La historia de Joe el Cabra – Episodio Perico y Scottex
Cierto es que no era el correo menos yonqui, pero sí era al único al que se podían encomendar las misiones que nadie más quería. Vender quetamina en barrios pijos en épocas de carestía, entrar cargado de una mezcla de MDMA y farlopa (ambos productos previamente adulterados) a la discoteca a causarle un daño cerebral a un tarado… Las caras drogas de diseño también atravesaron su crisis en dos mil doce, cuando cada vez más la marihuana era tolerada y cualquier hijo de vecina se cultivaba un par de macetitas en el balcón. Joe el Cabra tenía diez detenciones a sus espaldas, nueve condenas de varios meses cada una por hurtos menores e imputaciones de delitos contra la salud pública cuyas pruebas físicas no acababan apareciendo más que en muy pequeña parte. Lo vieron conduciendo cerca de las tres mil viviendas, yendo a recoger en una pequeña escúter un encargo de quinientos tripis y algunos gramos de sustancias diversas. Luego se quedaría por allí para venderlo entre las fiestas de pajareo en los aparcamientos públicos de la capital hispalense. El dinero se lo había suministrado el mismo Etarra y quería la inversión más su porcentaje a cambio. Ya lo iban siguiendo a entrar en los aparcamientos de una discoteca. Intentaron tomarle agunas fotografías, pero Joe el cabra siempre hacía os trabajos con capucha y bufanda. Tampoco era de todo un aficionado.
Los planes de Joe el Cabra se truncaron el día que vio aparecer a la policía casi rodeando a unos cuantos coches, dos de los cuales tenían los maleteros abiertos y hacían un gran estruendo. Iban a por él. Habían dado las cinco de la tarde y el número de fiesteros era menor. Sólo los más colocados de anfetamina aguantaban dando brincos y haciendo un último esfuerzo por sentirse bien antes del bajón, besuquearse con alguien del sexo opuesto o andar pidiendo rayitas de coca que a veces obtenían como quién pide papel de fumar. La música era estruendosa pero él los vio. Estaba colocado, aunque no tanto como para no percatarse de aquellos dos todoterrenos de la guardia civil enfocándolos. Cogió su moto y salió corriendo con toda la mercancía. Prácticamente no corría, pero al menos ganaría tiempo hasta que lo cazaran.
Al pasar junto a los agentes dos de ellos sacaron sus porras intentando golpearle en la cabeza y derribarlo. Previendo eso giró más el gas de la moto cuyo escape había sido agujereado y acabó llevándose sólo un gran golpe en la espalda, pero se agachó a tiempo por debajo del manillar para que no lo golpearan. Luego la Guardia Civil empezó a perseguirlo. El ruido de la moto era criminal, seguramente también lo acabarían multando por eso. Estaba claro que lo alcanzarían así que fue tirando la droga conforme pasaba junto a todo el personal que también había salido en desbandada. Era veinticinco de diciembre y gritaba: ¡feliz navidad! Y reía al mismo tiempo a causa de los efectos de una tarta de cannabis que había probado. Realmente estaba siendo un auténtico rey mago con todos aquellos drogadictos lúdicos. Por supuesto cumplieron con su cometido de hacer desaparecer la droga, pero no pudieron evitar que uno de los coches patrulla parara y decomisara un par de pollos de farlopa.
Junto con la resistencia a la autoridad y la conducción temeraria, el asunto le valdrían esperar unos cuantos meses hasta realizar el próximo servicio. La policía archivó el caso como: “El Santa Claus de la cocaína.”
