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Revisión del gas

Llegó esta mañana como una exhalación, tocando al timbre. Ring… Ring… Me abroché la bata que llevaba a las dos de la tarde para taparme el pijama. Los revisores del gas trabajaban en uno de esos absurdos oficios que se crean cuando hay mucha gente buscando dinero y pocos lugares en los que obtenerlo. Miran la fecha de la goma que une la válvula al hornillo o al calentador. Si está caducada la cambian y si no, hacen una medición con un curioso aparatito, en la que comprueban si existe algún escape de gas. Traen una gran maleta metálica donde portan todos sus aparatos, aunque en realidad sólo usan ese. En realidad cualquier persona con una cerilla podría comprobarlo por sí mismo sin riesgo, bastando pasarla y ver si se enciende alguna llama. En caso de que lo hiciera, la taparía por su base con el propio dedo y se apagaría sin problemas. Aparte esas típicas mangueras naranjas con una fecha escrita en el lateral, ni siquiera han de ser sustituidas tan frecuentemente. En cualquier caso, su desgaste se produciría según las condiciones de luz, calor y humedad a las que se hallen expuestas. Aquél era un revisor de gas que pertenecía a una generación nueva de españoles: alcóholicos, incapaces de trabajar sin drogarse mientras; maldiciendo cada día que tenían que levantarse y haciéndolo todo de mala gana. En realidad, quizás no fueran tan distintos de las antiguas hornadas de proletarios; lo que ocurría era que se habían acostumbrado a comodidades que el nuevo panorama económico no concede a la clase baja.

Lo peor del trámite que me proponía es que vivo de alquiler y por lo tanto estos gastos corresponden a mi casero. No obstante, la revisión del gas es algo que realizan varias compañías y hacerle caso omiso, no acarrea ningún tipo de sanción en los domicilios particulares. Obviamente todo el mundo se escaquea de ella como puede, no abre a los revisores o en caso de hacerlo, se niega rotundamente a la revisión. Mi bloque está poblado de gente anciana que no abren a nadie que tenga pinta de querer venderles algo. A mí no me parecen mal las visitas. Además suele ser gente que sabe agradecer un poco de amabilidad, pues su trabajo no es precisamente grato. La última vez, una mujer que rondaba la treintena intentó endosarme una promoción en la que nos regalaban la instalación para el gas natural. No paraba de quejarse a gritos de que en este edificio nadie contestaba cuando llamaba a cada uno de los timbres. Trabajar a comisión es una de las características de la gente empleada por las compañías del gas en cualquiera de sus ramificaciones. Aquellos individuos se veían obligados a realizar un trabajo cuyos clientes les huían, mientras que su sueldo dependía de la cantidad de los mismos. Normalmente no percibían ningún salario base, con lo cual eran contratados a espuertas. Según la época aparecían hasta varias veces por semana en el mismo barrio. Una vez conocí a un tipo que fue revisor de instalaciones durante un tiempo y me contó que a veces no lograba cobrar ni una sola revisión en todo el día. Por lo visto era algo que había ido a peor con los años, pues cada vez eran más numerosos quienes decidían no pagar por el servicio y llegaron a existir tres pretendientes para el cambio de cada goma naranja, que por otra parte son vendidas en ferreterías con una fecha de caducidad a tres años vista. Su acento del Zaidín era inconfundible y su historia también. Seguramente acabó el instituto con catorce años, se dio cuenta de que un tubarro en su escúter no lo iba a sacar de apuros  y ahora trabajaba haciendo revisiones sin esforzarse demasiado. Apuesto a que vive con sus padres y su novia es cajera o está en paro. Tiene los ojos entornados y su felicidad me cuenta claramente que está colocado. Se ha fumado un porro antes de salir de casa esta mañana. Los jóvenes carteros, revisores de los contadores de agua y luz también lo hacen, así que no me sorprendí en absoluto.

Yo había visto a mi camello hacía poco. Me había vendido diez euros de marihuana y tenía una calidad exquisita. Últimamente casi todas las personas que conozco venden marihuana, así que cada vez se hace más fácil obtenerla en gran cantidad y a buen precio. Parece que la consideración de profesión va a tener que matizarse para aclarar la situación de estos individuos; eso o meter a cuatro de cada diez universitarios pobres en la cárcel, pues han decidido que lo único que pueden hacer en una ciudad sin trabajo, es vender droga que comprará el dinero de los padres de los niños pijos. Aquel yoni probablemente no conocía a ningún universitario:

-Hostia, ¡cómo huele a María!- Hizo una mueca mientras se imaginaba fumándosela. -¿Vendes? Continuó.

Por su forma de proponerme hacer de camello en un pasillo, me di cuenta de que era un pardillo. -Sí, claro – le contesté- pasa.

Cogí mi bolsita con la hierba a la que le faltaba más de la mitad. Le dije: -Esto son veinte euros picha. Está muy buena y creo que no has probado nada igual en tu vida. ¿Nos hacemos un porrillo para que la pruebes?- Lié un porro y comencé a fumarlo. Su impaciencia por que se lo pasara lo hacían mirar el tamaño del petardo todo el rato. Se lo pasé y le pareció excelente. Una vez ya habíamos cerrado el trato, le di la bolsa no sin antes sustraer un par de cogollos. Con sus veinte euros compraría cuatro veces más de lo que le había dado. Aquello era lo más parecido a meterse a puta y acabar pagando por follar, pero no me daba pena, pues mi suministro de narcóticos se había visto resuelto súbitamente durante una semana completa.  Me dio la mano y me dijo su nombre. Yo le di la mía olvidando decir el mío. Salió por la puerta veinte euros más pobre. Había gastado parte de su poco dinero en comprar algo capaz de sacarlo de su miseria mediante la irrealidad que produce la alteración del sistema nervioso. Y realmente no había hecho un mal negocio; aunque yo lo había hecho mejor.

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¡Comenta el primero! - ¿Qué te ha parecido?  Escrito por Misosofos - 04/02/2010 at 03:02

Categorías: Granada, Pequeños relatos   Tags: , , , , ,

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