Perico y Scottex - Capítulo IX Marichu

8 Mayo 2008

Una yonqui en toda regla. Si los yonquis siguieran un modelo, ella sería un paradigma de la primera declinación droga, -ae. O el verbo drogo, dorgas, drogare, drogavi, drogatum.

Ni siquiera se acordó de que había quedado con Perico para echar un polvo.
Eso sí, el muy cabrón llevaba días sin aparecer. Normalmente, siempre sacaba pasta de sus viejos, que estaban forrados y a pesar del eogísmo inherente a un enganchado, compartía con ella la farlopa. Incluso se picaron caballo juntos, a pesar de que estaa claro que el sexo no lo iban a practicar bajo sus efectos.
Perico era, de hecho, el hombre más caballeroso con el que se hubiese compartido cama y jeringas. Y si bien es cierto que los candidatos eran muchos, tampoco constituían oposición alguna.

Si la ausencia de estupefacientes en las venas, no la hiciera extrañar con tanta fuerza sus drogas, sin duda habría echado de menos al propio Perico, sólo por como era de atento, con un remanente de gallardía mucho mayor que el yonqui profesional de a pie. Y la única persona del mundo capaz de ser galante con Marichu, que hasta entonces había vivido en la firme creencia de que los prolegómenos consistían todos en una frase que siempre contenía las palabras “chupar” o “polla”.

Quizá por eso, Marichu, decidió usar sus últimos veinte céntimos que le quedaban para llamar al único sitio donde podría estar Perico. Hacía ya dos semanas que no aparecía y sólo podía encontrarse en la casa de sus padres. Había ido perdiendo los amigos en cuyas casas se apalancaba, porque eran indigentes y desahuciados, y ya no querían tener nada que ver con basura humana.

Sería el colmo para una insigne señorita de dientres podridos y cabello débil, sucio y escaso, que le faltara su caballero de la brillante jeringuilla, polvos blancos, intento de polvos abúlicos a caballo y ropa polvorienta.
Puesto que en casa de Perico, ya conocían su tono y curva de voz, Perico jamás recibiría mensaje alguno a causa de aquella llamada. Él se había marchado a cuidar a Scottex, que, a fin de cuentas, le importaba mucho más, y a Pedro; el padre de Perico y tocayo suyo, jamás se le habría ocurrido pasarle el recado a su hijo. Demasiado educado era ya con no llamarla deshecho asqueroso, sucia drogadicta zarrapastrosa o algo peor. Le pidio que no viera más a su hijo (que nunca había dejado de serlo). Ahora que sabía que probablemente no estaba consumiendo narcóticos en cualquier parte (si quisiera hacerlo, Marichu no habría llamado), había recobrado una brizna de escéptica esperanza.

Debido a alguna reminiscendia de cariño y empatía hacia su hijo, que no siempre había estado hechado a perder; casi se enterneció. Como si un hijo, fuera cual fuese su trayectoria, mereciera seimpre tener unos padres que creyeran en él.
Pero su dureza se impuso y caso vociferó: -¡Bah! A ver cuánto le dura ahora. No le doy más de otra semana.

Y se sentó en su aristocrático sillón de cuero, prendió un cigarro con algo de condimento cannábico y recordó los tiempos de Felipe González, al principio, cuando fumar porros ni siquiera era ilegal y la droga no estaba demonizada hasta el punto de que se enviciaran con ella jóvenes ávidos de lo prohibido, en busca de un placer sublime e inmediato. Era una idea que desencajaba tremendamente con su mente de reaccionario contumaz. Mas aquél hombre, no por ser contrarrevolucionario dejaba de actuar con la lógica, que imponía la única máxima universal: Hace falta legislar no desde el proteccionismo, sino desde la experiencia y el utilitarismo más elemental.

Perico y Scottex - Capítulo VIII Adriana

7 Mayo 2008

Adriana no siempre tuvo la misma forma de ser. De hecho, ni tan siquiera sincrónicamente hablando poseía una sola. Solía quedarse sentada en alguna parte ajena a los demás en las fiestas, con la mirada bajada, como si nada le interesara de cuanto la rodeaba; se apoyaba contra una pared en caso de ausencia de asiento.

