Había cometido muchos errores. Tantos, que daba la impresión de que estaba totalmente equivocado y de que siempre lo estaría sin que nada pudiera remediarlo. No era fácil mirarse al espejo y reconocer que cuanto había hecho hasta ese momento estaba mal.
Éramos tres amigos en la playa, alrededor de una de las hogueras que ardían en San Juan. Estábamos con mucha más gente y yo casi no conocía a nadie. La noche avanzaba y todos se divertían. Me sentía algo triste y no sabía por qué. Ella se acercó a mí y comenzó a hablarme. Nadie nos había presentado. Jamás sabría su nombre.
-¿Te vienes a dar una vuelta?
-No, tengo frío. Prefiero quedarme junto al fuego.
Era preciosa y nos habíamos mirado el uno al otro momentos antes, sin decir nada. Mientras declinaba su proposición no podía dejar de pensar en mis diecisiete estúpidos años, sin haber besado a nadie. El único objetivo de mis amigos y el mío parecía ser ese. No dejábamos de hablar de chicas y de mirarlas.
Escapé de un verano lleno de calor y sombra en los bajos de un edificio donde tenía mi primer trabajo. Mal remunerado, ilegal y sin dar de alta. Ganaba doce mil pesetas a la semana. Cuando el euro entró en vigor, pasaron a ser setenta euros, lo cual era aún menos. Emilio me dijo que su primo vendría de Madrid y que el piso de la playa estaba libre para nosotros. Se me antojó una escapatoria ideal durante dos o tres días.
Soñaba con un verano en la playa, aunque nunca hubiera sabido vivir los sueños. Deseaba aprovechar la ocasión de sentirme vivo y al final siempre la dejaba pasar como si la rehuyera. El fuego abrasaba el chorizo, haciéndolo sudar toda la grasa. Observaba cómo el alambre que lo sostenía se ponía al rojo vivo y el olor a comida se convertía en olor a quemado. Simplemente no podía sacarlo del fuego.
Desde entonces llevo repitiendo una y otra vez el mismo error. Jamás estoy de humor para vivir el momento.
