El ingeniero de las palabras
Soy el ingeniero de las palabras. Antes quise ser poeta, pero ahora se me hace una meta demasiado sencilla. Escribir en verso, mucho los han hecho; de hecho, deseo dedicarme a mucho más que eso.
Lo escribo todo. Lo sé todo del teatro, de la danza, de la vida.
Es como si cada oído y cada ojo hubiera estado recogiendo información para mí durante siglos y luego toda hubiera sido transmitida a mi cabeza. Como si cada olor, cada textura y cada sensación ya la hubiera vivido y ahora estuvieran almacenadas en mi memoria.
La punta del lápiz, el sacapuntas, el portaminas y sus minas; la pluma con su plumín, su émbolo, su capuchón, su botecito de tinta, sus cartuchos; el sobre y el folio, la lacra, la fecha, la carta, la firma, la rúbrica y los mejores deseos expresados a pie de página: Todo me pertenece y lo poseo, lo utilizo, me sirvo de él, lo manipulo, lo arreglo, lo limpio, lo cuido, lo atesoro y finalmente lo comienzo a emplear de nuevo.
Si obtener algo anhelas, no tienes más que pedírmelo. Tengo guantes grandes, pequeños, de algodón, de lana, de todos los colores. Guantes que podrían ponerse en tus manos y abrigarte, resguardarte, protegerte. Amigos de los de toda la vida, de los de la envida de tus amigos, de los que sólo se conocieron en una fiesta, de los guapos, de los feos, de los altos, de los bajos, de los inolvidables, de los olvidados y de los que a ti te gustan.
Y es que además de todo saberlo, todo tenerlo y todo recordarlo; todo lo puedo.
He nadado en el aire, volado en el agua. Me he enterrado en el cielo y me han vitoreado hacia mundos subterráneos.
He amado, he odiado, he reído, he llorado, he añorado, he engañado, he sido leal, he traicionado, he despreciado y desprestigiado; he alabado y denostado, vituperado, vilipendiado. He andado, he caminado, he corrido y hasta reventado.
Me han adorado muchos hombres y mujeres de cualquier raza, religión y paradero. Y todos me han regalado sexo, caricias, ilusiones y disgustos, malentendidos, calumnias, injurias, malos gestos.
Mientras lees esto, te he arrancado los ojos, robado los oídos, besado la boca, desollado vivo y ahora eres mío. Te permito seguir usando lo afanado con tal de que me sirvas, idolatres y te postres ante mi digna efigie como si no fueras nada y yo lo máximo de lo máximo.
Claudica, abandona tu actitud defensiva y júrame obediencia eterna para siempre antes de que cambie de opinión y se distienda esa mano que has de rozar con los labios, mirar siempre desde abajo, contar leyendas de muerte y caos acerca de una vez que te arrojó el guante; amansarte a su sombra, acurrucarte y guarnecerte de la lluvia en la seguridad de su gigantez.
¡Ámame! Es la última vez que te lo pido.
Fdo.: El ingeniero de las palabras.
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Examen práctico: Operación carné de conducir
Uno de los calvarios más grandes en los que jamás me he inmiscuido motu proprio fue ese día en que me embarqué en una empresa tan ardua como la consecución del carné de conducir.
En cualquier caso no parecía haber mucha más alternativa: Para prescindir del tan por todos denostado trasporte público español, es menester obtener el permiso de conducir tipo B.
Todos esos cientos de coches que vemos circular cada día están ocupados por un conductor que ostenta dicho título -al menos en teoría-, y algunos de ellos son verdaderos energúmenos al volante… ¿Cómo iba a saber yo que iba a costarme tantísimo dinero y esfuerzo, habiéndolos visto a ellos?
Poco dotado en general para los ejercicios de habilidad, haciendo gala de un nerviosismo enfermizo y de un despiste sistemático y reiterado; no soy el candidato favorito para aprobar a la primera un examen práctico.
La noche anterior al examen, no sé cómo; en lugar de padecer el insomnio que me azota en circunstancias semejantes, dormí a pierna suelta. Me desperté media hora antes de que el despertador sonara, y una vez hube tomado una vigorizante ducha, me serví una doble tila.
Púseme la ropa, tomé un frugal desayuno y encamineme hacia la ubicación donde habrían de recogerme para dar mi última clase preexaminatoria que extrañamente se desarrolló sin incidencias.
La larga espera mientras otros dos compañeros de calamidades fracasaban -esto lo sabría después- en la prueba impuesta, estuvo aderezada por los comentarios de una chica a la que conseguí imbuir de mi nerviosismo. Galantemente otorgué mi lugar en el orden en que habíamos de sentarnos al volante, en la absurda idea de que este gesto se vería premiado de algún modo.
Luego, mientras ella manejaba el coche; me maldije mil veces por aquella concesión: Su recorrido fue mucho más fácil y era el que me hubiese correspondido a mí.
No obstante; durante mi itinerario, llegué a cambiar de marchas sin que el vehículo diera tirones; me introduje en la rotonda por el carril adecuado para girar a la izquierda, cambiándome al de la derecha oportunamente antes de dirigirme hacia la dirección indicada; respeté pasos de cebra, semáforos señales de alto y también de ceda el paso; me incorporé a la circunvalación de manera correcta manteniendo la fluidez del tráfico y sin adelantar por la derecha; salí por el carril de desaceleración reduciendo las marchas de manera que llegué a la rotonda en segunda y tomé la salida de la Chana con una mesura hasta ese momento desconocida para mí.
El nerviosismo me invadió al imaginarme aprobado y a tan solo escasos metros del que fue el lugar de partida. El objetivo estaba cerca como para que mi cerebro empezara a buscar un hueco donde estacionar y discurriera acerca de la forma más correcta de hacerlo.
Me lo podría haber ahorrado: El examinador no me mandó más que hacer una simple parada.
Estaba suspenso por haberme saltado un ceda el paso alegremente a escasos metros de ese destino final que me aguardaba insidioso.
Mi profesor, el cual me había impartido las clases; comunicome que si aquel funcionario se contuvo las ganas de propinarme un cogotazo, no fue más que por una simple falta de confianza.