Sexo con desconocidos
Los sitios sólo me parecen acogedores cuando acabo de llegar y aún no conozco a nadie; ya que alguien que no te conoce eres simplemente tú, pasado por el tamiz de sus prejuicios. En cualquier caso es mucho mejor que en el momento en que nos conocemos. En ese momento pasamos a ser personas que han engordado, que tienen fecha de nacimiento. Seguramente algunos de ellos asistan a nuestro funeral, como si nos hiciera falta. Surgen las inherentes preguntas sobre la familia, el estado de salud. Observaciones y consejos de todo tipo, gratuitos e impertinentes. ¿Por qué quienes me conocen no me dejan seguir siendo un desconocido? Confío más en los desconocidos que me den buena espina que en los conocidos de los que me fío
Una vez un amigo le pidió a mi novia que se fuera con él a follar. Mi novia le respondió: -¡si no te conozco de nada!- Entonces mi amigo le dio la mano presentándose y ambos fueron tras unos matorrales. Cuando le pregunté por qué había hecho aquello, me ofreció una respuesta lógica: -¡A ti ya te conozco y a él acababa de conocerlo! ¡Era mucho más emocionante!- Tuve que coincidir con ella.
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Salir del pueblo
Creo que durante años no me ocurrieron acontecimientos dignos de ser narrados. De pequeño siempre juzgaba el pasado como feliz y merecedor de recordarlo, casi como una sucesión de episodios gloriosos. Y es que la vida me iba demasiado mal como para poder tan siquiera vislumbrar que había horizones más lejanos con los que en aquel momento ni tan siquiera me atrevía a soñar. Con el claro objetivo de rememorar algún día la infancia, mi yo adolescente guardó casi todas mis pertenencias bien embaladas para la posteridad, entre las cuales se encontraban: algunos juguetes de cuerda, un coche teledirigido, mi primera videoconsola, un chicle Boomer junto con otras golosinas de la época, relojes de plástico cuyo interior contenía varias bolitas que jamás salían de un laberinto de tabiques transparentes, algunas fotografías de excursiones escolares….
Un día me di cuenta de que en realidad no había nada que recordar. Dejé de sentir nostalgia para siempre como si todo lo que hubiera hecho y vivido hasta ese momento no tuviera por qué mencionarse ni recrearse de nuevo en mi memoria. Los juguetes ardieron igual que los libros de preescolar y todo lo demás, sin causarme la más mínima tribulación. Era como si hubiera viviedo en un cuerpo y un lugar que no me correspondían, así que los juegos y las diversiones de la infancia ya no me resultaban divertidos; y dudaba que jamás lo hubieran sido, ni siquiera de niño. Tampoco los libros, revistas y cuadernos escolares atestados de ejercicios con sus respectivas correcciones juzgaba que me hubieran enseñado nada ni servido para nada.
No me gustaba aquel pueblo y nunca lo había hecho. En cuanto fui consciente de la parte tan importante de mi propia experiencia vital que había negligentemente perdido, comencé a odiarlo con más fuerza que nunca. Las gentes siempre caminaban despacio entre fachadas cuarteadas y pintadas de cal a rodales. No tenían adónde ir ni nada mejor que hacer que esperar hasta el día de su muerte deglutiendo, respirando o pasando el rato… ¿Quién no se sentiría desolado pensando que no había nada más allá de eso en la existencia? La pereza había llevado aquella gente a quedarse allí y quién sabe si también tuvo algo que ver la falta de buen gusto y el no poseer grandes expectativas. A mí sólo me hacía falta construir un futuro mejor o fenecer en el intento… Nada por lo que no mereciera la pena arriesgarse.
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Turismo intelectual barato o ciudad desconocida
Me gustaría que salieras a pasear conmigo en una ciudad desconocida
Sin rumbo, siempre andando y ahorrando para el taxi de vuelta
Le diríamos a un taxista que nos llevase a la estación de autobuses
Así seguiría siendo una ciudad desconocida y cercana a la que volver
Conoceríamos sitios insólitos que usualmente pasan inadvertidos
Y no tendríamos que centrarnos en el típico turismo intelectual barato
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No ponerse metas
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Desflorar un himen
Desflorar un himen siempre es más fácil de lo que parece cuando uno no lo ha hecho nunca. No lo hemos de considerar nunca como sexo propiamente dicho, sino como la puesta a punto de una mujer para futuras relaciones. Habrá quienes digan que la primera vez puede ser sorprendente, que han podido vislumbrar fuegos artificiales, etc. Con casi total seguridad son hombres y estaban tan encantados con la idea de su primera relación, que todo les parecía bien. Pocas mujeres disfrutaron la primera vez. No he ido haciendo ningún sondeo, pero es una pregunta que he planteado a muchas mujeres con las que tenía la suficiente confianza.
