Acero toledano
Un motivo para que París caiga en falta, es que aquella metrópoli era perfectamente capaz de ser lo que uno quisiera. Había un lugar para los vendedores de mazorcas, los jamaicanos traficantes, los mexicanos existencialistas y hasta para las jirabas carnívoras de tres ojos. La idea que cada uno se llevaba de aquella ciudad, dicho en otras palabras, no dependía más que de uno mismo. Diríase que allá cada cual encontraba una felicidad a su medida y que la tonalidad del francés limaba las asperezas convirtiendo la mayoría de las ofensas en tolerables. El hambre pasaba por bohemio y los mostrencos que pobablan sus calles eran dueños de espíritus libres que de entre la miseria, sacaban a fuerzas para ser corteses con quienes mendigaban e ingenio artístico para que aquella misma mendicidad no se convirtiera en la queja de un pedigüeño.
La ciudad de Toledo muy al contrario, era un cuchillo. No solamente todo el mundo se dedicaba a vender hojas cortantes con una empuñadura, sino que además habían llevado los cuchillos hasta el paroxismo. Los niños, jugaban con navajas en la calle entre duelos a espada de adultos que no cejaban de representar una actitud ejemplarizante. El ayuntamiento cobraba las moras gracias a los servicios de pandillas de navajeros que amenazaban e incluso agredían a los deudores sin el más mínimo asomo de piedad. Por supuesto, los objetos filosos también formaban parte del día a día hasta tal punto, que se encontraban arraigados en todas y cada una de las tareas cotidianas: Los hombres se afeitaban a navaja, los doctores cambiaron el bisturí por afilados cuchillos quirúrgicos, las uñas se cortaban valiéndose de un machete, las cartas se abrían con un escalpelo y el hielo sólo se vendía en grandes rocas congeladas que habían de ser reducidas a cubitos mucho mas pequeños con la ayuda de un punzón pica-hielo.
Sea como fuere, no es de menester que alguien sienta lástima por Toledo ni por sus orgullosos habitantes. Cada ciudad, salvo París, posee sus virtudes y sus defectos y quien en ella vive, la comprende y la ama por ello; ya sea profundamente, ya sea desde el conformismo feroz que asegura el no creer que sea posible encontrar otra tierra más generosa. Por otro lado, si han de experimentar benévola conmiseración por un núcleo urbano, háganlo por Granada. Doy fe de que en lugar de llover, el cielo llora; de que no hay gente tan feliz como para no caer en el llanto veinte veces al día. Ninguna criatura muere asfixiada al nacer a pesar de que tristemente, se deba a que la mayoría ya han muerto de pena en el viento materno. Las fuentes reciclan los líquidos lacrimosos para darlos de beber a todos y que así recobren los minerales y las energías perdidas en la continua congoja que todo lo embarga. Granada es un sollozo, un alarido quejumbroso y un grito de desesperación.
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Reminiscencias con sabor a Mouffetard
¿Qué importaba si el tiempo decidía pasar más deprisa o más despacio? ¿O si incluso se detenía? Era exactamente lo mismo que lloviese, granizara o se acercara el diluvio universal. Cuando se habla de dependiendo qué, los detalles del resto de las cosas son irrelevantes. Si aquella noche un cuerpo celeste hubiera atravesado todo el cielo para caer y aplastarnos, se habría tratado de un hecho igualmente baladí.
Me refiero a algo de suma importancia y que nos atañe a todos.
Os juro, que la criatura más hermosa,
La chiquilla más esplendorosa sentada en la rue Mouffetard.
Viéndola en el escalón con su media sonrisa y tan ebria,
Viendo a la perpetua Extranjera en su París de idilio,
Viéndola tan singular y tan borracha.
Jamás me vi así de apretada la mandíbula,
o hincándome tanto las uñas.
La bilis manaba a borbotones de la garganta.
En la rue Mouffetard el deseo mataba en silencio.
Ni después de cien mil billetes de metro.
