El libro de poemas más hermoso del mundo
Una vez existió un hermoso libro de poemas. Tanto, que los demás pasaron a considerarse secundarios; tanto, que todo el mundo recordaba, cantaba y citaba cada palabra en él escrita.
De autor anónimo, llevaba por todo título el nombre de una mujer desconocida.
Hubo asociaciones de fanáticos que anunciaron oficialmente que darían una fuerte recompensa a aquella mujer si aparecía.
Y es que estando en el libro tan bien dibujada y descrita; no cabía ninguna duda de que el público la reconocería.
Surgieron como setas miles de impostoras que quedaban descartadas del primer vistazo. Impostoras que por su intento de fraude eran condenadas a la lapidación o a la horca.
Y la mujer cuyo nombre portaba aquella obra, sin embargo, no se dejaba ver.
La recompensa siguió así pues engrosándose hasta tal extremo, que hizo acto de presencia una nueva oleada de suicidas codiciosas.
Pasaron los años y el gobierno prohibió el libro. Se destruyeron todos los ejemplares. El motivo fue que no quedaban más que dos mujeres gemelas idénticas; y de otro modo, sólo se hubiera salvado una, contando nuestra especie con la mitad de posibilidades de supervivencia.
Pero la gente, que todavía recordaba algunas páginas, decidió que bastaría con que sendos hombres las poseyeran y así se discerniría cuál era la auténtica diosa del amor. Después, contemplándola, alguien podría escribir de nuevo el mismo libro.
La primera de ellas, mató de un orgasmo ciclópeo al que tuvo la suerte de yacer a su lado. La segunda, hizo el amor a un hombre que pudo vivir para contarlo.
Para que algo de belleza prevaleciera en un mundo donde ya casi no existían mujeres, acordaron que mejor que dos, era más romántico conservar sólo a la inspiradora del libro de poemas más hermoso del mundo. Asesinaron a la otra cuyo único amante no había sucumbido, quemándola en una enorme pira situada en el centro de la Plaza Mayor.
¡Se equivocaron! ¡Lamentable error! Pues al quemarla, observaron cómo se arrojaba junto a ella un hombre que no concebía seguir viviendo en su ausencia.
Cuentan los más viejos, que antes de morir, la diosa del amor pronunció con su último aliento… -¿Por qué me odiás? Me llamo… -Mas su vida se extinguió antes de acabar de pronunciar su nombre y a partir de ese día y por más tiempo que se ha dedicado al asunto, nadie ha conseguido recordar el título del libro de poemas más hermoso del mundo.
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Yo aprendí a leer con Micho
A aquellos que vivieron sus primeros años de escolar en la víspera de los noventa, tal vez recuerden el método que por aquél entonces se usaba en algunos centros para introducir al docente en la lectura; el cual fue rápidamente descartado -digo yo-, por razones pedagógicas.

La familia Micho estaba compuesta por Mamá Micho, Papá Micho y los hijos Morito, Canelo y Michín. Era una forma de empezar que ya dejaba entrever los valores clásicos familiares a los que se hallaba supeditada la obra.
El eje del aprendizaje era que a cada una de las peripecias de algunos de los miembros de la familia, correspondía una letra. Sin ir más lejos la j fue un sonido que descubrieron el día que papá Micho y uno de sus hijos fueron a pescar y luego, a la hora de dar buena cuenta de un pez, el niño se atragantó con la raspa. El sonido que pronunciaba era más o menos el de la jota, al tiempo que carraspeaba e intentaba expulsar la raspa.

Por suerte salió ileso de la experiencia y mi generación pudo acabar de aprenderse todo el alfabeto español -eso sí, ¡sólo el español! Con su che, que se representaba por una mano tapándose la boca como para tapar un estornudo y sin uve doble, que no pertenece al español-.
Cada letra era también asociada con un color, aparte de con un ademán asociado a la experiencia que se relacionaba con el fonema en cuestión.

Leer así, era algo farragoso. No sólo había que estar pendiente de la pronunciación, sino también del gesto correspondiente a cada letra que demoraba la elocución del sonido durante todo el tiempo que se prolongaba su pronunciación.
Así pues frases como: Ese oso ríe se realizaban así como “ee” (mano hacia abajo, repitiendo la letra un par de veces), “ss” (dedo tapando los labios), o (o con los dedos pulgar e índice), etc.
Del mismo modo que en otro artículo me jactaba de ser de las últimas personas en aprender a usar las obsoletas máquinas de escribir mecánicas; hoy lamento haber padecido este método pedagógico de lectura que afortunadamente no siguió en vigor.
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