Esta actitud cambiaba radicalmente cuando bebía o se drogaba. Entonces eran los demás quienes se apoyaban contra la pared, apabullados, atónitos y perplejos por su arrolladora presencia. No había más chicas en la fiesta, sólo ella. Las otras, parecían ser parte interte del decorado o al menos, sí que se lo pareció a Perico el día que la vio por primera vez. Borracha perdida, echándole un lazo rojo del pelo al cuello a su amiga (papel que cumplía, aunque no fuera considerada así); ecadenando un cigarrillo tras otro, siendo invitada a copas y escandalizando a todos con su comportamiento deshinibido, como surrealista y sempiternamente provocador. Un chaval, al que se le ocurrió preguntarle el nombre, se llevó como regalo una de sus sorprendentes mentiras. -Me llamo Josefina- dijo. Y el tipo se quedó callado, como no pudiendo decir “qué nombre tan bonito”, tal y como seguramente tenía pensado de antemano.

No solo era singularmente bella, sino que era propietaria de unas facciones exóticas, distintivas. Tampoco se limitaba a ser preciosa. Poseía un talento especial para cualquier tipo de actividad artística. Incluso a veces su sensibilidad la hacía sufrir episodios del síndrome de Sthendal.
Algo así sintió Perico nada más haberla atisbado. Por primera vez dio gracias por que existierra el arte en todas sus formas. Ello había tornado posible que a su vez, existiera una chiquilla semejante.
Y al principio, pensó que podría conformare con eso. El mundo estaba infinitamente lleno de sentido, acaso sólo porque habitara en él aquella criatura.

Por supuesto, Adriana era una de esas mujeres con antifaz y sombrero negro y una espada siempre en la mano, presta para grabar una zeta en cualquier superficie. Para divertirse, hace falta ser un poco zorra; según sus propias palabras. Y de este modo, quedaba justificado para ella, el empleo de su naturaleza seductora para cualquier menester, aun sin pretenderlo, en gran número de ocasiones.
No soy en absoluto femenina, se decía así misma modestamente. Además, tampoco sabría seducir a nadie, continuaba. Sin poder remediar en medida alguna que para cualquier hombre pasada la pubertad, aquellas palabras sonaran tan inverosímiles como si brotaran de una Venus de Botticelli haciendo propaganda de un museo de arte moderno siguiendo la última corriente vanguardista, sustentada en la esquizofrenia colectiva del hombre del siglo XXI.

Así vivio Perico hasta encontrarla en la cuneta. Enamorado de ella, y de un amor tan grande como el que sólo Adriana era capaz de inspirar. Su nombre, se convirtió en el más precioso del mundo, en tanto que recordaba a ella. Si cualquiera otra se hubiera llamado igual, la habría recordado a ella solamente.
-adenñasm ese nombre con otra portadora, resultaría tan ridículo como Antonia Antonia… ¡Por favor!
Aunque, qué bien sonaría Antonia si Antonia tuviera ojos de Adriana, pelo de Adriana, piel de Adriana, boca de Adriana y fuera capaz de llevar a un hombre al orgasmo, con sólo echarle el humo lentamente a la cara.

Perico, ni siquiera se hallaba en disposición de masturbarse pensando en ella. O de acordarse de ella mientras practicaba el sexo con otra mujer; tan solo sentía apatía y ganas de terminar.
No supo ni insinuársele. Por eso, cuando Adriana intentó meterle la mano en el pantalón, no le fue posible más que huir. Sintió algo parecido a un budista al que Buda le hablaba de viva voz, o un filólogo hispánico manteniendo una conversación sobre gramática con Álex Grijelmo o el espíritu de Lázaro Carreter, que Dios tenga en su gloria. Demasiado extasiante para soportarlo.