Ni gritando, ni callando,
Ni corriendo, ni entristeciendose, ni riendo.
Así cante el pájaro y llore sangre el cielo,
Es menester menoscabar un supremo deseo.
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Programa Erasmus de Granada
Me preguntan, de qué manera podría mejorarse el programa Erasmus en un cuestionario que nos obligan a rellenar a todos sus beneficiarios, para entregarnos la última parte de la beca.
Respondo, con toda mi sinceridad:
“Poniendo un mono con una pandereta en la oficina de Relaciones Internacionales. Resolvería igual de bien nuestros problemas que el personal de dicha sala y en lugar de un sueldo, sólo tendríamos que darle plátanos. No se mejora nada, pero al menos se ahorra dinero del contribuyente.
La respuesta a la ineficacia inherente al funcionariado español, es la construcción de una página web que facilite todos los procesos a realizar y la información pertinente vía telemática. De este modo la lacra que supone depender de un puñado de personas sin ganas de trabajar, quedaría suprimida.”
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Cómo mejorar el programa Erasmus
Me preguntaron, cómo podría mejorarse el programa Erasmus en un cuestionario que nos obligan a rellenar, para entregarnos la última parte de la beca respondí por escrito y con toda la sinceridad del mundo:
“Poniendo un mono con una pandereta en la oficina de Relaciones Internacionales. Éste resolvería igual de bien nuestros problemas que el personal de dicha sala y en lugar de un sueldo, sólo tendríamos que darle plátanos. No se mejorará nada, pero al menos se ahorrará dinero del contribuyente.
La respuesta a la ineficacia inherente al funcionariado español, es la construcción de una página web que facilite todos los procesos a realizar y la información pertinente vía telemática. De este modo la lacra que supone depender de un puñado de personas sin ganas de trabajar, quedaría suprimida.”
Luego por supuesto, borré lo escrito en el procesador de textos. No era cuestión de que los que aún deben ingresarme el último pago de la beca, se supieran tan insultados por mí. Además, soy un ser humano egoísta. Para mí ya se ha acabado el Erasmus, y en cuanto a los que vengan detrás, que cada palo aguante su vela.
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Fumar cannabis en París
Un lugar seguro para fumar sin ser molestado. Es fácil de encontrar, pues se halla en cualquier parque, en cualquier calle poco transitada, en el ángulo muerto desde el balcón que se forma al pie de un monumento erigido con gran altura. ¿Por qué hay que esconderse? La policía. Los gendarmes, la guardia, los soldados, ¡la hostia de gente! Todo armados con pistola para protegernos de los demás y de nosotros mismos. Sin saberlo, Pavel el Chilango Cabrón Culero y yo, éramos peores que los asesinos en serie, los maridos maltratadores, los proxenetas de más baja calaña y los traficantes que manejan volúmenes cuantiosos de cifras con demasiados ceros para permitir dormir a cualquier tipo de fuerza del orden con un mínimo de conciencia.
Sólo nos fumábamos unos petas. Y puede ser que los hubiéramos acompañado con unas chelas (seguro) o que yo hubiera hecho algún comentario obsceno acerca de alguna de las féminas que se abrían como flores a la llegada de la primavera, con cuyos pétalos me secaría el semen después de una inmensa corrida para después mearme en sus raíces y pudrirlas. Es decir, que en cuanto a lo que a la sociedad respectaba, no representábamos ningún peligro serio ni debiera asignarse a nuestra custodia más de un agente por cada mil individuos como nosotros.
Sin embargo fueron seis. O siete, o un millón. Todo eran uniformes y una demostración de poder, que eclipsaba a todos los que estaban sentados en el prado, a más de cincuenta metros. -Lo puedo jurar, señor agente. Ni siquiera una ventosidad de Pavel molestaría a nadie a esta distancia, ¿cómo podría hacerlo un canuto con maría mojada, que casi ni siquiera coloca?- La cuestión era que fumar cannabis no está permitido en Francia, y que, según el que más mandaba de entre aquél grupo de payasos -véase, policías-, nos obligó a agradecer el hecho de que no nos llevara a la comisaría. -Merci, Messieurs-, como si nos hubieran permitido el comer postre el resto de la semana, en lugar de robarnos tiempo y dinero, al encasquetarnos unas cuantas horas en prisión preventiva y quién sabe si una multa exorbitada para aquellos en cuyos bolsillos campan los céntimos espaciosamente.
