, vendió castañas, pero la mafia hindú consideró que daba mala imagen al gremio y le fue saboteado su fogón improvisado con un carrito de supermercado y un cilindro metálico. Después intentó vender rosas, pero fue echado fuera dos veces en una semana, y aunque pudo vivir de ello la mitad de un mes, debería pagar las multas.

En el fondo de su pudor, pensó en pedir limosna, acostarse y dejar que el dinero llegase. Creyó incluso que podría pagar la renta con lo que le fuese dado en la calle; pero abandonó la idea rápidamente y se buscó otro oficio, viendo con disgusto la prostitución de la pobreza. Por eso perdió la barriga que acompañó su vida hasta antes de aquella aventura malograda, puesto que comía poco.

Algunas veces por la madrugada, se despertaba y se quedaba soñando con la idea de aprender a tocar la guitarra para poder tocar en el metro. Creía que los músicos siempre tenían la gracia suficiente para encantar a la gente. Y otra idea le venía después que le decía suavemente « ya estás muy viejo Justin, regresa a tu país ». Entre uno y otro, el sueño se volvía plano y él se deslizaba en él olvidando ambas ideas.  

  • Mi mayor desventaja, se dice Justin mientras verifica el nudo alrededor de su cuello, es que no tuve oído para la lengua; desde pequeño me consideraron medio atolondrado, y la verdad es que sí lo era un un poco. Pero es que ¡hay que ver! cómo hablan estos franceses con sus sonidos de besucón marica. Y luego con los rumanos… Pero al menos ellos eran amables. En fin, dice y verifica entonces que sus zapatos brillen como si fueran nuevos, y que el gancho en el techo sea resistente. 

Vinieron entonces los seis meses que se mantuvo arreglando motores en un garaje cuyo dueño era rumano también y le ofreció un empleo, viendo con buenos ojos el que hablase un poco de su lengua. Sin embargo, no tardó en cargar el trabajo sobre él, sin pagarle una quinta parte del tiempo que pasaba en el taller. Fue corto como una frase su pasaje por la línea trece del metro que lo llevaba a aquel traspatio transformado en taller.

Cuando regresó el día de la discusión con el dueño, quien terminó por darle un puntapié, después de haber visto treinta vagabundos camino a casa, trescientas fachadas de piedra que sólo le mostraban la cara y no las ideas de su interior; después de cruzar tres mil autos brillantes, de desfilar entre restaurants tentadores e inasibles con aroma fronterizo cuya línea no podía franquear; caminó directo a casa, cruzando más caras embellecidas, rostros de hadas y príncipes, botes de leche pantagruélicos, perdido entre la náusea de la ciudad orinada por el exceso, pestilente por vejigas rebosantes de cerveza y vino, subió al primer tren que apareció frente a él, y aunque lo vio todo repentinamente borroso, logró coger la maneta y cayó de bruces frente a una anciana. Se recuperó de inmediato con un golpe de adrenalina venido de algún rincón animal que le indicaba que estaba en peligro. La náusea estaba ahí, estaban también las personas que no eran él, que querían cosas que él no quería, que no le dirigían la palabra y la vibración del metro, taladrándole los oídos.

Bajó en la siguiente estación y trató de calmar su respiración, se acurrucó en un rincón, en el último asiento del pasillo, para mirar sus manos y verificar que no temblase. Miró al suelo y encontró un teléfono portátil, lo recogió y más tranquilo regresó a su cuarto.

Dio vuelta al cerrojo y recordó que debía lavar los trastes. Siempre lo olvidaba. Puso el teléfono sobre la pequeña mesa al fondo y comió pan con queso. Moviendo los trastes sucios encontró un vaso, lo lleno con agua, se sentó sobre la cama y miró el foco brillar como una luciérnaga, iluminando sus recuerdos, hasta que el celular sonó. 

  • Recuerdo bien la llamada, piensa Justin al mismo tiempo que se acomoda la corbata y verifica que el mensaje esté bien ajustado con las alpargatas que ha comprado para ello; la dejé pasar una vez, y lo cogí en la segunda llamada. No fue la culpa de quien llamó, pero me exasperó tanto escuchar a aquella mujer, usando los mismos sonidos que escucho todos los días y que no comprendo. « Vaya a la mierda », recuerdo que eso le grité, lo grité muchas veces y tan fuerte que el vecino llamó a la policía; y como ya estaba encarrerado, pues le grité al policía. ¡Hé! Pero eso ya no importa, y la dueña del apartamento que quería echarme. « No señora, por favor », le dije pero no entendió, « mañana viene la policía », me dijo la desgraciada, « ya sont tres meses ». ¿Qué no ve que voy a mi ritmo?, siempre he sido un poco lento. Pero ahora le voy a pagar de inmediato. Habría que estar vivo para verle la cara que pone cuando lea el mensaje en mi pecho « aquí le dejo el alquiler », ¡Ni siquiera el hijo Calas!.. La cara que va a poner. Un último grito y y quedo a mano con el mundo…

     

  • « ¡Vayan todos a la puta mierda! ».

 

El estruendo se escuchó en todo el edificio, pero nadie salió al pasillo investigar, y mucho menos fueron a tocar a su puerta, como la última vez que se había puesto a gritar por teléfono. Los del quinto piso pensaron que ahora sí se habría vuelto loco y negaron con la cabeza, mientras se miraban hacerlo y se convencían de que eran una buena pareja. Los del cuarto creyeron que alguien escuchaba el televisor demasiado fuerte y pensaron en insinuarlo a los del quinto para saber si eran ellos. Los del tercero dormían placidamente y sólo el gato erizó un poco la cola, pero acabó por ceder a su lecho suave. En el segundo piso, el grito abismal de Justin hizo eco en las paredes del apartamento vacío hasta que el aire volvió a su estado transparente y lo olvidó. En el primer piso, la casera estaba demasiado dopada por los barbitúricos que le recetaban en una clínica de cienciología para poder adelgazar y acercarse a Dios, por lo tanto, tampoco lo escuchó mientras eran mandados a la mierda por haberlo dejado fuera en diplomática representación de todo el mundo. Pero la casera deberá ir algún día a buscar el alquiler.

 

 

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One Response to “Preparativos para un suicidio”

  1. ... says:

    Wtf

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