Supo que en su obsesión, jamás podría querer a otra mujer. Es más; comprendió que nunca había querido a ninguna hasta hallarla a ella. Tal vez se tratara sólo de un obseso. Pero si no lo fuera, sólo habría algo que lo obsesionaría más que Adriana: Su propia obsesión por ella. Y esa fue sin duda, la época en la que ambos comenzaron a consumir drogas duras. Adriana, al principio con desmesura y sin embargo, perdiendo el hábito pasado un año, cuando terminó en la cuneta. Perico, más cauto, en lugar de autodestruirse durante el mismo tiempo y después abdicar, decidió ir consumiendo primero poco a poco, aumentando gradualmente la dosis conforme el acostumbramiento se lo permitía con total comodidad. Hasta ahora, no lo había dejado y quizá una pérdida total de conciencia consiguió que jamás volviera a enamorarse, pues tampoco volvió a estar en pleno uso de sus facultades mentales y en la compañía adecuada. Ni tan siquiera después de quince años, lo había conseguido; si bien era cierto, que últimamente había desistido totalmente en el empeño. O eso, o quizá de verdad la biología no da ninguna explicación satisfactoria del mismo modo que tampoco el sentido común.

Sin duda, era un romántico en un tiempo en que el romanticismo estaba tan obsoleto como los duelos a priemera sangre, arrojar el guante al suelo o fumar tabaco negro en pipa.

La vigésima primera edición del DRAE, definía así el amor:

m. Sentimiento que mueve a desear que la realidad amada, otra persona, un grupo humao o alguna cosa, alcance lo que se juzga su bien, a procurar que ese deseo se cumpla y a gozar como bien propio el hecho de saberlo cumplido. Uniendo a esta palabra la preposición de, indicamos el objeto a que se refiere: como AMOR de Dios, de los hijos de la gloria; o la persona que lo siente: como AMOR de padre.

Justo antes de morir, comprobaría que esa definición se había cambiado. Que en la RAE habían echado al poeta, y ahora ocupaba su puesto y letra un biólogo.

1. m. Sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser.

Y ese fue el libro que más lo marcó. La obra suprema. ¡Un diccionario! Cambiando el orden de las palabras en él escritas, se podía redactar cualquier obra pasada y futura. Sólo había que encontrarlo afortunadamente. La poesía eran las mejores palabras en el mejor orden. Y el diccionario las contenía todas.

Así pues, Perico era un drogata cuya musa no experimentaba por él ninguna sensación ni remotamente semejante a sus sentimientos por ella; lo cual lo convertía en una especie de Clyde sin Bonnie, Romeo enamorado de una Julieta colgada de un atractivo francés que la tenía encandilada, o simplemente un cocainómano para el que la única persona que importaba, decidió abandonarlo con su nieve y un perro de postín que se había degradado y cuya verdadera identidad, le era desconocida a pesar de llamarlo Scottex; que para colmo de males, no apareció hasta años más tarde de esta primera crisis por Adriana y que, dicho sea de paso, actualmente se recuperaba a buen ritmo. Incluso Perico juzgó imprescindible una desparasitación para él. Ambos, iban a cambiar de vida: Haciaquince años de lo de Adriana. ¡Ya bastaba de vivir del pasado! ¿Qué sería si no, de la calidad de vida, o de, como él anunciaba “una vidad de calidad”?

La niña y el niño

6 Mayo 2008

Por un error de reparto de la compañía de cigüeñas, la niña y el niño acabaron abandonados a su suerte en una isla desierta.
La niña se acostó bajo un árbol, y el niño buscó en la orilla restos de naufragios. Luego, hizo fuego por la noche para cocinar dos pescados.
La niña, no tenía hambre, se limitó a esperar a que las brasas de la lumbre de enfriaran, y quedaran convertidos a un carboncillos que harían las veces de grafito.
El niño recogió ramas y hojas, y construyó una techumbre entre dos palmeras, para resguardarse de la lluvia. Cuando hubo acabado su tarea, fue a pedirle a la niña que viniera a cobijarse junto a él, pero ésta estaba muy entretenida decorando las cortezas de los árboles. Además, había vaciado cocos y les había pintado cara. Los colgaba de las ramas y los llamaba por su nombre; mantenía conversaciones con ellos sobre menudencias filosóficas y artísticas.

