Dios es la creación de un individuo capaz de imaginarlo
No sé quién dijo que si los caballos supieran pintar, pintarían a sus dioses como caballos. ¿Quizás fue Jenofonte? En cualquier caso, para mí quedó clara la creación de Dios por parte del individuo capaz de imaginarlo.
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Ser otra persona
A la orilla del río cada sombra parece una renuncia. Un lugar del que pasar de largo sin detenerse queda atrás a cada paso. Enfrente, otra orilla distinta que lleva más o menos al mismo sitio por tratarse de un río tan angosto; y aún así, hay otras palomas, otra gente cuyas caras no se distinguen bien y que jamás llegaríamos a reconocer, de cruzárnoslas más tarde.
Las opciones nunca estuvieron claras. Ni siquiera sabíamos cuáles eran, cosa que unos aprovecharon para mentirnos en su interés propio y otros para engañarnos por nuestro bienestar momentáneo. ¿Cuáles son las oportunidades reales perdidas? Son difíciles de precisar, pues en su naturaleza está el que no llegaron a fructificar, y no hay certeza alguna de que hubieran podido hacerlo.
¿Elegí bien mis amigos? ¿Realmente los tuve? Recuerdo mucha gente con la que intercambiaba favores, pero ignoro si los hacían de buen grado. ¿Estudié lo que debía? Nunca me dieron a probar todas las carreras que no cursé.
Me pregunto cómo sería yo si mis padres biológicos me hubieran dado en adopción a otra familia. Los valores aprendidos al inicio de nuestro desarrollo, nos marcan de manera indeleble para toda nuestra vida. Imagino mis pánicos y mis fobias desvanecerse, para ser reemplazados por otros ora más llevaderos, ora más insufribles.
¿Anhelo las comodidades que no disfruto? La vida alejada de lo artificial también dista mucho del hogar semidigital en el que habito.
Tal vez debiera haber nacido en un futuro donde hallaran solución a mis males; o tal vez, dichos males de ninguna manera habrían existido en un pasado que tuvo lugar hace siglos. Quizás sólo sería una cuestión de haber cumplido a fecha de hoy, cinco años de más o de menos.
Jamás sabremos quiénes podríamos haber sido, si no fuéramos quienes somos. Ni qué hubiera pasado, de no haber pasado lo que pasó.
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Aprendiendo a pensar
¿Y qué ocurre cuando los que se suponía que te iban a enseñar a pensar, son sólo unos majaderos? Quizá hasta te propongan actividades peores que las que estabas haciendo, o temas menos interesantes que esos por los que ya te interesabas. En tal caso, sólo te estarán estorbando en lugar de instruirte y mostrándote saberes que son más valiosos para ellos mismos, pero no necesariamente para ti.
No hay ningún criterio universal que nos permita dilucidar cuál es el camino hacia el conocimiento, ni tan siquiera uno que nos haga tender hacia él. Lo único verdadero es que salvo las personas afectadas por una patología mental, todos tendemos a ser felices. Y eso, no se consigue gracias a valiosos guías que nos ilustren el camino a seguir; sino más bien eligiendo nosotros mismos el que consideremos adecuado, a la luz de cuanto nuestro raciocinio nos haga considerar.
El mero hecho de creer que los demás requieran mentores, constituye por lo general una pobreza mental que hoy día está generalizada. Y es que los más papanatas, siempre necesitan de alguien que los ayude a ser un poco menos papanatas y finalmente, acaban por juzgar que los demás también han de ser conducidos hacia la luz. Pero, ¿y si los demás son ya mejores que ellos, y también mejores que quienes les enseñaron cuanto ahora se aprestan a divulgar ufanos? Qué se debe saber o qué no, se trata de un asunto que sencillamente está ligado a cada cual. ¿O es que acaso existen argumentos que eleven la geografía por encima del dibujo técnico? ¿O la fonética por encima de las matemáticas?
