Casi podía visualizarnos. Nosotros éramos dos monos, y ninguno éramos el más listo de la manada. Pero yo había comenzado a intentar tallar una piedra y a él no le pareció lo correcto.
Imagínense tres bicicletas a la disposición pública, una e las cuales está pinchada. Alguien experimentado en parcheo de cámaras de aire, decide arreglarla para poder usarla en ese momento y dejarla luego arreglada para el disfrute del resto de sus conciudadanos.
El homo stultus me observaba en silencio, mientras apretaba los puños y se hinchaba aún más. Había pasado su vida yendo al gimnasio. Soñaba con ser policía. Su alto concepto de la justicia lo movilizaba contra toda acción que pudiera perjudicarlo.
Reparé en un ordenador libre, cual homo habilis que nunca sabe cómo hacer frente a un homosapiens de saltarse las colas. Tenía un programa que exigía el pago para poder utilizar aquél puesto. Al parecer había habido un cambio en la academia de Inglés ESE, y el cambio estaba encaminado a permitir a los impacientes conectarse a cambio de aumentar sus ingresos. Todos ganaban…
Pero nadie quería pagar. Sobre todo porque en aquella sala atestada de ordenadores sólo había dos con el programa y no estaban las cosas como para ir dilapidando dinero que podría ser gastado en alcohol. Funcionaban con windows xp: ¿Y si probaba a hacer algo tan sencillo como pulsar f8 e iniciarlo en modo a prueba de fallos con red? Era algo que todo el que había usado windows xp durante años sabía: f8 después de la BIOS y antes de que salga el logo… Failsafe mode with network (¡que para eso estudiábamos inglés!) ¡Eureka! Ya tenía mi piedra tallada. Esperaba que algún otro no tuviera la idea de copiarme, e intuí que no era el único que utilizaba el truquito para saltarse la cola.
Mi intención era comprobar el correo electrónico, pero el homo stultus me la tenía jurada desde que comprendió que estaba usurpándole un puesto que por jurisprudencia le pertenecía.
-¡Pero cómo coges el ordenador, con toda la gente que hacemos fila!
Lo dijo en voz alta, para que todos lo oyeran y contemplaran su heroicidad. Yo, que estaba de espaldas, me di media vuelta, porque esperaba que cuando le adujera mis razones, me dejara comprobar el correo electrónico durante un minuto, en premio por la talla de la piedra. Luego podrían utilizarlo ellos. Incluso se me ocurrió el ejemplo de las bicicletas. Lo que ocurrió es que no me fue posible derivar la conversación por aquellos derroteros.
-Es que el conocimiento, también es importante.-
-También es importante, ¿no?- dijo, seguramente para darse tiempo de pensar una respuesta.
-Pero es que tú no eres el técnico aquí, ¿o sí eres el técnico?
-No.- Respuesta breve y simple, para ver si lo dejaba terminar con su queja y me dejaba de imponer la razón del que ha paga el abono mensual del gimnasio, para que yo pudiera así exponerle los hechos.
-¡Pues te pones y haces cola con los demás! ¡Te pones y haces cola!- Aumentó aún más el tono de la voz, así que me dije que la única dialéctica que entendería sería una patada en los cojones, y que igual yo no era tan bueno en la retórica como para propinársela antes de que él me hubiera asestado un puñetazo en algún sitio poco conveniente, o me citara a salir a la calle mientras yo me preguntaba por qué había arreglado un ordenador en vez de tallarme una piedra para golpearlo con ella. ¡Mierda de habilidades modernas!
-Pues entonces lo apago y lo dejo como estaba.- ¡Bien, había encontrado una respuesta que me permitía salvar algo de orgullo en lugar de tener que confiar en pegarle primero, o en coger distancia y rezar para que no fuera rápido.
Se detuvo durante cinco segundos, como si de pronto hubiera comprendido todo lo que le hubiera aducido.