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Historias de un albergue en Dublín
Volar de París a Dublín en un día tan gris hizo que me sintiera más cómodo que nunca con mi larga gabardina. Normalmente siempre dejo que sean los demás quienes se ocupen de localizarnos en el tiempo y en el espacio y de que tanto nosotros como nuestras maletas vayan al sitio adecuado. Yo sólo llevaba aquella gabardina. Es por eso que mi falta de orientación me impide viajar solo y por lo tanto siempre he de dejarme arrastrar a hacer lo típico en una ciudad cuyas calles y puntos vitales desconozco: esto es el aeropuerto, estación de autobús o tren donde llegamos y ese otro desde el que emprenderemos el viaje de vuelta. Realmente casi nadie sabe disfrutar cuando va a un sitio donde nadie lo conoce, del que no conocen tan siquiera correctamente el idioma y del que probablemente se pierdan la mayor parte. Se concentrarán en hacer viajes interiores largos pasando gran parte de su estancia en un tranvía, tren, autobús… Caminarán al lugar donde se encuentran las cosas que hay que ver como si fuera posible hallar alguna obligatoriedad en ello. Y finalmente acabarán pensando que el país que han ido a visitar, es como una de esas postales que han comprado en alguna tienda de recuerdos. Qué asco.
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Salir del pueblo
Creo que durante años no me ocurrieron acontecimientos dignos de ser narrados. De pequeño siempre juzgaba el pasado como feliz y merecedor de recordarlo, casi como una sucesión de episodios gloriosos. Y es que la vida me iba demasiado mal como para poder tan siquiera vislumbrar que había horizones más lejanos con los que en aquel momento ni tan siquiera me atrevía a soñar. Con el claro objetivo de rememorar algún día la infancia, mi yo adolescente guardó casi todas mis pertenencias bien embaladas para la posteridad, entre las cuales se encontraban: algunos juguetes de cuerda, un coche teledirigido, mi primera videoconsola, un chicle Boomer junto con otras golosinas de la época, relojes de plástico cuyo interior contenía varias bolitas que jamás salían de un laberinto de tabiques transparentes, algunas fotografías de excursiones escolares….
Un día me di cuenta de que en realidad no había nada que recordar. Dejé de sentir nostalgia para siempre como si todo lo que hubiera hecho y vivido hasta ese momento no tuviera por qué mencionarse ni recrearse de nuevo en mi memoria. Los juguetes ardieron igual que los libros de preescolar y todo lo demás, sin causarme la más mínima tribulación. Era como si hubiera viviedo en un cuerpo y un lugar que no me correspondían, así que los juegos y las diversiones de la infancia ya no me resultaban divertidos; y dudaba que jamás lo hubieran sido, ni siquiera de niño. Tampoco los libros, revistas y cuadernos escolares atestados de ejercicios con sus respectivas correcciones juzgaba que me hubieran enseñado nada ni servido para nada.
No me gustaba aquel pueblo y nunca lo había hecho. En cuanto fui consciente de la parte tan importante de mi propia experiencia vital que había negligentemente perdido, comencé a odiarlo con más fuerza que nunca. Las gentes siempre caminaban despacio entre fachadas cuarteadas y pintadas de cal a rodales. No tenían adónde ir ni nada mejor que hacer que esperar hasta el día de su muerte deglutiendo, respirando o pasando el rato… ¿Quién no se sentiría desolado pensando que no había nada más allá de eso en la existencia? La pereza había llevado aquella gente a quedarse allí y quién sabe si también tuvo algo que ver la falta de buen gusto y el no poseer grandes expectativas. A mí sólo me hacía falta construir un futuro mejor o fenecer en el intento… Nada por lo que no mereciera la pena arriesgarse.
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Ine Salmon
Era una belga que tenía el cabello del color del cobre y antes de verla por primera vez, todos me contaron que sus largas piernas tropezaron aparatosamente a la salida del bar, aunque yo no hubiera podido comprobarlo en persona. Dos tíos que pasaban la miraron riendo, pero ella probablemente iba tan borracha que no le importaban ese tipo de vicisitudes. Cuando empecé a hablarle, me di cuenta de que su español era muy bueno y de que lo hablaba sólo un poco más lento de lo habitual. Únicamente le notaba un pequeño acento que haría las envidias de cualquier estudiante extranjero de filología hispánica. Además a buen seguro hablaba también flamenco, francés (puesto que era lo que estudiaba) e inglés. Las guiris eran diferentes de las españolas y casi siempre iban más borrachas y poseían más cultura. Aquello me hacía mirarlas con buenos ojos.
