Me encanta saber la hora justa. La hora, el minuto y el segundo. Precisamente por ese motivo compré un reloj que se sincroniza frecuentemente con otro atómico. Dado que los relojes de pulsera, no son exactos, es necesario adquirir un modelo que se sincronice con un reloj atómico que sí lo sea. El mío es un Casio Wave Ceptor. Uno que sabía mucho de informática me dijo que tenía que ver con no sé qué de las ondas. Otro que decía saber mucho de inglés, me dijo que era un receptor de ondas. Un chaval que estudió una ingeniería, parecía apostar por que las ondas transmitían la información y un circuito del reloj, se ocupaba de interpretarlas y corregir la hora en función de los datos recibidos.
Mientras me paseaba desde el cambio de Chatêlet a la línea cuatro, dirección Puerta de Orléans, los relojes electrónicos del metro cambiaban el minuto justo al mismo tiempo que mi reloj de pulsera. Me detuve a pensar y dejé pasar mi metro. Había otro cinco minutos más tarde y estaba harto de tener prisa. Entonces, sucumbí a ideas que me turbaron el ánimo. Con lo cual, la necesidad de recobrar mi sano estado de despreocuación, tenía que rellenar con actividades todo el tiempo. Recordé por qué siempre me presentaba a la hora justa. Era la misma razón por la cual programaba los viajes con tanto tiempo de antelación y salía hacia la estación de autobús o avión de turno, tres horas antes de lo necesario.
Parado, en medio de aquella muchedumbre que parecía querer emerger a la superficie con la velocidad de una pompa de jabón, parecía algo extraño. No estaba pidiendo dinero ni realizando ninguna muestra de mayor o menor valor artístico, así que me correspondía correr como a los que más. La velocidad a la que una persona debe desplazarse a pie en los túneles del metro, depende de diversas circunstancias: La edad, la vestimenta y la minusvalía. Los jóvenes en edad escolar, parecen correr más por la mañana, precedidos por los encorbatados que se abren camino a codazos. Más tarde hay un montón de turistas que incluso se paran a escuchar cómo un viejo toca el acordeón o una orquesta da un espectáculo musical en un rincón con no muy mala acústica. Una vieja casi no puede subir las escaleras con su bastón, y un joven se ofrece para ayudarla a llevar una bolsa con tres o cuatro productos del supermercado. Por último, están esos para los que no pasa el tiempo: Los borrachos. Tendidos en esquinas que huelen a orín, tienden su mano y muestran un cartón que reza: “Dame tu dinero. Admite que también te gustaría vivir sin prisa, y págame a mí para que lo haga, ya que tú no tienes el valor necesario.” O si no eso, cualquiera otra frase análoga y adornada con alguna falta de ortografía.
Llevo veinte segundos parado. El tiempo se dilata como los sabores que se padalean lenta y adecuadamente. Parece una eternidad. Yo diría que es incluso más tiempo que todas las últimas semanas y así pues decido tomar la salida más cercana, para subir a sentarme en un banco y mirar a la gente que pasa. Entre tantos viandantes, no reconozco a nadie. Son un mar de desconocidos que en principio podrían interaccionar conmigo sólo hasta cierto punto. No puedo encontrarme a uno de ellos y pedirle veinte euros prestados. Ni pedirle a ninguna que me acompañe a un restaurante para que le admire los pechos mientras cenamos. O tal vez sí. Tal vez sea esa una solución adecuada para salir de la monotonía.
-Hola, guapa, ¿qué haces?- Pero la tipa no contesta, ni siquiera me mira y además, acelera el paso.
-Perdone, ¿me daría un euro para una llamada?- Y el señor balbucea apresuradamente: -No tengo suelto.-
Sólo cederles el paso, respetarlos mucho y disculparse si nos rozamos aunque sea levemente con ellos, en el ejercicio de viajero de subterráneos.