El niño tuvo envidia de la niña, porque su vida era más bonita, a pesar de que los dos vivían en una isla desierta en exactamente las mismas condiciones. Así que intentó tomar carboncillos, pero sin esperar a que se enfriaran. Se quemó mucho las manos, y a pesar de ello, tomó más tarde entre sus magullados dedos, uno de aquellas ascuas apagadas. Sus cáscaras de coco, siempre se resquebrajaban al intentar sacarles el contenido. La niña no estaba comiendo, y por eso se permitía vaciarlas sin romper la cáscara. Así que el niño dejó de comer y abandonó sus labores de aprovisionamiento y seguridad frente a la climatología adversa.

Pero un día llovió, a cántaros, a mares, tanto como si Dios hubiera decidido llorar las blasfemias proferidas por los hombres en toda la historia. El niño fue a buscar a la niña, pensando que ambos se resguardarían en su antigua cabaña. Pero la niña, casi sin mirarlo, le habló por primera vez: -No necesito resguardarme en una cabaña. La lluvia no me mojará.-
Y por más que el niño insistió e insistió, acabó por marcharse él solo a su cabaña. Lo malo, es que se había dedicado a pintar cocos. Penosamente además, de manera que ni siquiera había contribuido a adecentar su hábitat. Ahora llovía y la cabaña se había destruido por el simple paso del tiempo y su descuido en cuanto a las reparaciones. Se metió bajo las escasas ramas y casi agarró una pulmonía aquella noche.

Por la mañana, famélico y tiritando, fue a ver a la niña. La niña había cogido perlas de las ostras y jugaba a las canicas con ellas. Tomó purpurina de los moluscos, arenas de diversos colores e improvisó una paleta. Entonces se volvió hacia él, mirando de frente como nunca lo había hecho. Le preguntó: -¿Qué te ha pasado?-
Pero al niño le dio mucha vergüenza de contarle la verdad. Como quería ser su amigo y ella le gustaba tanto, había estado imitándola; lo que ocurría era que un elefante jamás podía pretender ser una golondrina.
Contestó: -Pues… Algunos problemillas con la estructura de la cabaña. Pero los solucionaré pronto.-
-Ah, ya veo.- Repuso desdeñosa la niña.
Entonces el niño se armó de valor y le formuló una petición: -Oye, ¿quieres ser mi amiga? Me caes muy bien y ambos podríamos vivir juntos entre todos esos lugares que has decorado. Te ayudaría a adornarlo todo, si me enseñaras cómo hacerlo adecuadamente.-

La niña, continuó su tarea de pintura durante diez largos minutos, mientras el niño aguardaba impaciente. Por último sentenció: -¿Pero todavía no te has ido? En mi mundo no se emplean palabras que deterioren la belleza, sino que sólo se guarda silencio en las ocasiones en que no tenemos nada bonito que decir.-

Y se quedó sola, pintando y pintó un mundo nuevo que era casi tan hermoso como ella. Un mundo para ella.

Tengo hierba, tengo pasta

4 Mayo 2008

Tengo hierba en el suelo, sobre la mesa, en mis zapatos, en mi cartera.
Tengo hierba en el bolsillo, en la sartén, en la despensa, tengo hierba en un bote de especias.
Tengo hierba en en suelo, en los rincones, en casa de mis amigos, en el aula, en el banco, en el mésenller, en la nariz, en las uñas, y en mis calzoncillos.
Tengo hierba en una casa de campo, en la tierra, en el agua y en el bolso.
Hierba verde, hierba seca, hierba fumada, hierba de calidad, el mejor césped de toda la comunidad.

