Durante las vacaciones de Navidad

Me había acostumbrado en los últimos meses a prestar mucha atención cuando la gente hablaba. Era normal, puesto que vivía en un ambiente francoparlante y cada palabra contaba. Tenía que ser descifrada y traducida o conseguir que me hiciera una idea directa de una realidad que podría resultarme vital.

L’inscription pédagogique, le RER, pardonnez-moi monsieur, vous aviez rendez-vous avec Madame la Coordinatrice?

Y si no vital, intrínseca a los eventos sociales y festivos: Passe-moi la chicha, celle-là, qui s’appelle Schöfien; peux-tu me prêter ton ouvre-boîte?; à quelle heure ferme le métro? ; ça fait combien pour la bière? c’est gratuite l’entrée, jusqu’à quelle heure? Demain je vais rater mon cours!

En cambio ahora llego a Madrid y la gente habla español. Y casi parece mentira que los vagones de metro no estén llenos de trucs y de quois; o que el kebapero de la esquina te diga “tío” den lugar de monsieur.

Es curioso cómo hasta antes de mi estancia en el extranjero, sólo había vouvouyeado a los profesores y sin embargo, hizo falta una segunda persona para comunicarme de tú a tú con los franceses en un tutoyeo informal.

He cambiado de línea de teléfono y de contactos en estos días navideños; y el carné universitario de la Sorbonne Nouvelle por el DNI.

Me pregunto qué pasará cuando abandone definitivamente esa ciudad con catorce líneas de metro, cuatro tranvías y otros tantos aeropuertos; tropecientos millares de autobuses nacionales e internacionales y cartes vélib para deportistas de la bicicleta. Todos ellos moviéndose, en trayectos dispersos, otras veces rutinarios, millones de kilómetros al día recorridos por otros tantos de personas que sólo tienen en común el no dirigirse a ninguna parte. ¿No es maravilloso?

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