Giros, dar media vuelta y ver qué pasa alla afuera… No todo el mundo tiene primaveras, aseguraba Fito Páez en todo el cuarto de él. Las palabras eran la única manera de comunicarse que tenía, pero eran todas prestadas; incluso aquellas con las cuales pretextaba un paseo por la ciudad luego de escuchar al argentino cantar. Ponía mucha atención en las palabras. A veces le pesaban. Era como si tuviese que poner aquellas que conocía mejor, en un armario, en el silencio de pensar en una lengua y tener que usar otra para hablar con los demás. Era extranjero.
Acaba de llegar del metro. Tuvo que salir a trabajar bajo la lluvia tibia de verano, debiendo oler los sopores de una ciudad matutina que hormigueba su piel recién tostada, bajo el enjuague del cielo, y que murmuraba apenas por con el raspar de las ruedas de los vagones, único estertor. Así: shhhhhhhhhhhh, venía de ver una ciudad donde nadie se atrevía a decir ninguna palabra que no fuese de amabilidad.
El siguiente trabajo no comenzaría sino hasta la tarde. Pero él ya quería salir de su casa y ver qué pasaba allá afuera. Los compañeros de piso no estaban esa mañana, no había tenido tiempo de prevenirlos, de decirles que afuera el tiempo estaba fatal y que con la humeda que había ese día, salen los fantasmas de la metafísica a roer los pensamientos de los urbanos – raza solitaria por sobrepoblación. No pudo alertarlos para que, quizás, se hubiesen quedado en casa. Pero no tuvo tiempo y en lugar de eso Fito Paez sustituía a todos los seres humanos desde los altavoces de la computadora.
Cogió el telefono cuando pasó frente a él para ir a orinar. El café es diuretico e hizo aparecer al artefacto lleno de posibilidades, en su camino al orinal. Lo miró rehuyendo a su presencia, pero al salir del baño volvió a plantarse frente a él. ”Es una llamada nada más”, se convencía Hugo. Sólo una llamada a un amigo. Marcó el teléfono y el hilo se tejió esperando al otro lado. Él, en su diminuto apartamento parisino, tendiendo una solicitud de voz a alguien que sólo existía en su memoria a menos que…
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Bueno, abrió el sonido una voz alegre.
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Hola, soy Hugo.
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¡Hugo!, ¡pero qué milagro! Hombre, me había estado acordando de tí. Lo siento, no te he escrito correos últimamente, pero…
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No te preocupes, ya sabes que a mí tampoco me gusta mucho, ni eso, ni el messenger. Bueno aunque también podríamos hablar por video llamada.
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El problema es que nunca coincidimos. Pero qué bueno que has llamado.
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¿Cómo estas?, preguntó Hugo.
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Bien – mintió Daniel como un amante, pero por amistad, reclamo en el fondo por ser escuchado, pero antes pretendido, con el interés que sólo esa persona le podía otorgar.
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¿Cómo te va en la vida?
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Pues no me quejo, he cambiado de empleo con frecuencia en los dos años que llevas fuera. Eso me tiene siempre activo. Pero si quieres la verdad, creo que en vez de progresar, retrocedo en todo lo que hago. Los empleos son cada vez más duros. Cargar cajas, abrir un hoyo a las orillas de una carretera a punta de pico; velador a medio tiempo… Todo va para atrás, porque gano menos cuando trabajo más. Y eso me da para abajo. ¿Comprendes?
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Sí, te comprendo. Pero tú nunca has querido venir para acá.
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Ya sabes lo que pienso de eso, respondió Daniel con un tono que se quería autoritario. ¿Para qué me voy a ir yo a un lugar donde ni siquiera hablo la lengua? ¿Para hacer los mismos trabajos que aquí?
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Pero mejor pagados, interrumpió Hugo.
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¿Me llamaste para convencerme de que me vaya contigo? ¿por qué? ¿te sientes solo?
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Sí. Lo siento, sé que tú te sientes mejor allá. Pero ¿cómo puedes decir que no te gustaría si no lo has probado?
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¿Quién te vendió ese argumento?, inquirió Daniel cortando la palabra a Hugo, ¿un vendedor de droga? Mira, es sencillo, hay personas que necesitan saber qué hay en otros lugares, y a mí, Tehuacán ya me basta; de hecho algunas veces todavía me pierdo en esta pequeña ciudad. Porque las cosas pasan muy rápido y cuando cruzo por la misma calle, algún tiempo después, ya han cambiado las casas y no reconozco más las zonas. Tener que vivir eso, pero en un lugar más grande, me desorientaría. ¿Y tú? ¿Cuándo vienes?
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Cuando tenga dinero para el boleto de avión.
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No, lo que pasa es que no quieres venir porque te da miedo aceptar que hay personas a quienes extrañas, como yo, por ejemplo, dijo Daniel con una falta de modestia voluntaria que provocó la risa de Hugo. ¿Te va bien por allá?
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Puedo decir que sí, tengo trabajo, soy legal, trabajo poco, o al menos no tanto como tú.
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¿Y las personas?
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Ya no sé, cuando fui la última vez a Tehuacán, y volví, tenía la sensación de que ya no sabía exactamente cómo era yo. En las calles, las reglas flotan de diferente manera cuando das el salto del mar. La cuestión es que, lo que era una sensación, se convirtió en algo que no acabo de definir, como si no fuese completamente yo, pero tampoco igual a los otros de aquí. Me tomó cinco años aprender a hablar la lengua, y ahora, ya no tengo a nadie con quién hablar.
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¿Sigues solo?