Su piel era blanca y al cabo de un rato de charla me presenté: -bueno, yo soy Misósofos, ¿y tú?- La besé en su blanca mejilla izquierda fuertemente y luego fui a hacer lo mismo en la derecha pero sin despegar demasiado la cara durante el recorrido. Como resultado nuestros labios se rozaron y eso sirvió para activar el deseo y que una ola de calor recorriera mi cuerpo e ignoro si el suyo. Yo no era precisamente un hombre de acción y además tenía novia. Lo malo de aquella novia era que se había montado en un tren contándome que iba a ver a no sé qué amigos, pero sin embargo desde el principio sospechaba que iba a ver a su exnovio y al intentar sonsacárselo, me acabó contando que se lo folló en un hotel tantas veces como pudo y que cenaron plácidamente en una conocida cadena de restaurantes llamada Foster’s.
En el momento en que una amiga vino a decirme que tal vez tuviera una opotunidad con Ine Salmon, porque ésta le había hablado de mí, decidí olvidarme de aquella mujer con la que salía y que no contenta con mi polla, buscaba otras en la distancia; relatándome historias detalladas de su estancia con sus amigos y mintiendo por lo tanto descarada y premeditadamente. Literalmente su excusa fue: -¿pero qué más daba si era seguro que no te ibas a enterar?- Por otra parte a mí me gustaba Ine… Parecía tierna y dulce. Y debía serlo, puesto que después de que mi amiga la pusiera al corriente de mi situación amorosa, me trató como a un leproso.
Años más tarde intentaba conversar con Ine a través del MSN. Quería ir a Bélgica a verla y a subsanar los errores del pasado. Se negó primero educadamente y al final me preguntó: ¿qué tal sigues con tu novia? La mandé a tomar por el culo. Las mujeres eran siempre o infieles o muy celosas; a veces incluso las dos cosas. -Que te den por el culo con una caña rajada- la vejé. Y aún así, cuando acabó por comprender perfectamente el insulto gracias a su diccionario, supe que a quien le habían dado por el culo era a mí. Y que estuvo bien que mi antigua novia me abandonara definitivamente o haberla obligado a ello, porque así estaría libre la próxima vez. Conseguir una buena mujer siempre era más sencillo cuando uno no tenía una mala dentro de su vida.
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Hijos de puta
Hijos de puta cardiólogos
Hijos de puta amigos
Hijos de puta caseros
Hijos de puta dentistas
Hijos de puta electricistas
Todos viven como hijos de puta
Hijos de puta catedráticos
Hijos de puta guardias civiles
Hijos de puta informáticos
Hijos de puta profesores
Hijos de puta butaneros
Nadie es más hijo de puta que un proveedor de servicios a internet
Compartamos las redes inalámbricas
Y archivos con los últimos libros y películas
Reproduzcámoslas en lectores de libros electrónicos
En hologramas táctiles
Hijos de puta diputados
Hijos de puta empleadores
Hijos de puta publicistas
Hijos de puta parados
Hijos de puta camioneros
Si queréis aprender cómo ser más hijos de puta
id y preguntarle a uno al que hayáis jodido mucho
Hijos de puta finambulistas
Hijos de puta ecologistas
Hijos de puta pretenciosos
Hijos de puta arrogantes
Creáis más gente como vosotros
Hijos de puta funcionarios
Hijos de puta directores de cine
Hijos de puta editores
Hijos de puta e hijos de puta
Pero qué hijos de puta
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Una francesa de ensueño
Aquella semana quedó marcada por un hecho extraordinario. En el parque de Montsouris una joven con mallas y pelo largo trotaba alegremente entre el verdor y las estatuas. Yo estaba sentado sobre un banco que tenía colocado un altavoz debajo y que susurraba palabras de amor en varios idiomas. Mi mirada se volvió hacia ella desde que la vi aparecer en la distancia, siguiéndola con la cabeza conforme pasaba frente a mí para no perder ningún detalle. Y he aquí lo más insólito que he visto en mi vida: la deportista decreció el ritmo y casi se volvió hacia donde yo estaba, torciéndose en una complicada contorsión unos cuantos grados y esperando. ¿Qué se suponía que se hacía en esos casos? ¿Intentaba desafiarme, ponerme a prueba? Agaché la cabeza y al volverla a levantar ya no quedaba rastro de su melena rubia ni de su ajustada ropa.
