Los veranos no había gran cosa que hacer. Aquél no era un lugar costero, todo el mundo se conocía entre sí y las emociones más intensas que los habitantes del pueblo vivían eran un chascarrillo sin gracia o un pedo en una reunión de amigos de toda la vida. Parecía no haber lugar para la ambición, ni para la aventura. Rodrigo, Juan y Marcos habían ido al chalé de Ernesto. Se zambullían en la piscina y salían inmediatamente para tenderse en la hierba.
-¿Qué vamos a hacer esta noche?
-No sé. Estoy desganado.
-¿Vamos al bar de Trini?
-Anda ya…
-Siempre estás igual. ¿Por qué no?
-¿Para gastar pasta y ver los mismos caretos de siempre?
-Eres un amargado.
-No, lo que pasa es que aquí no hay nada que hacer. ¿Por qué no nos vamos a otro sitio?
-Mis padres no me dejan el coche.
-A mí tampoco.
-¿Pedimos unas pizzas?
-El pizzero no viene hasta aquí ni de coña. Habría que ir a buscarlas.
-Pues yo no voy.
-Ni yo.
Las horas pasaban y el aburrimiento se convertía en atroz. Juan tenía ganas de llegar a casa para conectarse a Internet. El universo virtual le parecía infinitamente más apasionante que sus veranos en el pueblo. Ernesto se quedaría allí a dormir y había invitado al resto, pero Juan no quería quedarse. Se despidió de todos y se fue caminando a casa. Sería como una hora de caminata, pero no le importaba. Lo deprimía estar con aquella gente, aunque los apreciara. Internet era mejor. Tal vez pudiera hablar con alguna chica.
-¿Vas a venir mañana? – preguntó Marcos.
-No sé…
-Pues que te den por el culo – sentenció Rodrigo.
-¿Dónde vais?
-Aquí, ¿dónde coño vamos a ir?
-Yo paso.
-Pues que te den por el culo.
Rodrigo fue a por unas cervezas y Juan abrió la verja, corriendo el cerrojo desde el otro lado. El hormigón de la carretera humeaba y la cuneta estaba llena de matojos secos, envoltorios y demás envases que los conductores arrojaban. No había más que unas cuantas casas descarriadas y ni una sola persona a la vista. Aunque antes de partir se había zambullido en la piscina, el bañador dejó de estar húmeda a los cinco minutos. Escupió al suelo y el escupitajo se consumió hasta desaparecer. Sin duda vivía en un pueblo de mierda y le dolía que sus amigos no fueran capaces de verlo. Le dolía porque no querían acompañarlo a hacer un viaje en interraíl. Porque pasar allí el verano era como una condena y un desperdicio de la juventud. No conocería a ninguna chica, igual que el verano pasado y que el anterior. Tampoco iría a ninguna verdadera fiesta. Como mucho a la fiesta de la espuma en un pueblo de al lado, pero sólo hablarían entre ellos y no conocerían a nadie. Tampoco se besarían con nadie. Irían a la playa uno o dos domingos y comerían bocadillos sobre dos hamacas alquiladas para cuatro personas. Y aquello no era vida, ¿por qué sus amigos se conformaban? ¿Por qué lo odiaban cuando les recordaba que sus vidas eran una mierda?
-Este pueblo es una mierda.
-Ya estás otra vez.
-Es que no hay nada que hacer.
-Eres tú el aburrido. Mañana hemos quedado para tomar café.
Tomar café en un bar de viejos. Ver pasar a los mismos de siempre, que contarían historias parecidas. Emborracharse en un polígono y levantarse con resaca, para ni tan siquiera considerar que se había divertido. ¿Quién en su sano juicio podía desear eso?