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Sí, ya sabes, lo de siempre, una semana es mi máximo. Todo por la soledad. Pero cuando estoy sólo, me siento triste.
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Eso se llama círculo vicioso. ¿Para qué hacerse el valiente? Ya regresa, aquí hay mucho trabajo. El hermano de Luis va a abrir una consultora y necesita gente que hable idiomas.
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Pero tú sabes que no me gusta el trabajo de oficina. Es en parte por eso que estoy aquí: sólo encontraba ese tipo de empleos allá.
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¡Eres un holgazán!, exclamó Daniel entre verdad y mentira.
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¿Por qué vivir mal si se puede vivir mejor?
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Eso lo dices por mí, supongo, reprochó puerilmente Daniel.
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No lo tomes a mal, hablo por mí. Me refiero a que creo que se vive mejor aquí, pero hay cosas en las que nunca se acaba de entrar. La manera de ser siempre será extranjera, aunque uno trate de fundirse, hay palabras que te das cuenta que no conoces, porque no naciste hablando este idioma. A final de cuentas, la felicidad siempre está en otra parte, dijo Hugo mientras Daniel encendía un cigarrillo que fue escuchado del otro lado del mar, con la piel de la deducción que dibujó el chistar de un encendedor. Se entendían, conocían sonidos similares, aromas y … palabras.
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¿Este año no te has propuesto dejar de fumar?, dijo Daniel en un tono burlón.
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No, este año decidí que soy un fumador, respondió Hugo mientras buscaba su paquete de cigarrillos que debían estar entre todos las cartas no abiertas de facturas sin pagar. Hurgó entre ellas y extrajo un cigarrillo que fue encendido con un cerillo. Si los cigarrillos estuviesen perdidos en la habitación de Daniel, Hugo podría haberlos buscado con los ojos cerrado. Sabía dónde estaba Daniel, conocía su espacio, podría dibujar con lujo de detalle la disposición de los objetos de su amigo, la cama, la sala, el lugar de la bicicleta, el ordenador, los altavoces, los libros, las cajas y el armario donde se guardan las cobijas limpias. todo lo del otro lado del mar que conocía a la parfección y que permitía imaginarlo junto al teléfono. Sin embargo, Daniel no podía decir lo mismo…
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¿Estás escuchando a Fito Páez?, preguntó Daniel; después te preguntas por qué te sientes deprimido, terminó con un tono firme y tierno, como de madre atenta, como de un hermano que deseara su bien. Fito, por su parte, atravesó el Atlántico a la velocidad de la luz para salir, a pequeños borbotones, por el altavoz del teléfono que le cantaba a Daniel al oído.
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Sí, es para que no se me olvide el español.
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¡No digas mamadas!, intervino Daniel. La lengua no se olvida.
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Pero yo leí un libro que hablaba de una mujer que no podía hablar su lengua…
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Pues mal por ella. ¿Por qué me cuentas esas cosas? A ver si pones una canción de Charly, mejor. « Fanky », por ejemplo. Porque ya se me está antojando una ginebra. Nada más eso traes a mi vida, Hugo, nuevos vicios, eso sí, te lo agradezco, porque la ginegra es la ley. Y hablando de esto, hay amigos buenos y malos, tú eres un buen amigo, pero como eres un poco destructivo contigo mismo, pues digamos que estás también del lado de los malos.
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Sí, qué fácil cabrón, espetó Hugo, entonces yo tengo la culpa de que te guste la marihuana ¿no?, te apunté con una pistola y…
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Ese es un ejemplo de mamá, dijo Daniel rechazando el argumento. ¿Y que pasó con Fanky? ¿No tienes acaso un disco duro de quinientos gigabytes? Algo debes tener de Charly.
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Sí. La estoy buscando, pero el ratón está atorado con una mancha de mermelada sobre la mesa y no me permite seleccionar ni deseleccionarnadadenadatodoestapegado.
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Pues hazlo con el teclado; ¿para eso estudiaste tanto?
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Ya estás de ansioso, aprovecha para servir tu ginebra, yo voy por una cerveza, dijo Hugo cuando ya estaba estirando el brazo para abrir el pequeño refrigerador donde había jugo, mermelada y mantequilla, cohabitando con la luz blanca de una despensa abastecida apenas con unas cuantas cervezas.
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De acuerdo, respondió Daniel y fue hacia la cocina de su apartamento. Miró por la ventana, para verificar que no hubiese nadie, y encontrar, al fondo de la calle, una pelea de perros callejeros que se desataba, y prometía una gran violencia. Había dos bandos que se disputaban una hembra. Después, volvió a mirar con atención y se dió cuenta de que eran personas, eran dos bandas de los chicos del barrio, quienes acababan de descubrir la cultura de gang por las series estadounidenses, se iban a perro-pelear por una mujer-hembra. Daniel lo ignoró, no quería pensar en la inseguridad y la impunidad del lugar donde vivía. No le costaba resignarse con la idea de que no había justicia, de que todo era azaroso en su calle, en las calles. Dejó caer la cortina y continuó caminando hacia la cocina para servirse un vaso de ginegra tonic. Cogió el teléfono y fue atrapado por el ritmo de Fanky que lo sustrajo de pensar en echar el doble cerrojo a la puerta porque « siempre hay ladrones en el barrio como », como decía su vecina.
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Salud, dijo Hugo.
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Salud.
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No puedo parar..,ya no tengo dudas, terció Charly, y Hugo y Daniel estuvieron de acuerdo en que ya no era tiempo de tener dudas, de hacer planes, sino de escoger.