La primera vez que desvirgué a una mujer no lo hice con mi pene. Los dos estábamos borrachos y no teníamos preservativos. Por más que intenté penetrarla, ella cerraba sus piernas y me recordaba lo importante que era ponerse una goma. -No está lo suficientemente borracha- pensé. Empecé a penetrarla con los dedos en pos de que se calentara y se olvidara de la dichosa gomita, pero no dio resultado. Cuando le acaricié el clítoris con la palma de la mano emitía unos gruñiditos casi imperceptibles. A mí me parecía nerviosa, pero al notar que mi dedo se metía sin más preámbulo en su vagina, con seguridad experimentaba auténtico miedo. Gritó: -¡Para, soy virgen! Pero ya era tarde… Su virginidad se la había llevado mi dedo corazón. ¿Quién me iba a decir que era tan fácil?
La siguiente vez la penetración era sencillamente imposible. Adoptaba posturas que la dificultaban hasta extremos insospechados o me decía que iba muy deprisa. Dos horas, no juzgaba que fuera tanta velocidad. Al final lo conseguí y se puso a llorar a lágrima tendida. Me suplicó que la sacara… Lo hizo esa vez y muchas sucesivas. Una gotita de sangre quedó en las sábanas de un hotel y yo cada vez comprendía menos a los árabes, que anhelaban paraísos de vírgenes. Las sucesivas continuaba diciendo que le dolía. No sé si hicieron falta veinte o treinta, para que dejara de quejarse. Era insufrible.
La tercera y última ocasión fue menos insufrible. No lloró y tampoco decía nada de que le doliese, no creía que estuviera disfrutando. Después de tres o cuatro actos sexuales más con interludios demasiado dilatados, la oía pedir que siguiera en lugar de que parara. Al cabo de una semana me preguntó -¿No te gusta ser el primero que ha usado mi chochito?-
-Bueno-, dije yo. -No me importaría que la fase de entrenamiento la hubieras hecho con otro, pero desde luego me ha gustado.
-Tu polla en cambio la habrás usado con más mujeres. ¿Con muchas?-
-Una milésima parte de las que me hubiera gustado.
-¿Y sabes cuántas?- continuó.
-No. Prefiero no valorar la cantidad. Si no acabaría yéndome con tías que no me gustan- francamente estaba harto de preguntas.
-¿Puedes enseñármela? Es la primera que veo una.-
-Mírala.
-¿Es grande, pequeña o normal?
-Tiene la mitad del tamaño que me gustaría. Pero eso también le pasa a muchos hombres, o al menos eso he entendido a raíz de sus comportamientos.
Después un hombre llega a cierta edad en la que ya no es recomendable ir por ahí rompiendo hímenes. Y es cierto que muchas cosas dan pena, como envejecer o ver morir primero a tus abuelos y después a tus padres. Sea como sea, un himen no forma parte de ese grupo de cosas y bajo ningún concepto, debe ser considerado como un regalo. El hacerlo así lleva a pensamientos malsanos y desviados que dañan la salud mental. Una verdadera bazofia de la que se nutren religiones y en general los fanáticos.
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El príncipe rana
Era una rana criada en un mal barrio, con dos ojos saltones a causa del vino y los narcóticos. Se la cascaba tranquilamente viendo un documental de batracios y pensando por qué no tendría internet. El porno en internet era gratis, pero sólo le quedaba aquél puto documental y eso lo hacía aún más rana. Cuando se le acabó la cerveza cogió dos o tres euros que le quedaban y fue a la tienda de comestibles de un hindú. El precio de la cerveza le pareció tan excesivamente caro y sus ganas de beber tan mayores en comparación, que no teniendo suficiente con dos cervezas de medio litro y ocho grados cada una, sustrajo sin ningún tipo de habilidad cuatro latas que se colocó en los bolsillos.
-¡Ese puto hindú me está viendo, joder!- Pensó su cerebro. -¡Más cerveza! Le ordenó su alcoholismo.