Manejo pasta que se combina con los mejores manjares, en la excelsa compañía de jóvenes ninfas de las altas esferas del modelaje.
La pasta que comen las divinidades, que tuerce voluntades, que a todos doblega.
La pasta por la que todo el mundo se humilla, y en lugar de chuparsre los dedos, le lame los zapatos al cocinero.
La pasta rica y abundante, que consigue que todo lo demás no importe y cuya tenencia convierte a uno en el centro de las miradas de cualquier sitio.
La pasta que hizo que la escuela de pinches de cocina italianos que me echó, creyendo yo que la vida era injusta; la pasta gracias a la que me meriendo a esos mequetrefes a mordiscos y me como la vida de postre.
Ninguna pasta como esta, ¡hecha con la mejor harina!

El secreto de la felicidad

3 Mayo 2008

Al contrario de lo que se suele aseverar en diversas ocasiones, la felicidad es algo fácilmente alcanzable por cualquiera que cuente con solamente dos factores.
La religión judeocristiana, la hipocresía, la cursilería, el romanticismo, la metrosexualidad u otras cosas de sarasa, bien entendido, han sido el sustrato sobre el que se han cimentado todas esas complejas teorías sobre que los seres humanos necesitamos una inmensa cantidad de chorradas; detalles como tener pasiones por la música, la literatura, la pintura, pequeños retos y que los planetas se alineen de forma favorable a nuestro signo zodiacal.

Estas dos cosas que hay en la vida, no son salud y dinero, ni dinero y amor; ni tan siquiera amor y dinero con una salud mediocre. Se trata indudablemente de las dos palabras que saldrían de la boca bajo cualquier forma, hacia un genio que hipotéticamente concediera todos los deseos posibles del mundo: Dinero y mujeres.

El niño desobediente

2 Mayo 2008

Mamá me ha dicho: -Hoy no se ven los dibujos, se ve la novela.-
Entonces me he puesto a llorar y aún así ella no me ha hecho caso.
Así que le he dicho, con la cara roja de rabia: -O veo los dibujos, o cuando te vayas les echo alcohol a las cortinas y las quemo-

Entonces mamá ha llorado mucho, pero me ha dejado ver los dibujos animados.

Perico y Scottex - Capítulo VII Scottex abandonado

2 Mayo 2008

Y allí estaba, plácidamente sentado en un sofá tapizado en cuero, frente a un televisor de plasma. Comía pistachos y fumaba un porro plácidamente en aquella habitación. De repente una idea terrible se le cruzó por la cabeza: Scottex estaba en su antigua pocilga, sin comida y sin nadie que lo cuidara desde hacía tres días.
Se acabó de fumar el porro, y lo olvidó; sanamente drogado y alucinado por sus efectos. No le pareció nada mal volver a colocarse sin drogas duras. Casi había olvidado el placer imaginativo y sensorial que constituía fumar marihuana. Por suerte para él, no tuvo que comprarla. Conseguir dinero de sus padres habría supuesto un hurto a sus padres y posiblemente, la expulsión del hogar paterno durante otra temporada. En lugar de eso, obtuvo la marihuana de su tía enferma de cáncer, que la fumaba por prescripción médica para aliviar sus dolores.
Ni siquiera hizo falta que se la robara. Prácticamente no fumaba, lo cual era una pena; porque la habría aliviado, y porque se trataba de cannabis de primederísima calidad. ¡Ah, la calidad! ¡Marihuana de calidad! La palabra fumar debería utilizarse sólo para fumar una marihuana como aquella. Lo demás, eran sucedáneos de esa misma acción. Y a Perico le gustaba, obviamente lo mejor. ¿O acaso es demasiado osado hoy día tener buen gusto?