Dejamos el parque de Buttes Chaumont como el que desenvuelve un caramelo para chupetearlo en clase, sin hacer el menor gesto o movimiento con la boca, que lo señale como culpable. Tal vez ni siquiera nadie se hubiera dado cuenta de lo que fumábamos. Quizás aún de haberlo sabido, no les hubiera importado. Sin embargo, la ley nos aplastaba como una bota gigante que se ensaña con una hormiga, deteniéndose a instantes antes de machacar contra la calzada nuestro esqueleto. Sólo nos quedaba una alternativa. Debimos ir a visitar al jamaicano. Uno de esos jamaicanos arquetípicos que venden hierba en una gran urbe en la que sólo están de paso unos años. Nos volvió a cobrar, por la hierba que los oficiales nos hicieron destruir pisándola contra el césped, o como dirían los mexicanos “el pasto”. Aunque nos la hubieran quitado de nuestros bolsillos, ningún cuerpo policial consiguió sacarla de ese otro mercado ilegal que abunda en la calle.
Días después, en Amsterdam, no he sido capaz de sentirme seguro. Barruntaba que en cuaquier momento las fuerzas del orden vendrían a censurar mi práctica. Pero os juro que ni siquiera la gente me miraba raro. Os aseguro que existían cartas con listas de precios por gramo para cada una de las variedades cannábicas conocidas. El porro era el emblema bajo cuerda de un país que presumía de tener un menor porcentaje de fumadores de hierba que Francia. La prohibición no le interesaba a una alianza férrea entre gobiernos y narcotraficantes. ¿A cuánto asciende la multa, por vivir engañado proporcionando dinero a quienes nos oprimen por sus propios intereses? ¿Y a quién habríamos de cobrársela? Seguramente nos acabaríamos enredando en la burocracia antes de dar con el responsable.
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Balance general
Si esta humilde bitácora, aún contara con un número aceptable de visitantes, tal vez estos se hubieran dado cuenta de que últimamente su creador (es decir, yo), no publica nada nuevo. Muy al contrario, las novedades que hay son debidas a Pavel, un mexicano cuya pluma se ha puerto al servicio de rellenar ese enorme vacío que queda cuando a uno no se le ocurre nada que con llenar las hojas en blanco.
Por otra parte, las impresiones de página, han pasado de casi dos mil diarias a unas escasas doscientas. ¿Será debido a que google ha dejado de amar la Misobitácora? ¿O tal vez porque a causa de la presión policial, me vi en la obligación de acabar por quitar los textos más controvertidos? No tengo la menor idea, francamente. En cualquier caso, he dejado de poseer una página rentable a verme en la obligación de poner dinero de mi propio bolsillo para mantenerla a flote.
A no ser que la crisis que azota Europa y que se ceba especialmente con nuestra querida piel de toro, me obligue a ello, la mantendré en línea durante toda mi vida. Estoy a la expectativa de que algún día se me vuelva a ocurrir alguna idea. Por el momento, hacer cualquier cosa que tan siquiera se asemeje a leer o escribir, me produce urticaria. Supongo que últimamente he estado demasiado ocupado viviendo para dedicarme a estos menesteres.
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El oro que robaron los españoles
Cada vez que conozco a algún latinoamericano, no importa su sexo, edad, ocupación social o si es zurdo, diestro o ambidiestro; me acaba insinuando, comentando algo al respecto o preguntando abiertamente: “¿Dónde está el oro que se robaron ustedes los españoles?”