La Misosofía se erige como una ciencia única en la cual los conceptos los aporta cada cual bajo el brazo. No trata sobre ningún área en concreto, pero es aplicable a todas. Es un grito que surge en el interior de cada uno, exonerándolo por cuanto no lo atañe y apremiándolo a romper las ligaduras que lo atan, a aquello que convencionalmente se considera como bueno o digno de esfuerzo. Llegará un momento en el que sepas leer y escribir: el resto, apréndelo por ti mismo. Y si no eres capaz, al menos no presumas que nadie lo es.
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Demostración de que Dios no existe
-Pascual, ¿tú crees en Dios?
-Soy agnóstico.
-Y tú Tomás, ¿crees en Dios?
-Por supuesto. Soy cristiano.
-Y tú Misósofos, ¿crees en Dios?
-No, yo soy ateo.
-Pascual, ¿por qué crees en Dios?
-Porque no pierdo nada haciéndolo y puedo ganar mucho.
-Tomás, ¿por qué crees en Dios?
-Porque la palabra de Dios está en las sagradas escrituras. el Mesías nos redimió de nuestros pecados y la fe nos otorgará el paraíso.
-Y tú Misósofos, ¿por qué eres ateo?
-Porque la opción de Pascual me parece cobarde. Prefiere pensar que si se arroja desde un precipicio por el que al final tendrá que arrojarse, los ángeles lo recogerán. La vida de ultratumba no es más que cobardía ante la muerte, una excelente teoría a medida. Cree que siendo cristiano es posible ganar el paraíso y sin embargo nunca se arrojaría por ningún precipicio. ¿No sería más fácil que salvara su vida poniéndola primero en juego al tirarse al vacío, y esperando algún tipo de milagro estadísticamente más probable que el paraíso?
La versión de Tomás me parece una completa depravación. La explicación más intrincada para el origen del universo. Por otra parte es poco consecuente la búsqueda desesperada de un principio creador, con la creencia de que ese mismo principio creador no ha de tener a su vez otro, ya que si lo tuviera, existirían infinitos principios creadores y al final, acabaríamos perdidos y concluyendo que el origen no se halla en ninguna parte: por lo tanto es infinitamente más probable que simplemente el universo y nuestro planeta existan, dándole cualquier explicación abismalmente más plausible que la existencia de un Dios que sólo sirve para aliviarnos por el hecho de no ser inmortales.
-De donde podemos concluir que si Misósofos tiene razón, cualquier mentira inventada tendría muchas más posibilidades de ser cierta que una creencia religiosa; que en realidad es el conjunto de unas cuantas buenas historias, algunos principios morales, misticismo y miedo a dejar de existir.
PUES CLARO QUE TENGO RAZÓN.
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Sexo con desconocidos
Los sitios sólo me parecen acogedores cuando acabo de llegar y aún no conozco a nadie; ya que alguien que no te conoce eres simplemente tú, pasado por el tamiz de sus prejuicios. En cualquier caso es mucho mejor que en el momento en que nos conocemos. En ese momento pasamos a ser personas que han engordado, que tienen fecha de nacimiento. Seguramente algunos de ellos asistan a nuestro funeral, como si nos hiciera falta. Surgen las inherentes preguntas sobre la familia, el estado de salud. Observaciones y consejos de todo tipo, gratuitos e impertinentes. ¿Por qué quienes me conocen no me dejan seguir siendo un desconocido? Confío más en los desconocidos que me den buena espina que en los conocidos de los que me fío
Una vez un amigo le pidió a mi novia que se fuera con él a follar. Mi novia le respondió: -¡si no te conozco de nada!- Entonces mi amigo le dio la mano presentándose y ambos fueron tras unos matorrales. Cuando le pregunté por qué había hecho aquello, me ofreció una respuesta lógica: -¡A ti ya te conozco y a él acababa de conocerlo! ¡Era mucho más emocionante!- Tuve que coincidir con ella.
