El día que robé un lápiz de memoria

Caminaba por Calle Elvira como cada día antes de ir a las clases de la maestría. A cada paso que daba me acercaba más al Gran Circo Ibérico, en el que pasaríamos cinco horas de nuestro tiempo sentados frente a un ordenador, mientras una voz incesante nos martilleaba los oídos.

Junto a mí caminaban muchas más personas en fila, no pudiendo hacerlo de otra forma a causa de lo mucho que se estrechaba la acera. España era como el Máster (Obligatorio) para Profesorado de Secundaria: leyes absurdas, administración penosa y resignados ciudadanos apáticos que no hacían nada contra el origen de todos sus males. Oí que un mostrenco desarrapado decía a su perro: “¡No me mires con cara de hambre!”

De pronto a la persona que caminaba delante de mí se le cayó algo del bolsillo. Era a todas luces un estudiante, con una mochila Adidas al hombro y me pareció que vestía ropa de marca. Recogí rápidamente lo que resultó ser un lápiz de memoria y corrí tras él para dárselo. Justo cuando iba a tocarle el hombro para que se volviera, reparé en que una pulsera de España rodeaba su muñeca. En enero de dos mil once sólo había dos tipos de personas capaces de ponerse algo así: quienes se beneficiaban de la injusticia social -como por ejemplo gran parte del personal universitario, que curiosamente tenían relaciones de matrimonio, consanguinidad o amistad con quienes probablemente los habían ayudado a entrar; lo cual hacía que estadísticamente fuera extrañísimo que además se tratara de los más aptos-; o los adinerados que aún no habían probado en sus carnes cómo trataba esta nación a los desfavorecidos, porque provenían de familias que se habían acomodado sobre los huesos de los obreros. Muchos de ellos no condenaban al franquismo -¡porque en la guerra civil había dos bandos y ninguno estaba en posesión de la razón absoluta! Y cuando las tropas nacionales llegaron a España, gritaban ¡Viva la República!-.  Por si fuera poco, se quejaban de las exigencias de la prole; como aquellas ocasiones en las que les daba por hacer huelga. -¡Ni que así fuéramos a salir de la crisis, oiga usted!- Por supuesto también estaban los tontos, pero esos cambiarían de opinión en cuanto alguien se lo dijera desde lo suficiente alto.

-¡Anda y que te jodan! ¡¡Por español!!- grité.

Pero siguió hacia su destino sin oírme, porque la música acallaba mis gritos; igual que el dinero de sus padres el descontento que experimentaría de otra forma. Así pues me sentí orgulloso de robarle algo.

Esta entrada fue publicada en Granada, Master enseñanza secundaria, Política, Sociedad, UGR y etiquetada , , , . Guarda el enlace permanente.