Dos días más tarde daba comienzo el viaje de algunos residentes de Cité Universitaire y todos esperábamos el autobús que habría de llevarnos a Praga. En esta ocasión no miré a nadie intencionadamente, pero sin saber cómo, tenía los ojos clavados en una francesa menuda, con la mirada clara y el pelo castaño, que no cesaba de enredar sus enormes bucles en unos dedos finos y delicados. Toda ella era proporción y armonía y cada parte de su cuerpo poseía el tamaño justo para convertirla en una criatura mágica, a medio camino entre un buen verso y un cuadro sublime. Me miró y me sonrió aún a lo lejos. Luego tendría ocasión de hablar con ella, aunque estaba claro que había un autobús entero lleno de personas que me estorbaban para llevar a cabo tal fin.
Ni siquiera me viene a la memoria cuál fue la primera frase que intercambiamos, o si yo le hablé ella o fue ella quien me habló. Ya de madrugada, me pidió un favor que yo jamás habría catalogado como tal, y que era factible sólo porque nos sentábamos en asientos contiguos. Me preguntó si podíamos apoyarnos cada uno en el otro, lo que se tradujo en que su suave pelo caía en mi brazo derecho y su cara estuvo a tan solo unos centímetros de la mía durante horas. A aquello tampoco estaba acostumbrado. ¿Cómo se suponía que había que actuar cuando en la parte trasera del autobús había cinco asientos, y por lo tanto más personas a nuestro lado? ¿Debía besarla en la oscuridad de un túnel? ¿Y si en realidad sólo quería apoyar su cabeza porque la había vencido el cansancio? Mi autoestima nunca fue tan alta como para considerar tan siquiera la posibilidad de que se interesara en mí, pero su olor hacía las delicias de mi olfato y yo sólo quería verla abrir los ojos que conservaba cerrados, de manera que los míos quedaran justamente en frente de los suyos. Al final desapareció igual que la corredora, con la sola diferencia de que cada vez que reparo en mi hombro derecho, no puedo evitar acariciarlo por si queda alguno de sus cabellos, un poco de su aroma o simplemente tal que ahora, puedo revivir tan exquisito recuerdo. Supongo que es el premio de consolación para quienes no aprovechan la vida en un determinado momento.
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Mon coloc Julián
Mon coloc Julián ne mange que du porc, parce que d’après lui toute autre nourriture est dégueulasse. Il habite au fond du couloir, à côté de la porte de notre appartement, toujours planqué dans sa chambre ou dans le salon, allongé sur le canapé et à regarder des matchs de foot ou la partie du journal télévisé qui traite des sports.
Julián ne sort jamais la poubelle avant qu’elle ne soit pleine à craquer; tellement il économise en plastique. Les rouleaux de papier toilette, il les achète de mille en mille, et il en utilise deux par jour et par fesse. Son grand ordi déconne, un peu comme lui, le con, et les courts-circuits de sa carte mère sentent le brûlé comme sa tête. Mon coloc ne fait jamais la cuisine. Il garde ses denrées dans le frigo, occupant toute la place sauf le bac à légumes, qu’il nous permet d’utiliser en entier. Quant aux médicaments, il possède presque une pharmacie dans le tiroir en dessous du téléviseur; quoiqu’ils soient pour la plupart périmés, il refuse complètement de les balancer à la benne. L’extremeño tire bien profit de tout, bien que parfois il n’y ait rien à tirer, ou que le bénéfice soit aussi mince qu’un vingtième de sou.
