Desde pequeño, fui un cobarde y un pusilánime. No porque contara con menos fuerzas, menos inteligencia o menos maldad que el resto; simplemente, sentía entre vergüenza y miedo de todo el mundo.
Tenía tan poca confianza en mí mismo… Me duró hasta los veinte años. Si aguardaba en una cola y alguien no respetaba mi turno, no rechistaba. Nunca pensaba tener la razón de mi lado: Recuerdo que una vez, un imbécil me golpeó con el puño cerrado en la cara, por haberle tirado sin querer al suelo, un dulce que comía durante el recreo. De buen grado se lo hubiera pagado, en caso de haber llevado dinero encima y a pesar de ser un accidente comprensible; no obstante, se le ocurrió darme un soberano puñetazo y yo me quedé callado, sin mediar palabra, medio humillado y medio avergonzado por mi torpeza.
Claro está, dado mi carácter, tenía una predisposición enorme a que todo el mundo abusara de mí; lo que unido al hecho de que era distinto a los demás, me convertía en el objetivo de todas las burlas e injusticias.
Nunca me metí con nadie ni intenté provocarlo y aún así, nadie perdía la oportunidad de darme una colleja, un puntapié, robarme el bocadillo o insultarme. No me habían enseñado a defenderme, siempre había estado sobreprotegido y sobre todo, jamás me había enfrentado a un problema que no solucionaran por mí mis padres. Más miedo que el daño que me pudieran hacer, me daba el que yo le pudiera hacer a los demás; temiendo que albergaran posteriormente aún más ojeriza e inquina en mi contra. Me invadía el sentimiento de culpa que te inculca tu padre cuando te pega sin motivos y encima te obliga a pedirle perdón; se había convertido en horchata la sangre que debería haberme corrido por las venas.
Inesperadamente, algo me indujo a la rebelión en un momento concreto de la adolescencia que no sabría datar. A partir de ahí, contrarresté con muchas palabras, mi falta de arrojo; comencé a levantarme una y otra vez, para que volvieran a pegarme. Eso era lo que exasperaba más a mis agresores, que siempre volviera y protestara sin atreverme a acometer ninguna acción violenta. El motivo, era precisamente que había dejado de tener miedo, y que por poco que aprendiera a usar el cuerpo como un arma y a defenderme, en cambio ellos tendrían muchas razones para tenerlo. Aquél día que sucedió el cambio, no sé qué alto cargo del Ministerio de Educación, pasaba junto a nuestra excursión. Pregunté a un compañero que tenía al lado: -Oye, ¿ese calvo es el no sé qué de educación?- Una hostia me llegó por detrás: -¡No hables así de mi padre!- Ni siquiera había preguntado por el padre de mi agresor, que también se hallaba presente, sólo por el ministro de educación. Tampoco lo había hecho en ningún término despectivo. Pero aquél que me pegó, no buscaba desagravio a causa de un insulto, sino ridiculizarme. Cuando otro adolescente de los que hacíamos cola para entrar a ignoro cual espectáculo, le planteó la supuesta misma cuestión, contestó no pudiendo reprimir una risa socarrona: -Es el calvo ese con gafas.- Fue la última vez que me callé. Intenté reivindicar mis derechos de ser humano por las buenas.
Luego, rumié la escena y la crueldad durante largo tiempo, pero fue aquél instante el que sin duda, años más tarde, me convirtió en alguien capaz de mearse sobre un vencido meramente para demostrar mi superioridad e infundir el pánico del que yo mismo había sido presa.
Cada vez que recuerdo, cómo se reían y mofaban a mi costa, siento ganas de matarlos. No ya de darles una paliza, sino de que sus cuerpos queden inertes, ensangrentados y tendidos en la tierra, junto a mis pies. Podría tomar una botella y rompérsela en la cabeza, o una navaja y cortar sus carnes como mantequilla; como mínimo, está claro que les asestaría un gancho con todo el coraje que acumulé durante todos los años que me sometieron a un yugo invisible sobre mi cuello vergonzoso y carente de hombría… Desgraciadamente, ahora sería aún más irrisorio plantarme ante mis antiguos agresores, tantos años después y sin que ninguno me haya hecho nada aceptablemente reciente para dar pie a la venganza.
O acaso sí. El último hijo de puta que me ha faltado el respeto, es El Etarra. Retiene a mi perro, por una deuda insignificante. También me ha despreciado y menoscabado, dándome droga de mierda y tratándome como a un enganchado. No se trata del abusón que constantemente me hacía sufrir el escarnio público; tal vez, ni siquiera me odie más que a los otros y es de menester aclarar que en ninguna ocasión, se propasó conmigo físicamente. Sin embargo, tengo claro que va a pagar por todos ellos. También por todo aquello: Las palizas sin motivos que soporté sin más que intentar contener o sujetar a quienes me las propinaban; las veces que me desollé los nudillos estrellándolos contra la pared, en lugar de contra la cara de quien me tocaba los cojones; las vejaciones delante de Adriana, que seguramente la habían hecho verme como un pedazo de mierda desprovista del más mínimo vestigio de valentía.
La justicia no existe, así que buscaré una venganza que no es tal, con una cabeza de turco que sólo ha rozado mis pelotas, en comparación con las veces que me las han roto a patadas. Pero ahora ya no me da miedo lo que pueda hacerle a los demás ni las consecuencias; que el profesor me riña por una reyerta escolar, ni que los demás me hagan aún más el vacío. No sólo voy a usar todos los medios que estén a mi alcance para joderlo; sino la experiencia y la mala leche de los años que he mal vivido por mi cuenta, sin protección ni mandato, gozando con fruición del libre albedrío, entre la podredumbre, con los mejores hijos de puta maestros en bregar, timar, engañar y aprovechar cualquier ventaja posible sin importar su decoro.