La verdad, es que nunca he sabido muy bien cómo contestar ante tamaña afirmación. Ya he registrado los cajones de mi cuarto, bajo mi cama y hasta he vaciado centenares de botellas de vino, no fuera a ser que el oro estuviera en el fondo. En lo que a mí concierne, justo es subrayarlo, puedo jurar sobre la tumba de mis antepasados, que no vi ni una sola pepita del caro metal.
Por lo tanto, para responder a sus acusaciones, de ahora en adelante, seré yo el que les formule una pregunta: ¿Dónde está el encendedor que se robaron ustedes los latinoamericanos?
Seguramente ellos se defenderán diciéndome: ¿Cuál encendedor? ¿Qué latinoamericanos?
Entonces, les contestaré: Pavel, que era un mexicano buena onda pero algo culero, me lo robó. En vista de lo cual, os hago culpables a todos. Tengo más motivos que vosotros para inculparos, puesto que Pavel es un contemporáneo vuestro y en cambio, las riquezas que los españoles de hace cinco siglos pudieran arrebataros, no fueron sustraídas por mí, ni por mi padre, ni por mi abuelo, ni por mi bisabuelo… Sino por alguien que tal vez, ni siquiera esté en mi árbol genealógico.
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Relaciones a distancia
Andrés es un colombiano bastante gonorrea y mal parido. Rehúsa usar mensajería instantánea ni ninguna red social del estilo de Facebook. Seguramente sea porque siente asco ante la idea de mantener una relación a distancia sin ningún fundamento, fría y como una flor marchita que perdió su lozanía hace tiempo.
Puede que a causa de ello, se arriesgue a caer en el olvido antes que los demás, que sólo serán recordados por las letras de su nombre concatenadas en caracteres de imprenta, a su misma vez expuestos en una pantalla de ordenador. Sin embargo, siempre permanecerá en mi memoria cada vez que oiga hijueputa pues.
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Aprendiendo a mear
Todo el mundo se ha empeñado en redactar manuales de instrucciones. Los hay para sentarse a la mesa, para hablar en público, para tener éxito en las entrevistas de trabajo y para manejar cualquier tipo de vehículo, instrumento o aparato.
Los franceses son curiosos, en tanto que han llevado al paroxismo esta costumbre. El otro día, entré en una letrina pública de Stalingrad. No es que frecuente mucho esa zona, pero mi camello últimamente me obliga a hacer turismo a través de esta ciudad tan odiosa. El metro se mueve como un escarabajo que acabara de meter sus patas en la mierda y avanzara dejando un rastro marrón hediondo. Read more…
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Oriol el bogavante
Uri, es un tío sensible que llora ante los bellos amaneceres. Todo sensibilidad, por detrás y por delante. Yo, lo dejaría dormir con mi hermana la modelo sin preocuparme por su castidad.
Uri, es un tío tímido. No se atreve a hablar con las mujeres, tartamudea en su presencia y se pone colorado ante la más mínima insinuación.
Uri, es todo un romántico. Uno de esos que persiguen el amor eterno en una sola persona de la que se enamoraron en la primera infancia. Compone sonetos y escucha canciones poéticas sobre bogavantes en playas vírgenes llenas de inocencia.
Uri, es inmaculado y puro. Nunca encontró a la chica adecuada, a pesar de todas las numerosas oportunidades que se le presentaron.
Oriol, nunca se tocó la sardina. No entendía de pajas submarinas ni de jóvenes se frotan cuando la florida estación llega.
Uri, es nacionalista. Tiene unos calzoncillos con un toro de osborne y una inmensa bandera de la España franquista cubriendo toda su ventana.
Uri, es un vago que no hace la comida. Normalmente tienen que alimentarlo los demás y ni siquiera sabe dónde queda la cocina.
Oriol, jamás tuvo pensamientos obscenos con ninguna de sus amigas.
Uri, no toma ninguna bebida alcohólica. Ni siquiera los botellines de cerveza sin alcohol, pues dice que contienen algunas décimas.
Uri; qué gran tío, Oriol. Un gran hombre con un gran nombre de español.
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