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Salir del pueblo
Creo que durante años no me ocurrieron acontecimientos dignos de ser narrados. De pequeño siempre juzgaba el pasado como feliz y merecedor de recordarlo, casi como una sucesión de episodios gloriosos. Y es que la vida me iba demasiado mal como para poder tan siquiera vislumbrar que había horizones más lejanos con los que en aquel momento ni tan siquiera me atrevía a soñar. Con el claro objetivo de rememorar algún día la infancia, mi yo adolescente guardó casi todas mis pertenencias bien embaladas para la posteridad, entre las cuales se encontraban: algunos juguetes de cuerda, un coche teledirigido, mi primera videoconsola, un chicle Boomer junto con otras golosinas de la época, relojes de plástico cuyo interior contenía varias bolitas que jamás salían de un laberinto de tabiques transparentes, algunas fotografías de excursiones escolares….
Un día me di cuenta de que en realidad no había nada que recordar. Dejé de sentir nostalgia para siempre como si todo lo que hubiera hecho y vivido hasta ese momento no tuviera por qué mencionarse ni recrearse de nuevo en mi memoria. Los juguetes ardieron igual que los libros de preescolar y todo lo demás, sin causarme la más mínima tribulación. Era como si hubiera vivido en un cuerpo y un lugar que no me correspondían, así que los juegos y las diversiones de la infancia ya no me resultaban divertidos; y dudaba que jamás lo hubieran sido, ni siquiera de niño. Tampoco los libros, revistas y cuadernos escolares atestados de ejercicios con sus respectivas correcciones juzgaba que me hubieran enseñado nada ni servido para nada.
No me gustaba aquel pueblo y nunca lo había hecho. En cuanto fui consciente de la parte tan importante de mi propia experiencia vital que había negligentemente perdido, comencé a odiarlo con más fuerza que nunca. Las gentes siempre caminaban despacio entre fachadas cuarteadas y pintadas de cal a rodales. No tenían adónde ir ni nada mejor que hacer que esperar hasta el día de su muerte deglutiendo, respirando o pasando el rato… ¿Quién no se sentiría desolado pensando que no había nada más allá de eso en la existencia? La pereza había llevado aquella gente a quedarse allí y quién sabe si también tuvo algo que ver la falta de buen gusto y el no poseer grandes expectativas. A mí sólo me hacía falta construir un futuro mejor o fenecer en el intento… Nada por lo que no merezca la pena arriesgarse.
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Turismo intelectual barato o ciudad desconocida
Me gustaría que salieras a pasear conmigo en una ciudad desconocida
Sin rumbo, siempre andando y ahorrando para el taxi de vuelta
Le diríamos a un taxista que nos llevase a la estación de autobuses
Así seguiría siendo una ciudad desconocida y cercana a la que volver
Conoceríamos sitios insólitos que usualmente pasan inadvertidos
Y no tendríamos que centrarnos en el típico turismo intelectual barato
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No ponerse metas
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Desflorar un himen
Desflorar un himen siempre es más fácil de lo que parece cuando uno no lo ha hecho nunca. No lo hemos de considerar nunca como sexo propiamente dicho, sino como la puesta a punto de una mujer para futuras relaciones. Habrá quienes digan que la primera vez puede ser sorprendente, que han podido vislumbrar fuegos artificiales, etc. Con casi total seguridad son hombres y estaban tan encantados con la idea de su primera relación, que todo les parecía bien. Pocas mujeres disfrutaron la primera vez. No he ido haciendo ningún sondeo, pero es una pregunta que he planteado a muchas mujeres con las que tenía la suficiente confianza.