Soñó despierto. Perico era un poeta que se subía a un gran cohete espacial. El objetivo era que ya que la conquista del espacio nos había hecho avanzar en la física, la química y el conocimiento del universo; también debía conseguir que alcanzáramos cotas más altas de literariedad. Por eso, el gobierno de China, la nueva potencia mundial, después de la caída de EE.UU. en la crisis que los condujo de la suma abundancia a la más absoluta miseria, quería mandar a un poeta al espacio. ¡Y él había sido el elegido!
Fue el electo para este cargo, por un poema que escribó en la universidad para Adriana. A todas luces, no podía más que él, el más indicado para la tarea de poetizar algo de por sí bello, como lo era el espacio.
Además, una compañía Holandesa, había pagado a BEIJING (nombre de una ciudad china, que pasó a designar también a la nueva entidad sustituta de la antigua NASA), para comprobar los efectos del cannabis en el espacio.
Siempre quiso ser poeta, y también fumar porros en el espacio.

Luego volvió a la realidad, consciente de que sólo había estado volando con la imaginación. Hizo acopio de fuerzas, se levantó, aún mareado y dijo a su madre, que estaba en el salón justo abajo de aquél en el que se hallaba Perico:
-Cojo las llaves, mamá. Tengo que ir a recoger a Scottex.
-¿A quién?
-A mi perro.
-¿Pero todavía lo tienes? ¿Aquél viejo perro sarnoso y raquítico? Dios, ¡qué asco! No se te ocurra traerlo a casa.
-Pero mamá…
-No hay peros que valgan. Tienes ya treinta y tres años. No tendrías que estar aquí. Tendrías que haber acabado tus estudios, echado novia y encontrado trabajo. Ahora podrías estar casado y tener una familia normal. Pero en vez de eso, ¡intentas traerme un perro sarnoso a la casa, que no estará mucho peor de lo que tú llegaste!
-Vale… Mamá. Ya veré a quién se lo dejo. Tampoco voy a dejar morir al animal de hambre, ¿no?
-Llévalo a la perrera y que lo maten. Ese bicho no está más que sufriendo. No sé cómo puedes quererlo tanto cuando lo cuidas tan mal. Aunque qué vas a cuidar tú… Si no te cuidas ni a ti mismo.
¡Con lo guapo que eras! Y lo salado… Y ahora, mírate. Empezaste con los porros y…
-¡Basta! ¡¡Cállate!!
-Ni se te ocurra levantarme la voz, Pedro. ¡Ni se te ocurra!
-Vale, mamá, lo siento. Me voy. Hasta luego.
-Cuidadito con lo que haces. Tu padre y yo hemos acordado que esta es la última oportunidad que te damos. ¡Y esta vez va en serio! Mantente alejado de las drogas. Demasiado es ya que te consintamos fumar porros en nuestro salón que está siempre apestado y es la vergüenza de las visitas.
Mira que fumigo las habitaciones con fragancia, pero no hay manera de que deje de oler a marihuana. Y decimos que es tu tía, que tiene que fumar; pero en realidad, todos saben que eres tú. Tu tía podía fumarse como mucho dos porros al día, para dormir mejor, pero tú, fumas dos cada media hora. ¡Vergüenza podía darte!
-Adiós, mamá.
-¡Y a ver si…- Pero Perico no acabó de oír la frase cuando ésta se vio acallada por un portazo y el sonido de unas piernas que bajaban a toda velocidad las escaleras. Casi se cayó, de lo colocado que aún iba.

Scottex estaba casi muerto en el suelo, sobre unas bolsas de basura despedazadas. No contaba con ningún tipo de grasa para los tiempos de inanición. Sólo había podido beber el sucia agua de un retrete que incluso a un perro como él le daba asco.
Lo tomó entre sus brazos, ignorando todos sus parásitos. Le ofreció unas chocolatinas que había comprado previendo la situación (que se repetía por tercera o cuarta vez en esta ocasión.)
Iba a necesitar muchos cuidados, y no se lo podía llevar a casa de sus padres.
¿Quién se podría hacer cargo de él? La verdad, es que no conocía a nadie. Y por otra parte, aunque lo hubiera habido, no le hacía ninguna gracia que un desconocido se quedara con su inseparable mascota Scottex.