Julián communique dix fois par jour avec sa copine. Il raccroche son portable lorsqu’il a son oreille droite qui chauffe et dès qu’il finit de parler, il regarde sa montre pour vérifier qu’il n’a pas dépassé la limite de quatre-vingt-dix minutes gratuites de Vodafone. Il essaie d’arrêter de fumer, bien qu’il y essayât même avant d’avoir commencé. Il se trouve stressé la plupart du temps car il ne fume pas autant qu’il le veut et alors, il cherche des excuses pour allumer une cigarette tirée d’un paquet de tabac toujours prêt.
Julián me gronde tout le temps à cause de ma maladresse et ma négligence. Selon lui, il est la seule personne à bien nettoyer chaque pièce de l’appartement. Mais à dire vrai il a tout à fait tort, puisqu’il ne voit que la saleté qu’il choisit de voir et, bien sûr, ne remarque pas les traces de merde qu’il laisse quand il se dirige vers moi pour m’emmerder. La moitié de sa nourriture est en train de pourrir, mais il préfère s’en débarrasser au moment où les mouches la survolent après trois jours au lieu de nous en faire cadeau, tant il est généreux.
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El mejor vídeo porno de Internet
Aprender a descargar material de Internet le costó mucho trabajo. Cuando por fin lo consiguió, se convirtió en una especie de enfermedad para él: no podía dejar de bajarse porno. Una vez que ya manejaba el programa JDownloader, acabó sumergido en una página web con caracteres orientales y la imagen de una chica en el centro de la misma, bajo la cual se mostraba un icono de un disco duro al lado de la palabra “download”. Le encantó la tía, así que acabó por descargarse el archivo de un servidor de descargas extranjero, después de una espera de sesenta segundos que se le hicieron eternos.
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De l’autre côté du tram
Malgré la voix qui lui priait de ne pas prendre à gauche, il le fut. C’était le chemin du tramway et il s’était dit qu’il marcherait pour prendre l’air et arriver un peu moins bourré chez lui, histoire de ne pas avoir le « lit volant ».
Mais une partie de lui songeait au lit, à la tiédeur de la couette et au chauffage central irradient la petite matrice de sa chambre.
Il se débattait contre la gravité et essayait de marcher droit, se concentrant pour regarder les premiers marchands ouvrir leur magasins: un boucher, un fleuriste (combien de fleurs vend-t-il vraiment?), un boulanger, « défilé de clichés », pour faire court.
Ça et une chaleur qui le dynamitait au niveau des pieds et le faisait marcher sans empressement ni paresse.
Il eut un moment de tremblement à cause d’une pente qu’il n’aperçut pas et qui le fit sentir une pression momentanée sur le talon. Il regarda autour de lui pour vérifier si personne ne le regarda mais il trouva le visage d’une rue balayée de personnes par le froid matinal.
Il ferma un œil et se tint contre le poteau d’un « sens interdit » pour arriver à lire le nom de la rue.
Il sut alors qu’il n’avait qu’une rue à parcourir pour atteindre le tramway et s’encouragea en silence pour continuer la marche. Après tout, à pied, ça aurait été plus long et il ne voulait pas dormir dans la rue, car, d’après lui, « il n’était pas de ce genre de fêtards ».
Lorsqu’il arriva à la station il se disait qu’il n’était pas de ce genre, qu’il n’était jamais tombé si bas. Dormir dans la rue n’était donc une possibilité et il s’assit sur le siège et dévisagea le temps d’attente, mais avant, il balaya du regard l’arrêt qu’il crut vide.
Une fille vint remplir ses yeux, c’était merveilleux, croyait-il. La ville était un endroit entassé; mais à cette heure de l’aube, près du premier transport, il n’y avait qu’elle et lui.