La primera vez que desvirgué a una mujer no lo hice con mi pene. Los dos estábamos borrachos y no teníamos preservativos. Por más que intenté penetrarla, ella cerraba sus piernas y me recordaba lo importante que era ponerse una goma. -No está lo suficientemente borracha- pensé. Empecé a penetrarla con los dedos en pos de que se calentara y se olvidara de la dichosa gomita, pero no dio resultado. Cuando le acaricié el clítoris con la palma de la mano emitía unos gruñiditos casi imperceptibles. A mí me parecía nerviosa, pero al notar que mi dedo se metía sin más preámbulo en su vagina, con seguridad experimentaba auténtico miedo. Gritó: -¡Para, soy virgen! Pero ya era tarde… Su virginidad se la había llevado mi dedo corazón. ¿Quién me iba a decir que era tan fácil?
La siguiente vez la penetración era sencillamente imposible. Adoptaba posturas que la dificultaban hasta extremos insospechados o me decía que iba muy deprisa. Dos horas, no juzgaba que fuera tanta velocidad. Al final lo conseguí y se puso a llorar a lágrima viva. Me suplicó que la sacara… Lo hizo esa vez y muchas sucesivas. Una gotita de sangre quedó en las sábanas de un hotel y yo cada vez comprendía menos a los árabes, que anhelaban paraísos de vírgenes. Las sucesivas continuaba diciendo que le dolía. No sé si hicieron falta veinte o treinta, para que dejara de quejarse. Era insufrible.
La tercera y última ocasión fue menos insufrible. No lloró y tampoco decía nada de que le doliese, no creía que estuviera disfrutando. Después de tres o cuatro actos sexuales más con interludios demasiado dilatados, la oía pedir que siguiera en lugar de que parara. Al cabo de una semana me preguntó -¿No te gusta ser el primero que ha usado mi chochito?-
-Bueno-, dije yo. -No me importaría que la fase de entrenamiento la hubieras hecho con otro, pero desde luego me ha gustado.
-Tu polla en cambio la habrás usado con más mujeres. ¿Con muchas?-
-Una milésima parte de las que me hubiera gustado.
-¿Y sabes cuántas?- continuó.
-No. Prefiero no valorar la cantidad. Si no acabaría yéndome con tías que no me gustan- francamente estaba harto de preguntas.
-¿Puedes enseñármela? Es la primera que veo una.-
-Mírala.
-¿Es grande, pequeña o normal?
-Tiene la mitad del tamaño que me gustaría. Pero eso también le pasa a muchos hombres, o al menos eso he entendido a raíz de sus comportamientos.
Después un hombre llega a cierta edad en la que ya no es recomendable ir por ahí rompiendo hímenes. Y es cierto que muchas cosas dan pena, como envejecer o ver morir primero a tus abuelos y después a tus padres. Sea como sea, un himen no forma parte de ese grupo de cosas y bajo ningún concepto, debe ser considerado como un regalo. El hacerlo así lleva a pensamientos malsanos y desviados que dañan la salud mental. Una verdadera bazofia de la que se nutren religiones y en general los fanáticos.
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El príncipe rana
Era una rana criada en un mal barrio, con dos ojos saltones a causa del vino y los narcóticos. Se la cascaba tranquilamente viendo un documental de batracios y pensando por qué no tendría internet. El porno en internet era gratis, pero sólo le quedaba aquél puto documental y eso lo hacía aún más rana. Cuando se le acabó la cerveza cogió dos o tres euros que le quedaban y fue a la tienda de comestibles de un hindú. El precio de la cerveza le pareció tan excesivamente caro y sus ganas de beber tan mayores en comparación, que no teniendo suficiente con dos cervezas de medio litro y ocho grados cada una, sustrajo sin ningún tipo de habilidad cuatro latas que se colocó en los bolsillos.
-¡Ese puto hindú me está viendo, joder!- Pensó su cerebro. -¡Más cerveza! Le ordenó su alcoholismo.