En tono más bajo añadió: -Bueno, pues lo apagas y haces cola con los demás.-
Lo apagué y se fue hacia otro ordenador. Ya estaba libre. Probablemente aquella enorme cola era subjetiva, o puede que algún par de ordenadores se hubieran quedado libres mientras él trataba de coger mi bicicleta, desdeñando el hecho de que estaría pinchada de no ser por mi parche. La gente de alrededor a decir verdad no estaba demasiado atenta. Unos chateaban a través del portal Tuenti (¡maldita red social de españoles analfabetos informáticos!) y otros mandaban correos a sus países. Tampoco éramos todos españoles: había gente italiana, que lo miraba pensando que comprendía mucho más de lo que en realidad comprendía. Un par de turcos que dejaron de entenderse por sus webcams, para que sus padres oyeran de fondo un idioma extranjero que les recordaba a los guerreros agitando sus sables sobre un camello. ¿Por qué narices habría deducido que hablaba español? ¿El también era de esos que habían recibido una beca de inglés del estado español, para ni siquiera hacer el esfuerzo de pronunciar algo más largo que un par de palabras?
De pronto María la valenciana que andaba por allí, y que había observado nuestra discusión sin entender tampoco nada, me preguntó: -¿Pero qué te ha pasado con ése?-
Aproveché que por fin había pillado un ordenador: -¡Pues porque es un GILIPOLLAS!- dije un par de veces, con miedo a perturbar a los de las webcams con una palabra española tan internacionalmente conocida, o a que los italianos asintieran, reafirmándose en su condición de hispanoparlantes pasivos e incluso activos si había españolas de por medio. También cómo no, volviendo la vista hacia el homo stultus, por si le daba por levantarse y pillarme por la espalda de nuevo.
Entonces observé los pechos de María, de refilón, como el que no quiere la cosa. ¿Por qué no podía evitar hacer aquello? En ese caso no se hacían distinciones entre todos los homínidos. Algo nos inducía a parar la vista en ellos y yo no iba a ser menos.
-Luego te lo cuento- me despedí en voz baja, mientras salía a la puerta para que el orangután de los glúteos definidos no me viera hacer cola. Al fin y al cabo, un correo electrónico de más o de menos, no merecía dar un mal fin a aquellas vacaciones en las que hablé inglés hasta quedarme afónico por culpa del aire acondicionado.
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Después del mundial de futbol, me quedé pensando en Maradona. Este año viví con un argentino y comprendí lo que, en la práctica y cotidiana vida de un argentino promedio, es la gloria pasada. Me llamó la atención lo mortífero del ídolo. Un deportista que toca el cielo de lo más cercano a la guerra desde hace medio siglo, y regresó como el hijo pródigo que viene de las Cruzadas, habiendo conquistado la Tierra Santa.
Después, es decir, a los veintitantos, la fama y la fortuna fueron suyas: las bebió y las inhaló, asediado por la prensa, que se sirvió de él para mostrar la decadencia del héroe. Fue negocio, él se rehabilitó y siguió viviendo de su gloria pasada, engordó, mucho, y como premio por su vida de parranda, lo pusieron al frente del batallón que debía de enfrentarse a enemigos de distintos colores, como en cualquier juego de video, pero con mucho dinero de por medio.
Perdieron, pero Maradona ya tiene una iglesia y cuando se echan raíces en la religión, la posteridad está asegurada. ¿Que es un juego?, de acuerdo, ¿que la iglesia católica no lo prohibe? Me parece fenomenal, porque es gracioso, una foto de Maradona en lugar de una cruz o de su versión con un hombre colgando de ella, mejor, imposible. Yo diría que, entre broma y broma, la fe se asoma.
Es un ídolo maldito, una mezcla entre mártir, héroe, santo (o dios) y, claro director técnico del batallón albiceleste, con panza de haber visto muchos partidos y bebido cerveza durante todos ellos.