Il ne voulait pas parler, cela lui sembla simplement beau, sans clichés, sans prétentions, simplement agréable, comme un beau tableau, comme un bon repas, comme un lit chaud; et il sourit en l’air. Leer completo…
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Desflorar un himen
Desflorar un himen siempre es más fácil de lo que parece cuando uno no lo ha hecho nunca. No lo hemos de considerar nunca como sexo propiamente dicho, sino como la puesta a punto de una mujer para futuras relaciones. Habrá quienes digan que la primera vez puede ser sorprendente, que han podido vislumbrar fuegos artificiales, etc. Con casi total seguridad son hombres y estaban tan encantados con la idea de su primera relación, que todo les parecía bien. Pocas mujeres disfrutaron la primera vez. No he ido haciendo ningún sondeo, pero es una pregunta que he planteado a muchas mujeres con las que tenía la suficiente confianza.
La primera vez que desvirgué a una mujer no lo hice con mi pene. Los dos estábamos borrachos y no teníamos preservativos. Por más que intenté penetrarla, ella cerraba sus piernas y me recordaba lo importante que era ponerse una goma. -No está lo suficientemente borracha- pensé. Empecé a penetrarla con los dedos en pos de que se calentara y se olvidara de la dichosa gomita, pero no dio resultado. Cuando le acaricié el clítoris con la palma de la mano emitía unos gruñiditos casi imperceptibles. A mí me parecía nerviosa, pero al notar que mi dedo se metía sin más preámbulo en su vagina, con seguridad experimentaba auténtico miedo. Gritó: -¡Para, soy virgen! Pero ya era tarde… Su virginidad se la había llevado mi dedo corazón. ¿Quién me iba a decir que era tan fácil?
La siguiente vez la penetración era sencillamente imposible. Adoptaba posturas que la dificultaban hasta extremos insospechados o me decía que iba muy deprisa. Dos horas, no juzgaba que fuera tanta velocidad. Al final lo conseguí y se puso a llorar a lágrima tendida. Me suplicó que la sacara… Lo hizo esa vez y muchas sucesivas. Una gotita de sangre quedó en las sábanas de un hotel y yo cada vez comprendía menos a los árabes, que anhelaban paraísos de vírgenes. Las sucesivas continuaba diciendo que le dolía. No sé si hicieron falta veinte o treinta, para que dejara de quejarse. Era insufrible.
La tercera y última ocasión fue menos insufrible. No lloró y tampoco decía nada de que le doliese, no creía que estuviera disfrutando. Después de tres o cuatro actos sexuales más con interludios demasiado dilatados, la oía pedir que siguiera en lugar de que parara. Al cabo de una semana me preguntó -¿No te gusta ser el primero que ha usado mi chochito?-
-Bueno-, dije yo. -No me importaría que la fase de entrenamiento la hubieras hecho con otro, pero desde luego me ha gustado.
-Tu polla en cambio la habrás usado con más mujeres. ¿Con muchas?-
-Una milésima parte de las que me hubiera gustado.
-¿Y sabes cuántas?- continuó.
-No. Prefiero no valorar la cantidad. Si no acabaría yéndome con tías que no me gustan- francamente estaba harto de preguntas.
-¿Puedes enseñármela? Es la primera que veo una.-
-Mírala.
-¿Es grande, pequeña o normal?
-Tiene la mitad del tamaño que me gustaría. Pero eso también le pasa a muchos hombres, o al menos eso he entendido a raíz de sus comportamientos.
Después un hombre llega a cierta edad en la que ya no es recomendable ir por ahí rompiendo hímenes. Y es cierto que muchas cosas dan pena, como envejecer o ver morir primero a tus abuelos y después a tus padres. Sea como sea, un himen no forma parte de ese grupo de cosas y bajo ningún concepto, debe ser considerado como un regalo. El hacerlo así lleva a pensamientos malsanos y desviados que dañan la salud mental. Una verdadera bazofia de la que se nutren religiones y en general los fanáticos.
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