-A decir verdad el hindú no es más que un enclenque. ¿Qué va a hacer? ¿Sacar una escopeta de debajo de la barra? Esto no son todavía los Estados Unidos de América. Iré hacia el mostrador y depositaré las tres monedas, que es justo el precio de las dos pintas…
Salí de la tienda sin que el hindú me dijera nada. La tienda no era del hindú, sino de otro que había pensado que era el mejor para el puesto. Catorce horas al día por menos del salario mínimo y en negro. Aquellas cervezas no se las había robado al hindú, sino al propio capitalismo. Al que era igual que la cerveza, pero cambiando la cebada o el centeno por bilis y dejándola fermentar desde la primera revolución industrial. La robótica había avanzado desde hacía mucho lo suficiente, como para que nadie tuviera que desempeñar tales oficios. Lo que ocurría era que al ser ésta víctima del sistema económico imperante, seguía saliendo más rentable un ser humano al que se pueda explotar impunemente. Destapé la botella y me la bebí de un solo trago. Era la cerveza con peor sabor que había probado nunca, de modo que ni siquiera mi eterna borrachera existencial me permitía degustarla sin complicación. La segunda en cambio me hizo estar más borracho de lo habitual, y me la tragué sin complicaciones. Así debía ser como nos daban estas vidas de mierda y nosotros las aceptamos como un regalo. Explotados, sin contrato, participando en la economía sumergida, haciendo más ricos a los ricos para no morir de hambre mientras que estos cargan contra el gobierno. Afirman que no crean más puestos de trabajo por los elevados impuestos, hablan de lo caro que sale el despido. Un gobierno socialista no puede satisfacer a las pretensiones sociales y a los ricos; pero los pobres han empezado a pensar que el socialismo es la causa de la crisis y cargan contra sus propios derechos. El albañil de derechas, el periodista… El informático. Cada vez más denostados, como si su trabajo no valiera, conformándose con migajas por no poder comprarse una barra de pan, pero subsistiendo sin ningún sentido. Un burro que le da vueltas a una noria a cambio de manutención y que no recibe ni una cuadra en condiciones, eso es lo que son todos quienes trabajan en lugar de levantarse en armas.
La guerra nunca encuentra justificación. Pero ahora no se trata de una guerra, puesto que no es una nación que insulta a otra, en la ridícula idea de trozos de tierra limitados natural o artificialmente que tan sólo colindan y que empiezan a insultarse. Ahora se trata de la supervivencia de una mayoría, que vive a los pies de una minoría trabajando en su conjunto como podólogo. En otra época histórica en la que no conocíamos tantas cosas, el culpable se habría despertado con los testículos en un vaso de agua; o un turba de gente lo habría linchado y nadie habría dado nombres . Pero ahora estamos educados y con la educación nos han despojado del instinto de supervivencia. Porque mientras nos enseñaban lo que no queríamos aprender, también nos amaestraban. La idea es tan sencilla como robar unas gotas de agua del suministro necesario para la vida normal de una persona, depositarlas en un camión cisterna y que no nos demos cuenta de que morimos de sed ni aunque nos bebamos el propio sudor. De ahí surgirá un individuo que cree que la justicia funciona, que el esfuerzo lleva al éxito y que los mejores lo son por mérito propio.
Iba caminando hacia su casa. El transporte urbano era una estafa; aunque a decir verdad cualquier gasto que no fuera cerveza lo era. Se tropezó con una puta que lo vio venir desde lejos como una figura negra. Ella le dijo: -Hola guapo, ¿quieres echar un ratito?- Y verdaderamente le gustaría, haber pasado un buen rato con la puta. El hecho de que fuera baja y estuviera vestida con ropa de invierno, la haría escasear de clientes. Y una puta sin clientes tenía menos prisa y quería fidelizarlos. Además nadie se fiaba de las putas callejeras. Y menos de una que estaba cerca de la rotonda, que hay frente al Triunfo, acabando la Avenida de la Constitución, bajo una gran bandera de España. Le gustaba la gente en quien no podía confiar, puesto que su forma de razonar le recordaba a la suya propia. Leer completo…
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Vuestros hijos
No estoy solo y de eso me di cuenta tiempo ha. Conmigo hay más, muchos más cuerpos que se mueven, que están vivos y que no florecerán hasta el día en que mueran y alimenten las flores. Inconcebible motivo el que hace que haya tanta gente: ¿Racicionarán los padres cuando deciden concebir un hijo? Tal vez consideren que lo que más necesita la humanidad es otro cretino haciendo cola en la caja del supermercado, o que el resto de especies animales y vegetales no se las arreglarían bien sin nosotros. Tal vez a ellos nunca los haya molestado una carriola en el metro, el grito de un niño caprichoso o la peste de un bebé que lleno de inocencia, defeca en público; de ahí que todos los hijos sean accidentales o estén criados por padres estúpidos que no conocían qué era un anticonceptivo o cuya moral cristiana les impidió el aborto.