Perico y Scottex - Capítulo VI La magdalena

1 Mayo 2008

Sentado a la mesa, con ropa obsoleta de hace seis años, un gran tazón de leche con cereales. De esos azucarados, de los anunciados en televisión.
La casa de sus padres, era mucho más cómoda que la suya propia y además, tenía comida, agua caliente, electricidad, teléfono y hasta acceso a la red, a través de un ordenador de sobremesa último modelo.
Le quitó el el envoltorio de la magdalena. Su casa estaba llena de recuerdos. La espada que había en la pared, le recordó cómo una vez, correteaba a su prima, desenvainándola. Al final, resultó que no la ensartó precisamente con la espada, y su padre se enteró al oírlos en su habitación, con sus risitas. Cuando lo vio de nuevo, le dio una fuerte bofetada en la mejilla derecha. Dijo: -Esto por lo de la espada.-
El sexo siempre fue tabú en casa de Perico. Tal vez por eso antes de engancharse a la droga, había sido pervertido, depravado y semental incansable.

Acostumbrado a no guardar ningún tipo de protocolo en la mesa, a causa de sus últimos años en libertad de la cómoda casa de sus padres; comenzó a comerse las migajas que estaban esparcidas por toda la mesa. Y entre migaja y migaja, escuchaba a sus padres discutir en la cocina. La causa era él, sin duda alguna. Hacía mucho que no aparecía por allí, y las medidas de seguridad como esconder el dinero y las joyas, no se habían tomado en consideración antes de su inesperada llegada.
Olvidó todo un poco aquello y su mente se ocupó de Adriana. -Adriana… ¿Dónde estará Adriana ahora? ¿Qué hará? Necesito marihuana. Necesito pasta para comprarla.-

Por qué no tengo antivirus instalado en el ordenador

30 Abril 2008

Los antivirus en los ordenadores, son como los condones en el sexo. Hacen que la experiencia de usar un ordenador, resulte mucho menos gratificante.

Bendesclous y Misósofos

30 Abril 2008

Bendesclous y Misósofos, están en el garito Vogue. Beben gintonic Bombay Sapphire porque nos gusta hacer cosas de hombres. Pero Bendesclous me muestra su inquietud porque los hombres, hacen más cosas además de beber.
Más cosas con mujeres. Y bueno, él tiene novia, pero creo que como es neozelandesa, no le importa demasiado.
-La verdad, Misósofos- Dice Bendesclous- Nunca he sabido entrarle a las tías. Me da un poco de vegüenza.
-Joder, Bendesclous- Responde Misósofos- A mí siempre me ha pasado igual. Si me las presentan, soy capaz de hablar con ellas, pero presentármelas yo mismo… ¡Preferiría que me tragara la tierra!-
-Oye, pues ahí hay tres que tienen pinta de francesas-
-¿Cómo lo sabes?- Pregunta Misósofos.
-Pues porque hablan en francés, una lleva una camiseta de la universidad de Marsella y yo de pequeño miraba* la televisión francesa y soy capaz de reconocer su acento.-
-Ah, hostia. Yo diría que es bastante seguro. Pues tengo una idea. ¡No veas, está guapísimo!-
-Anda ya, tío, tú estás loco.- Replica Bendesclous.
-Sí, verás. Mira, les digo que has venido de Suiza hace poco, que soy el único amigo que tienes y que aún no has aprendido español, porque llevas sólo dos semanas aquí. Entonces, les pido que te traduzcan algunas cosas que quiero decirte.-
Bendesclous se quedó alucinado con la estratagema de Misósofos. Así que éste último decidió llevarla a cabo, y se acercó a las francesas.
-Hola… Perdonad, ¿os puedo preguntar algo?-
-Lo siento… No habla** español.

Entonces Misósofos cayó en la cuenta de que su plan tenía una laguna. O más que una laguna, un océano entero. ¿Y ahora qué coño hacía?
Ya metido en faena, y como retirarse era demasiado deshonroso aunque aquellas guiris jamás pudieran contárselo a nadie conocido por él, le echó un poco de cara.
-Parlez-vous Français?
-Ah, oui! - Contestó una de ellas.

