Tengo una tristeza de las de trabajador vago asalariado la víspera de un lunes, de las de huérfano el día de la madre, de las de mi novia me ha dejado por mi mejor amigo, de las de despedida del cadáver de un ser querido, de las de ojalá me quisiera un poco la dama de mis pensamientos.
Es una tribulación sorda, seca, alienante, desesperada y abrumadora como los chillidos de un mamífero cuyo cuello está enteramente rodeado por las fauces de un león; más loca que la impresión de un padre que ha sido el único superviviende de un accidente de coche en el que viajaba toda su familia; tan descorazonadora como la de dejar morir a un hijo por no tener leche con la que amamantarlo.
Lloro intermitentemente a cada ráfaga de viento; el mismo aire que mece la ropa del tendedero y forma las olas, me turba hasta límites insospechados. Resbalan por las mejillas lágrimas de suicida a la postrera visión del extremo de una soga atada a una viga.
Pero hoy al menos he comprendido perfectamente lo que me hace falta: Un par de cojones. Tendré que echarme las manos al cuello, a ver si los llevo de corbata.

Menuda capacidad de descripción emocional. Joder, ya me gustaría para mí…Lástima que nos dices cual es la conclusión a la que llegas, pero no las premisas que te llevaan a élla. Tú dirás: ¿y a quien coño le importa? Vale, tendrás razón. Pero a mi me pica el gusanillo, para qué voy a engañarte.
Te daría un masaje en las cervicales, pero me abstengo, vaya a ser que me sorprenda tu corbata y entonces sí que se te pasa la pena en un plis
Ars gratia artis, Airuna!