Y no sé por qué, pero eso me llevó pensar en Juan Gabriel. Los mexicanos disfrutan señalando las diferencias que les parecen irracionales, se burlan. Pero, ¿qué pasa con Juan Gabriel? Veamos. Es un ídolo popular, canta el dolor de un pueblo, les da canciones que les recuerda la manera de sufrir que es la suya. El desamor, la muerte, el olvido: tragedia. Lo curioso es que ese ídolo, que tiene un papel similar al de Maradona (alcoholismo, prensa, decadencia pública -catarsis pública-, etc), sea homosexual, es decir, que es curioso que una sociedad homofóbica en la práctica, no rechace a un cantante como Juan Gabriel, sino que lo eleve al grado de orador en nombre de todos, y lo transmita de generación en generación. Me parece fenomenal, que una sociedad pueda falsear sus convicciones cotidianas. No sé si la homofobia habrá disminuido. Pero hay otros héroes populares, todos sufridores, como Maradona, alcohólicos, sobre todo: José José, José Alfredo Jiménez. Algunos dirán que lo que importa no fue su gusto por la bebida, sino las canciones que dejaron. Sí, pero en las canciones también se refleja, el alcohol puebla las canciones, las tiñe de dolor sincero, pero que es pura borrachera.
Y las cantamos y las aprendemos, y alguna vez, nos enteramos de la historia de los ídolos, en la wikipedia, quizás, y entendemos lo que nuestros padres sabían: nos gustan los mártires, entre más sufran, mejor es la catarsis. Si es alcohólico, perfecto, a sacarle jugo porque las personas necesitan en qué entretenerse y, con el tiempo, en qué creer.
¿Cómo se transmiten esos héroes? Fácil, se maman:
-Hijo, vení, te voy a enseñar una jugada se llama “la mano de Dios”. Y el niño que obedece y comprende que es un contrato social que le va a servir toda la vida.
- Ya, pongan a Juanga, pero las que son pa’ bailar, mijo. Pon la que dice: “Querida”.
-Pero esa no es pa’ bailar, tía.
-Tú ponla y vete a jugar con tus primos y deja a los adultos beber en paz.
Pero no somos los únicos, están los mártires del rock, los presidentes, los actores. Los escritores ya no. Desde que se acabaron los héroes de guerra y las liberaciones (salvo las que están en curso, gestando nuevos héroes para llamar a las calles), necesitamos decadencia de otras fuentes. Nuestro ídolos son el reflejo de nuestro morbo, un morbo por ver qué pasaría si yo, habitante promedio y anónimo, tuviera fama y riqueza: pues haría como los ídolos, que para eso son en quienes se cree. Ese es nuestro reflejo, escritores, cantantes de verdad, músicos, pintores, escultores, oradores, todos van siendo sustituídos por un futbolista y una cantante que no canta, pero baila, que se ha rehabilitado un par de veces, y que, para colmo, no aporta nada con su discurso – el nombre es lo de menos, cada país tiene su equivalente pop o lo importa de un país que tenga la misma lengua o en inglés, si no hay más remedio.
Por cierto, para cerrar el bicentenario de la Independencia, el gobierno Federal (ojo con la mayúscula), decidió invertir recursos públicos para traer al zócalo capitalino a dos estrellas, completamente gratis y para toda la familia: Lady Gaga y Shakira. El Norte del país está inundado por el desborde de una presa, pero eso puede esperar, porque en el centro, la capital, el viente porciento de los electores está malhumorado porque el sistema de drenaje está mal diseñado desde que el DF es tal, provocando embotellamientos, accidentes, etc. Hay que apaciguarlos, Panem et circenses para los centro, igualito a lo que vieron en la tele durante el mundial, las mismas mujeres de belleza ideal. Y pues, flotadores inflables para el Norte.
¿Cómo le estará yendo a Maradona? y ¿Maradona conocerá a Juanga? ¿Cantará sus canciones?
Menudo Olimpo nos hemos montado para el siglo XXI.
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Borrarse, diluirse, saltar a un momento sin tiempo. ¿Qué hay detrás de ese deseo? Un olvido, como querer olvidarse de sí mismo, voltearse como una calceta, oreando las entrañas al aire. No hay método.