¿Y qué debía hacer Misósofos? Por una parte, eran francesas, ya estaba hablando con ellas y no tenía necesidad de ningún plan estúpido. Simplemente podía decir que era estudiante de filología francesa y que estaba muy interesado en practicar. Era una excusa mejor que buena. Pero por la otra parte, Bendesclous estaba solo y no sabía si se acercaría por su propio pie si veía que no aparecía por allí en mucho rato.

Entonces Misósofos fingió un francés rudimentario, o tal vez ni siquiera necesitó fingirlo. No era más que un hijo de la logse. Un deshecho del sistema universitario español. En ningún otro país, hubiera llegado a la universidad sin estudiar más de media hora seguida en diecinueve años, que tardó en acabar la secundaria y el bachillerato.

-Bon… J’ai un petit problème avec mona mi. Il est ici depuis deux semaines seulement et il ne parle pas l’espagnol très bien. Pouvez vous lui traduire ce que je vous raconte en espagnol ?-

Entonces las tres gabachitas se miraron perplejas, una de ellas se rió y la otra, dijo:
-Non, car on parle pas l’Espagnol”
Misósofos se acercó a Bendesclous, pero no le contó su fracaso. Le dijo: -¡Ven, Bendesclous! ¡Quieren conocerte!
Y Bendesclous se plantó ante ellas. Entonces Misósofos les presentó a Bendesclous, a pesar de que ni él mismo se había presentado. Luego le pidió a Bendeclous, que les explicara en francés, que lo disculparan por ser tan tonto. Y Bendeclous se lo contó, pero ellas se habían divertido mucho, y continuaron hablando con nosotros.

Sin embargo, sólo Bendeclous se lo pasó de puta madre. Misósofos no entendía nada de qué hablaban aquellas gentes. Incluso pensó en comerle la boca a una francesa, a ver si se callaban. Sólo fue un pensamiento, porque no lo hizo. El que sí que se estaba morreando ahora, era Bendesclous.

Y ahí es donde quedó patente su amistad y su lealtad. Se acercó a la francesa que supuestamente era para mí –ya que la tercera, hacía rato que bailaba con un negro inmenso- y le dijo algo al oído.
Ignoro qué le diría, y por más que se lo pregunté después, nunca me lo contó.
El caso, es que aquella francesa, se abalanzó sobre mí y me comió a besos apasionados.
Salen de allí ambos con una gran erección y un número en nuestras carteras. Lástima que se tuvieran que ir urgentemente a acompañar a su amiga (la que se había besuqueado y dios sabe qué más con el gran hombre negro) para que cogiera el avión.
Ellas se irán después para Almería, pero volverán dentro de dos semanas y se quedarán una sola noche en Granada. ¿Habrán conseguido engañar a Bendesclous y Misósofos? ¿Les habrán dicho la verdad?

En la puerta de la discotecucha, ambos permanecen parados fumando, el uno al lado del otro.
Misósofos insiste a Bendesclous: -Tío, ¿qué coño le has dicho para que se lanzara así?
Benceclous, goza haciéndolo sufrir: -Alors fils de qui es toi, ein? Molière ou Cervantes ! Dis que ton père est Molière !
Mas Misósofos preferiría comer sus propias entrañas antes que tener a un padre como Molière

Y ya no importaba si las gabachitas les habían mentido o no. Al fin y al cabo, Bendesclous tenía novia y Misósofos… Bueno, vale. Se siente por él.

De cualquier modo, si algo quedaba claro, era que ambos habían vencido el pudor, por ayudar al otro. Hacían un gran equipo.
El único recuerdo amargo, fue un dolor de huevos. ¿Qué más se le puede pedir a la vida? Bueno, sí… Aparte de eso.

*veía es la forma más usual en el español de España. Lo que ocurre es que Bendeclous es un petit suisse que frecuentemente enreda esa sucia serpiente que es la lengua de Molière en las astas de ese gran carnudo que era Cervantes.
**Para una puta frase que se aprende la gabacha, y no puede conjugar correctamente una sola forma verbal.