Sobramos como el retazo de un traje que no da para confeccionar ninguna otra prenda. Me aburren todos esos aburridos que no se aportan nada entre sí ni tampoco me aportan nada a mí. Miran a través de los cristales de sus coches y se dan cuenta de que la circulación no avanza, de que hay prójimos que la entorpecen. Si no nos pensáramos abanderados de la libertad, diríamos que el mero hecho de existir es lo peor que es posible hacer en nuestra contra. Siempre tienen un favor que pedir, un trabajo que mandarnos, una excusa para robarnos el tiempo, un lugar inapropiado en el que estar. Lo sé porque soy igual que vosotros, respiro el dióxido de carbono de vuestros coches y ahorro para comprarme uno. Los cadáveres de miles de productos consumidos yacen en la calle y todo está tan sucio, que no se me ocurre más que consumir para agregar más basura al entorno. Por cada vez que me empujaron, procuré empujar a alguien que no me había empujado o pisarle la cabeza para que su vida no fuera mejor que la mía. Sin embargo, lo que más me pesa, es que otros me lo hicieran antes a mí; me pesa más incluso que la triste naturaleza humana. ¿De verdad que nunca os ha pasado lo mismo?
Cuántos esfuerzos dedicamos a tratar de soportarnos, como si eso fuera posible. Tal que si pudiéramos retomar todos los instintos en lugar de conservar sólo los del gregarismo y la obligada descendencia. Nos esforzamos por no matarnos entre nosotros, pero hemos permitido que se instaure la competitividad como modo de supervivencia. Y el mundo ha seguido transcurriendo con problemas, que plantean los mismos conflictos que los antiguos y que tienen el inconveniente de una complejidad de la que carecían los anteriores. Sin embargo, ¿qué es lo que buscamos? Prolongar nuestra vida a través de la de otro, lo cual es entre supersticioso e idiota, si es que hay alguna diferencia entre ambos términos. No podemos ver por los ojos de nadie, ni saborear por su boca, ni follar con sus genitales. Nuestros genes no se traspasan de nuestro cuerpo al suyo, sino que se crean a partir del nuestro, con todos nuestros defectos, para dar a luz a una criatura condenada a un devenir peor que el nuestro. A cada generación vivir es menos cómodo y tiene menos sentido, aunque algunos miramos hacia atrás y observamos en épocas pretéritas la peligrosidad de sentirse vivo, catalogándola como inseguridad. Eso es avanzar: dedicar el mismo tiempo a las mismas tareas, pero no conseguir que nuestras necesidades estén más satisfechas. Necesidad de acabar con el otro, de arrebatarle el lugar donde vive, de despedazar a sus crías que yacen en el carrito de la compra junto a la carne picada; todo con el solo fin de alimentar a las nuestras. Quiero tu espacio, tu comida, tu mujer, tu tiempo, que dejes de existir o me sirvas, que dejes que te folle o desaparezcas, robarte el coche y aparcarlo junto a tu tumba. Sin embargo si eres igual de sincero que yo, sabrás que quieres lo mismo de mí y sólo culparás a tu padre y al mío por no llevar condón el día que nos hicieron; por eso y porque claro está no existe ningún Dios que expíe a nadie, ni habitar en un valle de lágrimas nos deparará más que las mismas lágrimas.
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Consejos para un hijo de ocho años
Hijo cuando salgas a la calle el primero que te encuentres, es un hijo de puta. Habrá alguno que no parezca hijo de puta, pero ese es el más hijo de puta de todos. Y para protegerte de ellos sólo te queda una solución: convertirte en un hijo de puta mayor.
En la vida, te encontrarás con una o como mucho dos personas que no sean unos hijos de puta. Entonces, ten por seguro que sus mujeres serán a ciencia cierta unas putas; aprovéchate de ellos y fóllatelas.
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Si has llegado hasta aquí, probablemente Dios no existe
Bien, una vez que estás aquí, habrás leído la frase que acuño como lema y notado la bandera bajo la que me sitúo.
Hasta hace poco tenía la certeza de que Dios no existía, pero dado que las visitas de esta página han bajado al diez por ciento, supongo que Dios ya me está enviando sus plagas. ¿Querrá acabar después conmigo?
Por si acaso, prometo que si de aquí a tres meses las visitas aumentan a su antigua cifra, le pondré una vela a nuestro señor Jesucristo, que compraré previamente en la primera tienda de chinos que vea y que posteriormente iré a colocar en el primer altar o en la primera habitación presidada por figura religiosa cristiana. Ni que decir tiene (y espero que Dios entienda que no lo amenazo, sino que sólo lo coacciono un poco) también quitaré la frase de la cabecera.