-A decir verdad el hindú no es más que un enclenque. ¿Qué va a hacer? ¿Sacar una escopeta de debajo de la barra? Esto no son todavía los Estados Unidos de América. Iré hacia el mostrador y depositaré las tres monedas, que es justo el precio de las dos pintas…
Salí de la tienda sin que el hindú me dijera nada. La tienda no era del hindú, sino de otro que había pensado que era el mejor para el puesto. Catorce horas al día por menos del salario mínimo y en negro. Aquellas cervezas no se las había robado al hindú, sino al propio capitalismo. Al que era igual que la cerveza, pero cambiando la cebada o el centeno por bilis y dejándola fermentar desde la primera revolución industrial. La robótica había avanzado desde hacía mucho lo suficiente, como para que nadie tuviera que desempeñar tales oficios. Lo que ocurría era que al ser ésta víctima del sistema económico imperante, seguía saliendo más rentable un ser humano al que se pueda explotar impunemente. Destapé la botella y me la bebí de un solo trago. Era la cerveza con peor sabor que había probado nunca, de modo que ni siquiera mi eterna borrachera existencial me permitía degustarla sin complicación. La segunda en cambio me hizo estar más borracho de lo habitual, y me la tragué sin complicaciones. Así debía ser como nos daban estas vidas de mierda y nosotros las aceptamos como un regalo. Explotados, sin contrato, participando en la economía sumergida, haciendo más ricos a los ricos para no morir de hambre mientras que estos cargan contra el gobierno. Afirman que no crean más puestos de trabajo por los elevados impuestos, hablan de lo caro que sale el despido. Un gobierno socialista no puede satisfacer a las pretensiones sociales y a los ricos; pero los pobres han empezado a pensar que el socialismo es la causa de la crisis y cargan contra sus propios derechos. El albañil de derechas, el periodista… El informático. Cada vez más denostados, como si su trabajo no valiera, conformándose con migajas por no poder comprarse una barra de pan, pero subsistiendo sin ningún sentido. Un burro que le da vueltas a una noria a cambio de manutención y que no recibe ni una cuadra en condiciones, eso es lo que son todos quienes trabajan en lugar de levantarse en armas.
La guerra nunca encuentra justificación. Pero ahora no se trata de una guerra, puesto que no es una nación que insulta a otra, en la ridícula idea de trozos de tierra limitados natural o artificialmente que tan sólo colindan y que empiezan a insultarse. Ahora se trata de la supervivencia de una mayoría, que vive a los pies de una minoría trabajando en su conjunto como podólogo. En otra época histórica en la que no conocíamos tantas cosas, el culpable se habría despertado con los testículos en un vaso de agua; o un turba de gente lo habría linchado y nadie habría dado nombres . Pero ahora estamos educados y con la educación nos han despojado del instinto de supervivencia. Porque mientras nos enseñaban lo que no queríamos aprender, también nos amaestraban. La idea es tan sencilla como robar unas gotas de agua del suministro necesario para la vida normal de una persona, depositarlas en un camión cisterna y que no nos demos cuenta de que morimos de sed ni aunque nos bebamos el propio sudor. De ahí surgirá un individuo que cree que la justicia funciona, que el esfuerzo lleva al éxito y que los mejores lo son por mérito propio.
Iba caminando hacia su casa. El transporte urbano era una estafa; aunque a decir verdad cualquier gasto que no fuera cerveza lo era. Se tropezó con una puta que lo vio venir desde lejos como una figura negra. Ella le dijo: -Hola guapo, ¿quieres echar un ratito?- Y verdaderamente le gustaría, haber pasado un buen rato con la puta. El hecho de que fuera baja y estuviera vestida con ropa de invierno, la haría escasear de clientes. Y una puta sin clientes tenía menos prisa y quería fidelizarlos. Además nadie se fiaba de las putas callejeras. Y menos de una que estaba cerca de la rotonda, que hay frente al Triunfo, acabando la Avenida de la Constitución, bajo una gran bandera de España. Le gustaba la gente en quien no podía confiar, puesto que su forma de razonar le recordaba a la suya propia. Read more…
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