El estado de trance no sirve para estos fines porque es sobre todo una relación con el cuerpo, que se convierte en una cuerda y vibra hasta la última falange.
Borrarse es más complicado y tampoco hay droga que valga. Hay que desmontar el armazón del ser, con la atención de un niño y la finura de movimientos de un relojero, para esparcir los pedazos y ver qué hay dentro. No es para limpiar la carcasa y las junturas internas, sino para elucubrar una razón para que la vida que uno tiene, sea como es, y no de otra manera.
Borrarse es también dejar de comer o, más precisamente, perder el apetito y sentirse débil apenas; es poner el estómago en la palma de la mano y esperar que algo llegue con el viento para alimentarnos, cual heno, y que, al tocar una pared, la pepsina, si es que no se degrada con el aire, roa la superficie de yeso o concreto y nos permita, no sentirnos fuertes, sino apenas seguir deambulando.
Borrarse es fundir los recuerdos y las sensaciones, confundirlas, confundiéndonos a nosotros mismos: una nalgada propinada en el lugar de la madre, a la propia madre que luce, no como uno mismo, sino como otro niño que, a su vez, pertenece a otro universo temporal, aunque, ¿qué quiere decir esto si todo lo que fue ya está muerto?
Borrarse es mezclar los recuerdos, confundirlos, fundirlos, amasarlos, unirse a esa masa y cocerse en un horno hasta que la última ceniza sea llevada por el viento que dejará correr el panadero de un lugar que, quizás, se habrá visto de paso en algún viaje que no debía ser, pero fue.
Borrarse en mezclar las sensaciones, el amor por tal o cual persona que se creía al otro lado de la envergadura de nuestros brazos, que creían abrazar el amor; es ver actuar las palabras y gestos de alguien a quién se ama, puestos en la boca y cuerpo de alguien que se conoce poco, y descubrir que se ama también a esa persona, tal vez por lo que evoca de otra, pero ¿no es todo el amor una idealización narcisista?
Borrarse es borrar por dentro las barreras, romper los diques que dejaban correr el flujo de la moral, cerrar los ojos y ver cómo lo “verdadero” se desgaja, como el árbol más débil frente a un rayo de morales distintas y convincentes que no se conocían de cerca.
Borrarse es morder tu propia mano hasta que el hueso de la muñeca, más fuerte que la mandíbula, desencaje el maxilar.
Borrarse es deslizarse cuesta abajo por una ciudad cuya pendiente empedrada siempre nos ha gustado, es dejarse rodar hasta que llegue una jauría de perros a roer la carne que la pendiente no hubiera arrancado, y ver a las ratas masticar la parte del cerebro que ha quedado sobre una piedra gris, sin saber -porque ¿qué saben las ratas sino ser desagradables?- que estará comiendo la parte donde de encontraba un recuerdo placentero, así como una acción motriz que no se utilizó durante los años de burócrata o autómata.
Borrarse es olvidarse de sí mismo. Suena sencillo, pero no lo es. Borrarse es ceder a la entropía del mundo sin que sea importante.
Borrarse es fluir, sin dolor, con el río absurdo del mundo de los hombres, y no sufrir por la presencia de esa sinrazón, sino caminar a su lado, al menos por un instante que sea eterno.
Borrarse es como morir, el orgasmo también, es como borrarse. Y si A=B y B=C, entonces, ya saben, se pueden hacer juegos de palabras. Morir es como el orgasmo de un borrador que se viene. El orgasmo es borrarse, sin morir, para que el orgasmeado-moribundo no se borradorice y se muera, sin morir, es decir, después del orgasmo y el borrador, es decir, del “borrarse”, el orgasmeador pasará con la muerte, pero no va a morir, porque la muerte viene por un orgasmo, para borrarse un poco de sus deberes, aunque aseguran -¿quienes lo aseguran?: no lo sé, supongo que los que harán reír a la muerte un día- que para la muerte, el orgasmo está en cada vida que borra, ese es su goce - cuentan.