Lo que me motiva tanto para escribir esto, es ante todo el miedo al altísimo y también en un plano secundario, que pagar por escribir es muy triste.
Si de aquí a tres meses y un día, no he obtenido los resultados esperados, este año participaré en el ramadán y oraré cinco veces al día mirando a un McDonalds en el que no sirvan hamburguesas de cerdo. Espero que Mahoma y Alá entiendan que como no estoy debidamente instruido en la fé musulmana y no sé leer el corán en versión original, no empiece haciéndolo bien todo. Cuando vivía en París conocí a un moro llamado Bassem Trikki que me enseñó algunas cosas chulas del islam, así que tengo que darle una oportunidad. Por poner un ejemplo, me dijo que las mujer que se casara conmigo había de ser virgen; la razón era que en el caso de que no supiera hacer una práctica correcta de las artes amatorias, al menos la agraciada se quedaba sin un punto de referencia. Por otro lado también es cierto que eso de ayunar unos días, aumenta la potencia sexual y que volverme musulmán converso, me abriría un nuevo mercado de mujeres serviciales. Para no seguir apartándonos del objetivo que nos ocupa, baste añadir que yo por mi bitácora hago lo que sea.
A Mahoma le otorgaré seis meses, de los cuales serán de prácticas los tres primeros. Si tampoco me ha solucionado el problema de marras o no ha obrado un milagro (¿habrá de eso en el islam? Había oído algo de que no) como subirme el pagerank a 6, le daré una oportunidad al budismo. De ese sé aún menos. Quizás sea porque en el Collège Néerlandais no había amables señores con una peca en mitad de la frente, ataviados con joviales túnicas naranja mandarina y vertiéndose leche todo el día por lo alto. Pero en cualquier caso prometo a San Buda que beberé sólo leche de cabra o por si las moscas de soja. Y también me iré a construir farmacias a la India; o aprenderé hindi, o veré una película de Indiana Jones. ¿Alguien que me indique una guía de inicio rápida para que no tenga que estudiar mucho?
A Buda le daré nueve meses y espero encontrar alguna otra fuente alternativa de calcio. Quizá si empiezo a comer vaca, sea lo más parecido a beber leche; pues similar a devorar el producto, será engullir a la fuente productora. A los nueve meses y un día me volveré judío. Incluso donaré algo de mi bolsillo a una mezquita y me pondré un sombrerito tapándome la coronilla, que seguramente inventó alguien que tenía problemas de calvicie y así me voy cuidando ya para el futuro. Además leeré torás de esas con sus dos rollos de papel higiénico, estudiaré hebreo y le construiré un becerro de oro a Abrahán, que recuerdo que me contaron que le gustaba en una misa.
Por último, si ninguna de las opciones anteriores da resultado al cabo de un año más… Supongo que no me quedará otra que ponerme una vela al arcángel Google. Prometeré serle fiel siempre. Me encanta su Gmail y prometo instalarme el Google Desktop el día que no me ralentice el cacharro. Y hasta seguiré una lista de mandamientos: Jamás me haré clic en mis propios anuncios Adsense, no realizaré búsquedas en otros motores de la competencia y cuando se me rompa el HTC Magic me compraré otro teléfono móvil que traiga el sistema operativo Android. Además Google Chrome es lo máximo e incluso podríamos declarar vigilia permanente sobre la ya mastodóntica y ralentizada por mil extensiones Morcilla Firefox.
Instalarme Google Picassa me iría muy bien para recordar quién soy y de dónde vengo, al tener organizadas fantásticamente las fotos. Leería todos los días algo que encontrara en Libros Google y hasta me abriría una cuenta en Adworks. Hace mucho que vengo utilizando el sistema de Análisis de Tráfico Web de Google y de vez en cuando, hasta uso el Calendario de Google y el GTalk. Casi todos los días uso el Youtube y alguna vez he pensado en meterme a monje y ver algo en Google Videos, pero lo he descartado porque no me va el celibato. Pensándolo bien, con Google llevo teniendo relación desde hace mucho tiempo. Para más INRI, es el que ha dejado de mandarme gente.
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Hacer amigos
Dos amigos no son realmente amigos, hasta que no se han peleado a hostia limpia y su amistad ha sobrevivido. Los hombres deben marcar su territorio; imponerse fisicamente a los demás machos de la especie. El resultado ideal de la reyerta es que las fuerzas estén igualadas. Si no, uno habrá prevalecido sobre el otro y la relación de amistad se convertiría en sumisión hacia el más poderoso.
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