Una habitación en la que he vivido momentos especiales

A veces la nostalgia es inevitable cuando se vuelve la vista atrás. Y en sí misma, no creo que haga mal a nadie. Lo malo es cuando las expectativas de futuro no superan o igualan a lo que se echa de menos. Aquella noche supe que me encontraba ante un nostálgico del amor cuando llegó con cara triste, se paró junto a mí y me dijo:

-He reservado la habitación ciento seis.

Miré en la hoja de llegadas y en el ordenador. Tanto en el papel como en el programa, había una nota: “Cliente que afirma haber vivido momentos maravillosos en la habitación ciento seis. No le den ninguna otra y no lo trasladen bajo ningún concepto.”

Sin embargo le habían asignado la doscientos seis. La ciento seis estaba ocupada por una pareja. Aunque la habitación que le habían dado también era de cama doble, el tipo venía solo. Le propuse que al día siguiente lo trasladaríamos a la ciento seis, pero me respondió que sólo pasaría una noche en el hotel. Me mostró un correo electrónico en el que otro miembro del equipo del hotel Astor accedía a sus deseos. No podía hacer nada, aunque estaba comenzando a darme lástima.  Supuse que los momentos maravillosos los había pasado en compañía de una mujer. No obstante, nadie se reunió con él a lo largo de toda la noche.

Al cabo de una hora volvió con la mirada baja. Me pidió que alargara su estancia un día más con tal de tener la habitación que había pedido en un principio. Le aseguré que así sería, sin tan siquiera comprobar la disponibilidad. Casi me dieron ganas de decirle que sólo iba a hacerse daño a sí mismo y que lo mejor era que se fuera. Si comenzaba a imaginar a la otra persona que estuvo con él de pie en cada uno de los rincones, tumbada desnuda en la cama o recién salida del baño; sólo lo llevaría a compadecerse de sí mismo.

El hecho de que esa misma noche fuera mi vigésimo octavo cumpleaños ya me había tenido toda la semana rememorando el pasado. La llegada del cliente nostálgico no hizo sino agravar el problema. Empezábamos a abrirnos paso en la vida a gatas y cuando queríamos darnos cuenta, el trecho recorrido era demasiado grande para cambiar de ruta. Por otra parte en dos semanas finalizaría mi contrato en un instituto público de Rennes. Me daba tanta pena decir adiós para siempre a los adolescentes a los que había estado dando clase durante los últimos siete meses, que estaba tentado de no aparecer de nuevo. Me imaginé a mí mismo volviendo al instituto medio derruido dentro de muchos años, acariciando muros desconchados y abriendo puertas carcomidas. Recordando entre aquellas paredes a los adultos que un día fueron los muchachos a los que yo enseñaba español. Sin duda llegaría a la conclusión de que los quise y de que los echaba de menos. Al igual que un tiempo que ya no volvería.

Esta entrada fue publicada en París, Rennes. Guarda el enlace permanente.